Opinión > Magdalena y el bibliotecario inglés

La niña sin miedo y la gran depresión

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13 de enero de 2019 a las 05:00

La niña sin miedo
 

 

De Magdalena Reyes Puig para Leslie Ford, del Trinity College.
Estimado Leslie

 

Me gustaría seguir reflexionando acerca del tema abordado en nuestro último contrapunto. Imagino que conocerá a la Fearless girl,  la escultura de bronce de una niña con gesto desafiante enfrentando al colosal Toro de Wall Street, símbolo de la pujanza y el poder del dominio financiero norteamericano, mayoritariamente masculino. Inspirada en esta sugerente imagen me dispongo a compartir con usted algunos pensamientos acerca del oficio de ser mujer en el mundo de hoy. 

Como casi todo trending topic, el tema de la mujer está saturado de parcialidades ideológicas que tienden a menoscabar la relevancia de esta cuestión tan sensible como fundamental.  La arbitrariedad de la propaganda –aunque consentida democráticamente-  puede ser tan despótica como la censura dictatorial, porque ambas se sustentan en la anegación del juicio crítico en pos de la exaltación de la reacción emocional. Una prueba clarísima de esto es la consigna de que el enemigo más acérrimo de la autonomía de la mujer es la cultura patriarcal, a la cual hay que demoler, sí o sí, para liberar al sexo femenino.  Hace poco un amigo fue públicamente insultado por un par de mujeres a quienes “osó” cederles el asiento en un transporte colectivo.  Así, lo que cunde hoy es un paralelismo ramplón que equipara el abuso o acoso sexual contra la mujer con gestos tradicionalmente interpretados como de “caballerosidad”. Basta con que sea la representación de una costumbre propia de la cultura patriarcal, para que cualquier gesto sea interpretado como oprobioso o humillante - y si acaso alguna mujer no lo siente así, pues seguramente sea una sometida o pusilánime más-. Todo en la misma bolsa: la fórmula más efectiva para la funcionalidad, pero también para el atropello, la ignorancia y la iniquidad. Nada más injusto que tratar a lo diferente como igual. 

Es indudable que la mujer ha sido tradicionalmente oprimida y desestimada. Y la cultura ha tenido una fuerte incidencia en esta realidad.  Toda cultura se basa en mitos fundacionales, narraciones creadas por la imaginación humana que promueven creencias que con el tiempo se consideran verdades, configurando así lo que entendemos por realidad. Y en muchos mitos la mujer es presentada como ignorante, incauta, pecadora o culpable (basta con reparar en los símbolos de Lilit, Eva o Pandora).  Así,  no es extraño que la mujer sea percibida como débil y dependiente: la cultura es dadora de un saber que fluye por los cauces de lo inconsciente, sedimentando creencias y comportamientos que reproducimos mecánicamente. Pero aunque es indispensable examinar críticamente a la cultura, como mujeres no vamos a hacernos más fuertes ni libres quemando el Libro del Génesis o vituperando gestos de simple galantería. Porque el obstáculo más pernicioso y resistente es el que se aloja en nuestra interioridad,  debemos arremeter contra la tendencia a concebirnos como el sexo desvalido. La violencia reactiva –que es prácticamente la regla en las manifestaciones del feminismo que hace más ruido- no será jamás una expresión de fortaleza, sino un síntoma de debilidad. 

A esto refiere un artículo de Gabriel Pereyra publicado en El Observador del pasado fin de semana, que denuncia la ausencia de la educación en el amor en las proclamas del feminismo militante actual. La reflexión de Pereyra me resulta claramente convincente, aunque creo que a su argumento le falta una premisa fundamental: el recurso más sustancial con el que la mujeres podremos hacer frente al abuso es el amor a nosotras mismas. No sólo porque éste es indispensable para amar bien a los otros, sino también porque así podremos sentirnos dignas del respeto que efectivamente merecemos, y reclamarlo con el debido rigor conceptual y procedimental. Debemos reinterpretar el mito para ver en la figura de Eva un símbolo de la voluntad que hace a la fortaleza y faculta al libre albedrío. Para que la conquista de nuestra autonomía esté por fin inspirada en símbolos como la “niña sin miedo”, que se cuenta a sí misma –y al mundo entero- una historia alternativa, la de un arquetipo de mujer que en su humana vulnerabilidad encuentra esa fuerza que le permite sentirse auténticamente libre y empoderada. 

