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Graciela (hija), Stella, Gino y Graciela,

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La historia de la familia Cattarossi-Ponce de León, más allá de la tragedia

Graciela Ponce de León es una de las uruguayas que murió en el derrumbe de Surfside Miami, junto a su esposo, dos de sus hijas y una nieta. Así los recuerdan su familia y amigos

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10 de julio de 2021 a las 05:00

No hay escombros que logren tapar los recuerdos. Ni tragedias inimaginables que corten los vínculos indisolubles de los que quedan con los que ya no están. Graciela y Gino, Andrea, Graciela (hija) y Stella murieron en el derrumbe del edificio de Surfside, Miami. Sus hijos y hermanos, Joanne y Marcelo, su familia numerosa en Uruguay y Argentina, sus amigos en diferentes partes del mundo jamás esperaron tener que despedirlos de esta manera. Pero eligieron hacerlo honrándolos por lo que hicieron en vida, por su don de gente, sus logros profesionales, su amor por la familia y su relación con las comunidades en las que vivieron.

Graciela Ponce de León es una de las uruguayas que murió en la madrugada del 24 de junio. Dormía junto a su esposo, Gino Cattarossi (argentino), en el mismo apartamento en el que vivían junto a su hija menor, la fotógrafa Graciela, y su nieta Stella. Esa noche también estaba allí la hija mayor, la arquitecta argentina Andrea Cattarossi, que había pasado a visitar a su familia antes de seguir viaje hacia Nueva York. Vivía en Argentina y tenía tres hijos.

Graciela y Gino con cuatro de sus ocho nietos

El día que hablé con Joanne, una de los cuatro hermanos Cattarossi, estaba en Miami junto a Marcelo, que vive allí. Los rescatistas habían encontrado los cuerpos de su hermana menor y de su sobrina de siete años. En los siguientes días fueron recuperados los del resto de su familia, primero su madre junto a su padre, luego su hermana mayor. Joanne y Marcelo venían de horas y días que parecían eternos, en los que el asombro dio paso a la angustia y la tristeza comenzó a darse la mano con los recuerdos. Para entonces ambos tenían claro que querían homenajear a su familia contando su historia. 

La vida de los Cattarossi-Ponce de León fue marcada por la personalidad de Gino y Graciela, ingeniero él y diplomática ella, que vivieron en Estados Unidos, Uruguay, Argentina y Estados Unidos de nuevo. Graciela había trabajado durante años en la representación uruguaya ante la ONU, en Nueva York, y llegó a ser primer secretario en la embajada de Uruguay en Argentina, el cargo diplomático más alto antes de llegar a embajador. Nació en Montevideo en una familia de cinco hermanos, de los que sobreviven dos, Vera y Beatriz, ambas residentes en Uruguay. En los años 50, casi por casualidad, pero sobre todo por su personalidad decidida y comprometida, terminó trabajando como asistente del entonces embajador uruguayo ante las Naciones Unidas, Rodriguez Fabregat. Allí conoció al mendocino Gino, un ingeniero pujante que venía de trabajar en Venezuela y se había mudado a Nueva York para hacer estudios de posgrado en NYU.

El comienzo de la carrera diplomática de Graciela está de muchas maneras relacionado con Susana Ravecca, una de sus amigas íntimas. Se conocieron mientras cursaban Preparatorio de Arquitectura en el liceo Vázquez Acevedo. Susana quería seguir los pasos de su padre, que había estudiado en MIT, y así llegó hasta allí —tal vez la primera uruguaya en estudiar en la prestigiosa universidad de Boston—. Cuando Graciela fue a visitarla, en 1956, acompañó a su amiga a dejarle un libro que un familiar de Susana le enviaba al embajador; él les contó al  pasar que estaba desbordado de trabajo y no tenía asistente. Graciela no dudó un segundo y le dijo que podía ayudarlo. “En eso la veo que le dice ‘Yo puedo empezar mañana’”, relata Susana, desde San Pablo, donde vive desde hace décadas.

En pocos años, Graciela pasó de asistente a delegada (fue asignada al Comité de Asuntos Humanitarios, entre otros) con cargo diplomático. Fue testigo de algunos de los momentos históricos más icónicos de la ONU, durante las acaloradas discusiones de un mundo que se recuperaba de la segunda guerra y se enfrentaba en una intensa guerra fría. Esto incluyó el zapatazo de Nikita Kruschev; Uruguay estaba al lado de la URSS (por orden alfabético) cuando el líder soviético se enojó el 12 de octubre de 1960, en la sesión plenaria número 902 de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Un reporte del New York Times de la época confirma que golpeó el zapato sobre el escritorio, molesto por las declaraciones de uno de los miembros de la delegación filipina. El incidente no quedó registrado en actas de la ONU pero Graciela vio ese y tantos otros episodios históricos hasta 1970, cuando volvió a Uruguay como parte del tiempo que los diplomáticos deben pasar en su país de origen.

Graciela Ponce de León en la ONU, en los años 60

Su carrera continuó en Argentina, al igual que la de Gino, que siguió liderando proyectos del tamaño de la construcción de una planta de caolín en la Patagonia. 

De aquella época, Susana recuerda su entusiasmo y profesionalismo, además de su empatía porque “estaba siempre pronta para ayudar a los compatriotas que necesitaban algo”. “Era una mujer buena y hermosa, muy elegante y divertida, interesada por todo. Entre los amigos la cachábamos porque le decíamos que era la Grace Kelly uruguaya”. 

