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La escritora April Ayers Lawson se mete con el abuso sexual, la represión familiar y el deseo

Virgen y otros relatos, es un libro de cuentos que explora la relación existente entre la sexualidad y la moral

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19 de agosto de 2018 a las 05:00

Sea cual sea el ámbito de la vida, para bien o para mal, la primera vez siempre es especial. También en literatura, donde un debut puede ser lapidario o exitoso. April Ayers Lawson ha cosechado aplausos por Virgen y otros relatos, un libro que, sin embargo, tiene sus más y sus menos, lo que demuestra una vez más que no todo lo que brilla es oro.

Pero por suerte no se trata de unos de esos casos inflados artificialmente hasta el hartazgo, un globo de aire paupérrimo que explota en cuanto la aguja crítica comienza a acercarse. Porque a pesar de alguna torpe ejecución, hay sustancia y pienso en cada uno de los cinco relatos que componen este libro original por su temática y por el enfoque que le da su autora.

Los textos tienen como denominador común la exploración sistemática de la tensa relación entre la sexualidad y la moral inculcada desde distintos ámbitos como la familia, la iglesia o la sociedad misma, en este caso la del sur de Estados Unidos. Y aunque Ayers no se corta a la hora de la genitalidad, el ángulo es absolutamente psicológico, lo que eleva el resultado final.

Los problemas vienen de la mano de la prosa, que se aleja de la tradición estadounidense. La traducción puede tener algo que ver en el asunto, pero no tanto como para ser responsable del estilo de Ayers, rebuscado hasta límites insospechados.

Virgen, el relato que da título al libro, resume las virtudes y los defectos de la autora. Una pareja joven se casa, la chica es virgen. La luna de miel, como diría Horacio Quiroga, es un largo escalofrío. Ella se niega a mantener relaciones sexuales, no lo tolera. Con el tiempo cede, o logra superar su trauma, para descubrir que el sexo no es nada del otro mundo, una rutina física carente de espiritualidad.

Hasta ahí la anécdota sólida y creíble. Pero luego entran en escena elementos laterales que no le hacen ningún bien al relato. Jack cree que ella mira a otros hombres. Se cuentan cosas superfluas. Y no hay el menor diálogo entre la pareja, lo que resulta absurdo. Pero lo más peligroso es que no queda claro qué está pasando realmente, ni qué piensan los protagonistas.

En este, como en los demás cuentos, queda la sensación de que Ayer quiere abarcar demasiado y al final se queda con poco. O mejor dicho, tira ideas interesantes aquí y allá, pero sugiere más que dice. La justificación sería que su prosa sigue el alocado ritmo de una mente alterada por los traumas, que mezcla todo un poco a lo loco, pero no alcanza para absolverla.

Tres amigas en una hamaca, a pesar del título hermoso, no es nada del otro mundo y se reiteran los errores mencionados. Es una especie de discurso libre, con un trío lésbico que se insinúa pero no se concreta, defenestrando al género masculino sin que venga mucho a cuento. De todas maneras, está muy bien hecha la situación en la hamaca, los roces entre las chicas, su cercanía y su distancia. Y tiene un párrafo sobresaliente: "En cierto momento de mi vida las palabras Te Quiero me habían parecido una revelación, no la señal de que debía prepararme para cuando las retiraran".

Las cosas mejoran mucho en Así es como tienes que tocar siempre, un buen relato de corte clásico, que huye de las digresiones y se concentra en lo que importa. Una adolescente de 13 años es obligada a tomar clases de piano cuando es descubierta a los besos con un primo. Allí conoce al hermano de la profesora, del que se enamora.

Pero lo importante está en los detalles. En como la familia, piensa la protagonista, cree que ella es víctima de su primo, cuando es al revés. En como el ligero olor de hombre descuidado que tiene el hermano de la profesora la excita. En como compite con Fiona, la otra alumna.

Los efectos negativos de la educación en casa es la joya del libro. El protagonista, en este caso masculino, acompaña a su madre al entierro de su mejor amiga, que en realidad era un hombre. Todo lo que pasa es destacable. Ayers aquí se muestra contundente, no da vueltas y deja caer los golpes uno detrás de otro. La crianza represiva, irreal. La figura del padre, un pastor deprimido que parece ceder su lugar de marido al travesti. La curiosidad del adolescente. Las masturbaciones del chico con obras de arte para lograr ver mujeres desnudas.

El libro cierra con Vulnerabilidad, un relato confuso, hecho de infidelidades y de dudas femeninas sobre lo masculino, que es otro ejemplo de los vaivenes de una autora que parece disparar en todas direcciones para ver si acierta. A veces lo logra, otras no.

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