 

La gran opresión y el día D
 

Por Leslie Ford, del Trinity College, en Oxford.
Querida Magdalena

El debate sobre la situación de las mujeres, los arquetipos fe-meninos en la cultura y la tradición, el feminismo o el patriarcado, y hasta las leyes que se promulgan dentro de este arrebatado contexto, se ha convertido en un campo de batalla en el que lo único que se persigue es imponer la victoria de una ideología. Creo que define usted bien esta situación en la que se acalla “el juicio crítico en pos de la exaltación de la reacción emocional”.

Siempre que una conversación se convierte en un intercambio de gritos y golpes, y los participantes en improvisados (pero convencidos) boxeadores, pienso que habría que regresar al esquema medieval de las Quaestiones Disputatae. Imagínese usted una especie de charla TED en el siglo XIII, aunque con debate incluido. 

Lo más específico del método era la obligación que tenía el conferenciante de empezar su exposición atacando, del modo más serio posible, la tesis que él mismo había venido a defender. Era una manera de asegurarse de que habría diálogo y esfuerzo por entender, y no sólo activismo radical. (Un ejemplo famoso de esta metodología: al comenzar las famosas 5 Vías con las que se propone demostrar racionalmente la existencia de Dios, Tomás de Aquino afirma: Videtur quod Deus non sit - Parece que Dios no existe. ¡Eso es ponerse del otro lado y escuchar al adversario!).

Si entráramos en los debates y las discusiones con el ánimo de escuchar y meditar los argumentos ajenos, se seguirían grandes ventajas para todos. La más básica sería conocer que lo que nos separa de los que piensan distinto no es “todo”, sino simplemente “algo concreto”. Y que, si profundizamos en ese “algo”, a menudo sucede esta revelación: que nuestro desacuerdo es sólo aparente o que subsiste sólo parcialmente y bajo muy determinadas condiciones.

Más allá de la metodología del diálogo, su artículo me sugiere el siguiente comentario.

Dice usted: “Es indudable que la mujer ha sido tradicional-mente oprimida y desestimada”. Estoy de acuerdo. Es más: esa situación perdura hasta hoy y es inaceptable. Pero hay maneras más acertadas y realistas de decirlo, sin quitarle un ápice de gravedad o de compromiso.
El modo de decirlo no es irrelevante porque, en el discurso feminista radical, la mujer y el varón son arquetipos absolutos: la mujer-víctima es la buena de la película; el varón-victimario, el malo. Entre la heroína y el malo no hay posible compromiso. Esta corriente de pensamiento se llama técnicamente Maniqueísmo. Y es la lucha de clases llevada a un nivel aún más profundo. La mujer y el varón dejan de ser el mayor signo visible de comunión en el cosmos, para convertirse en enemigos. Y de esta manera se asume una visión pesimista, oscura y contradictoria de la creación.

Por eso, propongo cuidadosamente evitar los enunciados absolutos, esa forma manipuladora de hablar de “la mujer”. Por el contrario, referirnos a las mujeres reales, nos llevará a advertir realidades que el discurso feminista radical de la Gran Opresión tiende a ocultar. Sobre todo, a admitir sin complejos y con alegría la mutua dependencia entre varones y mujeres. ¿Cuál es el problema en reconocer que somos mutuamente interdependientes y necesitados unos de otros? 

Desde la perspectiva de lo que hoy, en esta página, conside-ramos juntos, “la mujer” no ha sido sólo ni principalmente objeto de la violencia machista, sino sobre todo del amor y la veneración de la contraparte masculina del universo. Los varones han pagado gustosos, en moneda dura, los costos de ese amor y de esa veneración.

Por citar un único episodio: entre los casi 10.000 soldados que murieron el 6 de junio de 1944 en el desembarco aliado en Normandía, no hubo ¡ni una sola mujer! Eso sí es un absoluto.

Es bueno que lo recordemos: el tan vilipendiado patriarcado no sólo es una sumatoria de bestias, abusadores y opresores, sino que ha producido también evolutivamente un ADN de generosidad  individual y colectiva en favor de la promoción y protección de las mujeres.
Por eso, le ruego que si algún día nos encontramos en el transporte público de Montevideo, me permita usted, sin enojarse, que le ceda el asiento. Me dará así una inmensa alegría. l
 

 

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