Susana y su esposo siempre se mantuvieron cerca, aun en la distancia, de sus amigos Gino y Graciela. Se visitaban mutuamente y, en estos últimos años de Whatsapp, los mensajes iban y venían todos los días. El 24 de junio Susana se despertó y arrancó con su rutina diaria de tomar un café mirando las noticias por internet. Cuando leyó que se había derrumbado un edificio en Surfside le escribió de inmediato a su amiga. Preocupada porque no contestaba, le escribió a su hija menor. Llamó al número fijo del apartamento. Cuando poco después escuchó la dirección exacta, la reconoció de inmediato. 

Tanto sus amigos como sus hijos y sus sobrinos describen a Gino y Graciela como una pareja inteligente, vivaz, activa y muy preocupada por ayudar en todo lo que pudieran. La vida profesional los había llevado a cambiar de domicilio con frecuencia y en 1989, luego de vivir varios años en Argentina, decidieron instalarse en Miami. Allí compraron un edificio casi en ruinas en un South Beach que no era todavía sinónimo de glamour, alegría veraniega y art decó renovado. Lo que en principio iba a ser un negocio inmobiliario se transformó en un proyecto familiar que terminó involucrando a todos los Cattarossi, todos con una marcada tendencia hacia las artes, el diseño y la arquitectura. Andrea, la hermana mayor, era una reconocida arquitecta argentina, al igual que su hermano Marcelo, también arquitecto que vive y trabaja en Palm Beach y Miami; Joanne reside ahora en Uruguay con su familia y se dedica al diseño de interiores tanto en Argentina como acá, mientras que Graciela (hija) era fotógrafa de lifestyle que trabajó para medios internacionales, como Vanity Fair, New York Times Magazine y varias revistas de la editorial Condé Nast.

Graciela Cattarosi y su hija Stella

“Cuando papá dijo que iba a recuperar ese edificio en ruinas en ese lugar para nada atractivo, le dijimos ‘¡Estás loco!’. Pero, como siempre, tenía un plan muy claro en su su cabeza”, dice su hija Joanne. En los últimos años de retiro, Gino siguió con esos proyectos y pensaba hacer una exposición con sus vitrales y pinturas, ambas disciplinas que había emprendido ya de mayor. 

Gino y una de sus últimas pasiones: el art vitreaux y la pintura

Milagros Ponce de León, una de las sobrinas de Graciela, estuvo muy en contacto con la familia en los últimos 15 años porque vivió hasta hace pocos días en Miami. “Con 86 y 90 años ninguno de los dos dejaban de tener proyectos y siempre estaban pensando en qué  hacer o cómo ayudarnos a emprender algo. Mi tío me dejó asombrada cuando me dijo que planeaba la muestra con esas piezas de arte maravillosas que creaba. Mi tía antes de la pandemia daba clases de español como voluntaria. Eran seres especiales y tuve la bendición de poder conocerlos de verdad en esos años que compartimos. Antes era mi tía la que venía a Uruguay, pero en este tiempo nos apoyamos mutuamente”, dice Milagros. Los vio por última vez cinco días antes del derrumbe y en vez del saludo del puño se abrazó con sus tíos y primas porque volvía a vivir en Uruguay con su familia. 

Andrea Cattarossi con sus tres hijos argentinos

“Mi último recuerdo fueron las tres horas de charlas y risas con mi prima y mi tía. El tiempo con ellos se iba volando y pasábamos de hablar de política y vida cultural a la receta que mi tía decía que era una pavada pero que solo a ella le quedaba así”. Graciela siempre fue una analista lúcida de la situación política del mundo y desde hacía tiempo estaba preocupada por el rumbo que había tomado Estados Unidos.

En los 90 la familia se dedicó de lleno a transformar aquel edificio en ruinas en el hotel Lafayette, donde todos trabajaron atendiendo personalmente a los huéspedes. Por la recepción pasaron desde Graciela y sus hijos hasta sus sobrinos uruguayos, entre ellos Enrique Schneeberger, que recuerda aquella época como una aventura en la que sus tíos se embarcaron con todo el entusiasmo. “Mi tío dijo que eran muy jóvenes para no hacer nada y así se involucraron en este proyecto que fue una hermosura y en el que estuvieron en cada detalle”, recuerda Enrique, que en estos días viajó a Miami para acompañar a sus primos. 

Graciela y Gino venían con frecuencia a Uruguay; durante el período en que vivieron en Argentina pasaban los veranos aquí y eran frecuentes las reuniones de la gran familia, recuerda Enrique, con más de 20 primos entrando y saliendo. Gino era además un muy buen cocinero y sus espaguetis caseros eran famosos. Ambos eran grandes viajeros y los mejores consejeros a la hora de compartir el pique de aquel plato único de aquel restaurante en Italia o en cualquier otro lugar que hubieran visitado. Graciela escribió durante un tiempo para revistas de viaje y tuvo su propio blog; fue además fundadora del Foro de Viajes.

Graciela Ponce de León (a la derecha) y sus hermanas uruguayas Beatriz y Vera

Durante la pandemia, ambos extremaron los cuidados y debieron recortar sus actividades, pero su dinamismo permanecía, a tal punto que Graciela, que siempre salía a caminar, durante estos meses recorría el balcón de su apartamento una y otra vez, recuerda Milagros.

Un desastre como el de Surfside queda grabado en los titulares como una tragedia. Pero detrás de esos titulares, detrás de “una uruguaya fue encontrada”, hay una historia que sus seres queridos mantienen viva y que, de alguna manera, se convierte en un pequeño consuelo a la hora de despedir a una familia entera. Este es el homenaje que Joanne y Marcelo eligieron hacerles a sus padres y en el que involucraron, con cadenas de mensajes y recuerdos compartidos, a una cantidad de amigos y familiares que ahora lloran la pérdida pero también celebran la vida de Gino, Graciela, Andrea, Graciela y Stella.

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