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La gran noche en que se abrió el muro de Berlín

A 30 años del derrumbe de la Alemania comunista y del “socialismo real” (I)

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06 de noviembre de 2019 a las 05:00

Algunos jóvenes comenzaron a dar golpes al enorme muro, con martillos y picos. Pronto se sumaron miles, incluso desde la parte oriental, ante la mirada pasiva de los guardias. Las multitudes se abrazaban, bebían y bailaban sobre la muralla, o cantaban el himno de Alemania, con su vieja melodía compuesta por Joseph Haydn.

Fue uno de los momentos más emotivos de la historia. Ocurrió en la noche del 9 al 10 de noviembre de 1989, hace ahora 30 años, cuando los pobladores de Berlín oriental, la porción comunista de Alemania, pasaron en masa hacia el occidente liberal y terminaron de dejar en ridículo al régimen. 

Durante 40 años las dos Alemania, una liberal y otra comunista, habían servido de laboratorio perfecto: el mismo pueblo, la misma cultura, divididos en dos por muros y alambradas, con dos sistemas políticos y económicos antitéticos, que competían entre sí. Al fin la Alemania del Este, que quiso ser un ejemplo de las virtudes comunistas, colapsó porque demasiados de sus pobladores no querían integrarla.

El muro de Berlín, que rodeó la parte occidental de la ciudad, fue el símbolo más chocante de la “Guerra Fría”: una competencia global entre dos bandos —dos sistemas— liderados respectivamente por la Unión Soviética y Estados Unidos.

El “telón de acero”

Tras la Segunda Guerra Mundial, la derrotada y ocupada Alemania quedó divida en dos Estados: el más grande en occidente, la República Federal (RFA), liberal y capitalista, con unos 60 millones de pobladores, respaldada por los angloestadounidenses; y un oriente comunista, la República Democrática Alemana (RDA), con unos 16 millones de habitantes, sostenida por los soviéticos. 

Berlín, la capital del III Reich que había caído en 1945 en manos del ejército rojo, también fue dividida entre las tropas de ocupación soviéticas, angloestadounidenses y francesas. Pero el sector occidental quedó enclavado como un quiste en medio del territorio comunista, prácticamente indefendible en caso de conflicto. 

A partir del verano de 1948 los rusos bloquearon el acceso por tierra a Berlín desde Alemania occidental. Entonces los aliados estadounidenses y británicos abastecieron el enclave por aire, mediante un gigantesco puente aéreo (luftbrücke), que llevó desde alimentos a carbón a sus dos millones de habitantes.

La determinación angloestadounidense provocó que los soviéticos levantaran el bloqueo terrestre de la porción occidental de Berlín casi un año después. Pero la “Guerra Fría”, una competencia económica, política, cultural y militar global, entre los bloques liderados por Estados Unidos y la URSS, ya se había formalizado en este y otros escenarios.

Las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial habían dividido Europa en dos zonas de influencia, más o menos según la posición de sus ejércitos al fin del conflicto. En 1946, en una conferencia en Estados Unidos, el ex primer ministro británico Winston Churchill sintetizó la situación: “Desde Stettin, en el Báltico, a Trieste, en el Adriático, ha caído sobre el continente un telón de acero”.

 El muro de 1961

Muro virtual en 3D en Berlín este noviembre

La emigración de masiva desde territorio de la Alemania comunista (RDA) hacia Occidente, particularmente a través de Berlín occidental, llevó al gobierno comunista a clausurar el paso el 13 de agosto de 1961 y levantar un muro en tiempo récord, con miles de obreros protegidos por policías y soldados, que su propaganda denominó “muro de protección antifacista”. 

El muro de más de 150 kilómetros de extensión convirtió a Berlín occidental en una isla, y formalizó la completa división entre las dos Alemania. Allí estaba la primera línea de fuego entre la OTAN, alianza militar de occidente, y el Pacto de Varsovia, del este comunista de Europa. 

Los soviéticos tenían estacionado medio millón de tropas junto a las fuerzas de la RDA, en tanto la Otan dispuso las suyas en respaldo del ejército de la RFA.

El muro de 3,6 metros de alto era en realidad una sucesión de obstáculos: el muro propiamente dicho, centenares de torres de vigilancia y bunkers, varias alambradas paralelas, una franja de tierra de nadie para el disparo libre de los guardias, fosos antivehículos, sistemas de iluminación y alarmas y otros obstáculos.

La propaganda del régimen, repetida también en occidente por los militantes de los partidos comunistas, sostenía que el muro y todo el “telón de acero” de más de 1.000 kilómetros en el centro de Europa eran una necesidad coyuntural, que podrá eliminarse cuando la progresión del socialismo lo permitiera. Entonces el “hombre nuevo” no ansiaría fugar hacia occidente y su utopía de la libertad. 

Tras la construcción del muro, muchos pobladores de Berlín occidental comenzaron a emigrar hacia occidente, hacia la República Federal, tras comprobar la extrema vulnerabilidad de su ciudad.

El presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy, hablando frente al muro el 26 de junio de 1963, afirmó: Ich bin ein Berliner (Yo soy berlinés). Fue una promesa de que la OTAN los defendería, pese a todo. Esas palabras electrizaron a los berlineses del oeste, que mayoritariamente optaron por permanecer, estimulados también por los subsidios y otras facilidades que concedió el gobierno de la RFA, con sede en Bonn, sobre el río Rin.

"Beso fraternal" del líder soviético Leonid Breznev al líder alemán oriental Enrich Honecer en 1979, cuando se conmemoró el 30º aniversario de la RDA,ahora reproducido en un trozo sobreviviente del muro de Berlín

El muro era una realidad grotesca y difícilmente franqueable, como rápidamente comprobaron los líderes de la República Federal: el canciller Konrad Adenauer y el alcalde berlinés Willy Brandt. Pese a todo, en los años siguientes miles de personas lograron huir hacia occidente, en tanto varios centenares resultaron muertas o heridas por los guardias fronterizos.

Como en todos los Estados del “socialismo real”, el “muro antifascista” no había sido hecho para impedir que ingresaran personas, sino para evitar que salieran. Las armas apuntaban hacia adentro.

La mayoría de los alemanes del este, los ossis, se resignó sin mayor problema, en tanto muchos otros compartieron gustosos la experiencia comunista impuesta por los soviéticos. “Teníamos el sentimiento de pertenecer a una gran familia socialista. El que se iba era un traidor, un perezoso que no quería trabajar”, contó en 2005 Hagen Koch, un soldado educado en Alemania oriental, hijo de un antiguo oficial nazi que luego se integró al ejército de la RDA.

La perestroika: el principio del fin

La perestroika (reestructura) y la glasnost (transparencia), iniciada en la Unión Soviética después de 1985 por Mijail Gorbachov, secretario general del Partido Comunista, comenzó a destruir los goznes burocráticos y autoritarios sobre los que se asentaba el imperio soviético. 

En tren de revitalizar su anquilosada economía, incapaz de seguir los pasos del capitalismo, los soviéticos revisaron sus dogmas y, en ese camino, fisuraron los diques ideológicos —y también físicos.

Ya desde 1980 el sindicato polaco Solidaridad (Solidarnosc), de inspiración cristiana y dirigido por Lech Walesa, había arrinconado al gobierno comunista de ese país. Entre fines de 1981 y 1982 el mariscal Wojciech Jaruzelski prohibió al movimiento democrático y encarceló a sus dirigentes. Pero en los años siguientes los polacos, estimulados por el papa Juan Pablo II (Karol Wojtyla), acabaron con el sistema comunista e iniciaron su transición hacia el liberalismo capitalista.

Al fin, no había ninguna inevitabilidad histórica que condujera hacia el comunismo, el sistema que se proclama a sí mismo como destinado a regir, tarde o temprano, a toda la humanidad.

En el verano de 1989 unos 250.000 ciudadanos de la República Democrática Alemana (RDA) habían salido hacia Hungría a través de Checoslovaquia, dos países del bloque comunista. El gobierno de Hungría, el más progresista entre los del “socialismo real”, había dispuesto la apertura de su frontera con Austria, lo que por fin permitía llegar a Alemania Federal y otros países de occidente, burlando el “telón de acero”.

Paralelamente se sucedían las manifestaciones en varias ciudades de la RDA contra el régimen. El líder comunista Erich Honecker, un viejo apparatchik o funcionario profesional, contrario a la perestroika promovida por los soviéticos, dimitió el 8 de octubre de 1989 y fue sustituido por el más joven Egon Krenz. 

Claramente el Kremlin, ahora bajo Gorbachov, ya no deseaba sostener a sus satélites del este de Europa mediante la fuerza, como había enseñado a los alemanes disconformes en 1953, a los húngaros en 1956 o a la “Primavera de Praga” de 1968 (o como había hecho el gobierno de Pekín con la protesta de los estudiantes en la plaza Tiananmen entre abril y junio de 1989).

Sin “los cambios en la URSS, no hubiera habido ninguna elección libre en los países del Pacto de Varsovia”, dijo Gorbachov a El País de España en 1999, rememorando aquella época. “Sin la perestroika, no hubiera habido ni la Revolución de Terciopelo (en Checoslovaquia) ni los alemanes de la RDA se hubieran manifestado contra el régimen de Honecker”.

Se suponía que la reunificación de Alemania ocurriría muy en el largo plazo, de manera gradual y negociada, tal vez con dos sistemas federados. 

Pero las cosas estaban suficientemente corrompidas en la Alemania comunista en 1989, cuando el muro se abrió de manera abrupta, tras una cadena de fugas y manifestaciones masivas, inercias burocráticas y equívocos.

Segunda y última nota: Un torrente desbordó el muro. El derrumbe del “socialismo real” y el fin de la “Guerra Fría”

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