6 de septiembre de 2015 5:00 hs

El desplome de los mercados chinos y, más aun, la desaceleración económica del gigante asiático producen una suerte de contagio internacional que se acentúa en las economías emergentes; sobre todo en las de América Latina.

Cabe destacar que China no está en crisis, ni siquiera ha entrado en recesión; pero el solo hecho de que esa locomotora de la economía mundial haya retirado el pie del acelerador impacta con fuerza sísmica en las economías de la región, que han basado su crecimiento en venderle al principal consumidor del mundo.

Es así que en los últimos meses hemos visto la profunda depreciación de las monedas en todo el subcontinente. El real brasileño se ha desplomado un 30% en lo que va del año; y lo han seguido en cascada el peso colombiano, el mexicano, el uruguayo y, en menor medida, el argentino. Para no hablar del bolívar venezolano, que si ya estaba por el piso, ahora anda por el tercer subsuelo.

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Y es que a la región la desaceleración china la golpea de dos modos al mismo tiempo.
Por un lado, la caída en los precios de las materias primas representa una pesada ancla en las exportaciones de los países latinoamericanos. El caso de Uruguay es paradigmático de ello, pero también, y más aun, Brasil, Argentina, Colombia, Perú... todos han visto caer sus exportaciones en los últimos meses.

Y por otro lado, la seguidilla de descalabros financieros en China hace que los capitales de inversión que en los últimos siete años (desde la crisis de 2008 en los países centrales y cuando el dólar estaba muy bajo) se habían refugiado en los mercados emergentes, ahora emprendan su vuelo de regreso a Estados Unidos y Europa.

"No hay nada más miedoso que los mercados", decía un viejo profesor mío de economía política. Cuando detectan turbulencias financieras en países cuyas economías no les despiertan todas las certezas, se vuelven a puertos más seguros.

Así, el dólar se ha fortalecido en gran forma durante los últimos meses y continúa al alza. Y eso, aunado a la casi segura suba de las tasas de interés por parte de la Reserva Federal —prevista para setiembre—, hace que los inversores se lleven su capital de la región (en particular, de Brasil) otra vez a la primera potencia. Lo que ejerce una fortísima presión sobre el real y las demás monedas latinoamericanas. He ahí la principal causa de la depreciación.

Todo esto, desde luego, agrava las tormentas políticas por las que atraviesan varios países de la región. En Brasil ha acentuado peligrosamente la inestabilidad política y la crisis de desconfianza que mantiene en jaque perpetuo al gobierno de Dilma Rousseff. Y en Venezuela ha recrudecido una situación económica que ya, de por sí, era paupérrima para los venezolanos. Incluso el diferendo fronterizo que en los últimos días se ha suscitado con Colombia, y la crisis humanitaria que este ha provocado (que, a primera vista, parecería no tener nada que ver), encuentra buena parte de sus causas en la abismal diferencia cambiaria entre ambos países.

Como sea, todo parece indicar que la bonanza ha tocado definitivamente su fin. Y el fantasma del ajuste hace su aparición otra vez en la región.Las posibles salidas para los países latinoamericanos no son muchas en el corto plazo. Pero al menos a fin de mitigar el impacto del frenazo chino, convendría pegarse lo más posible y seguir abriendo mercados en Estados Unidos y Europa. La economía es cíclica, y la alegría va por barrio. Y ahora parece que la bonanza va otra vez para el lado de la primera potencia y los países centrales.

Algo que puede dar una somera idea de ello son los números de las exportaciones uruguayas. Según cifras del INE, las exportaciones a los países del Mercosur han caído 28% este año; a los países asiáticos (léase, China), otro 18%. Y todo parte de lo mismo, de la ralentización del gigante asiático y sus efectos en la región. Sin embargo, las exportaciones a los países del Nafta crecieron 22%. Un aumento que se debió casi exclusivamente al crecimiento en las ventas de carnes y cítricos a Estados Unidos.

Parece bastante claro, entonces, que ese sería el camino a transitar. En este momento, tener un TLC con Estados Unidos hubiera sido una herramienta muy oportuna. No está y por tanto hay que abrirse paso con las restricciones comerciales presentes.

Pero abrir geográficamente la cartera de exportaciones (no solo a Estados Unidos), explorar nuevos mercados y no dejar todos los huevos en una sola canasta parece ser la principal lección de esta desaceleración china y sus consecuencias.

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