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La historia del peruano que controla la presión arterial de los uruguayos hace más de 40 años

De las playas de Punta del Este a los bares del centro capitalino, Miguel Ángel Flores se reconoce como un embajador de la medicina preventiva 

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20 de agosto de 2019 a las 05:02

“Control de presión, no cuesta nada, siempre es bueno”. Esta popular frase resultará familiar a los veraneantes de Punta del Este y a los habitués de bares y cafés del centro de Montevideo. La simpleza y la economía de palabras hicieron de este eslogan una fórmula original tan pegadiza que hace dos años cuando se dejó de escuchar en las playas del famoso balneario muchos se preguntaron dónde estaba su locutor.

De andar sereno y con un acento que delata que es extranjero, Miguel Ángel Flores, conocido como “el peruano de la presión”, hoy se pierde por los bares del centro de Montevideo en busca de algún paciente. Hace más de 40 años que vive, a base de propinas, de controlar la presión arterial de los uruguayos y hasta hace poco de algunos argentinos por el este.

Sea arena o asfalto, haga frío o calor, la túnica blanca (que junto con sus aparatos médicos cambia cada año sin falta) no se negocia. Con nada más que su estetoscopio y su esfigmomanómetro de aire ha recorrido playas, bares, cafés, comercios y varios rincones de Ciudad Vieja. No recorre dos cuadras sin que alguien lo salude. Muy tímido devuelve el saludo y continúa su caminata. “La gente me reconoce. Es como si hubiéramos crecido juntos”, afirma.

En Mincho Bar en 1997

 

 

En los primeros años de los 80, antes de la crisis del 2002, de los cortes en el puente Gualeguaychú, del cepo financiero a los argentinos, el balneario de Maldonado vivía sus mejores temporadas. Flores vio en ese creciente turismo una oportunidad para potenciar su trabajo, armó la valija y tras 132 kilómetros llegó a las playas de la costa de Maldonado a probar suerte. Y le dio resultado. “Me quedaba toda la temporada. Antes eran las temporadas más largas. Eran otras épocas”, recuerda con un poco de nostalgia.

Eligió la playa por el apilamiento de personas: un gran espacio con un vasto número de posibles pacientes expuestos al calor del verano. Los insoportables grados de temperatura y la arena pesada que se calaba en sus pies no fueron obstáculo. Siempre para adelante, nunca cansado, y para resistir al calor vestía ropa ligera por debajo de su túnica que tenía que llevar “obligatoriamente”.

Conoce a la perfección tanto la playa mansa como la brava. Montoya, Bikini y “playas más remotas” fueron algunas de las más visitadas en su mapa. En todas encontró gente hipertensa y reconoce a los turistas argentinos como sus clientes más fieles. Y entre los pacientes famosos recuerda al comediante argentino Emilio Disi, a quien admiró desde siempre.

Para Flores el balneario esteño ya no es negocio. “La economía cambió y a partir de ahí empecé a ir cada vez menos a Punta del Este. Los últimos dos años no he ido”, admite. Hoy las playas quedaron atrás. 40 túnicas, 40 estetoscopios y 40 esfigmomanómetros de aire después, Flores continúa trabajando en Montevideo. La escena es la antítesis. Todos los días su recorrido se inicia en el Bar Iberia a donde llega en ómnibus desde Las Piedras. Adentro se pone la túnica y con el permiso del cantinero invita a medirse la presión. El primer destino se puede tachar de la lista.

Camina como quien se sabe de memoria el itinerario; Flores se mueve en modo automático. Entra a un bar, saluda y con gran timidez, pero sin dudar, ofrece el control de la presión. Todos lo reconocen y lo saludan con entusiasmo, pero son pocos los que aceptan el control.

La hoja de ruta del centro está “predeterminada”. Bar Iberia, Bar Oxford, Madison Café, Cocktail Bar son los destinos seguros. Claro que en el correr del trayecto Flores se cruzará con algunos pacientes eventuales más pasajeros, y no faltarán las paradas en casas o trabajos de los pacientes fijos.

Tres razones fueron las que acotaron ese mapa, según Flores. Los cambios en la economía del país; la reducción del área de trabajo -ya no hay tantos cafés tradicionales- y su propia edad: “Ya no soy un chiquilín”, afirma. Lejos está de aquellos años atrás cuando se recorría desde la periferia de la ciudad hasta el centro, todos los días. En su rumbo incluía almacenes, carnicerías, comercios, inclusive las ferias. Sobre todo las ferias porque “eran las que prácticamente marcaban que todos los días podía ganar una determinada cantidad“ de dinero. Y admite que además contaba con una clientela eventual, “que en ese momento de pronto se daba más”.

El sueño del doctor

Desde la localidad peruana Tarma, un valle “hermoso, de clima templado”, viajó para instalarse en la ciudad oriental. Su primer trabajo cuando llegó fue cortar filetes de pescado en un frigorífico que hoy está cerrado. Aquel joven peruano llegó con grandes expectativas para estudiar en la Facultad de Medicina con el sueño de convertirse en doctor. Hoy cinco exámenes son los que le falta aprobar para obtener el título de medicina general, asegura.

La idea de salir a tomar la presión a la calle le surgió al ver enfermeros jubilados en las ferias ofreciendo el servicio. Ante la necesidad de trabajar decidió copiar la idea y al igual que los enfermeros comenzó en la feria. “Pero después vi que era mejor trabajar directamente con el público”, aclara. Flores visitaba las casas, los trabajos, donde fuera que se encontraran sus pacientes fijos; así cultivó una gran clientela estable. Uno de los que aún conserva es Mario, portero de un edificio de la calle Uruguay e hipertenso. 

“He hecho medicina preventiva prácticamente durante estos 40 años, he salvado muchas vidas, a mucha gente hipertensa que no sabían de su condición", comenta con orgullo.

Todo médico sostiene que la hipertensión arterial es un enemigo silencioso porque es capaz de producir daños en el corazón, en el cerebro, en las arterias o en los riñones sin presentar ningún tipo de síntoma. 

Flores recuerda un caso de un hombre que estaba acodado al mostrador de un café. Tras negarse al control Flores le insistió para terminar sorprendiéndose los dos cuando el aparato indicó que tenía 18.10 de presión. El hombre consultó al médico y después de un estudio descubrió que tenía dos arterias a punto de taparse. “Me salvaste la vida”, le agradeció un tiempo después al reencontrarse en la calle.

Todas las tardes Flores continúa su camino por el centro. Sigue con su andar sereno, con su túnica y su estetoscopio al cuello.

Se define como el padrino de la medicina preventiva, para él es el futuro. Sueña con una atención médica personalizada, con que el avance de la tecnología esté al servicio de la prevención y con volver al antiguo médico de cabecera, aquel que visitaba las casas y trataba a toda la familia. 

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