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La noche en la que Luis Suárez reafirmó su compromiso con Sofía Balbi

Autógrafos imposibles, un artista que casi no llega y un amor ineludible: así fue la jornada del gran evento del verano

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27 de diciembre de 2019 a las 12:22

El ciclista dobló la curva del camino y vio a la gente. Serían treinta, cuarenta personas. Unas cuantas con camisetas de fútbol, tanto puestas como en las manos. Otras, como cowboys antes del duelo a mediodía con las manos rozando los celulares, prontos para disparar. Los niños que corren hacia sus padres para preguntarles cuándo vienen sus ídolos. Algunas cámaras de televisión preparadas, fotógrafos, movileros llamando a sus radios tanto uruguayas como argentinas. Es la puerta del Hotel Fasano, a veinte kilómetros del centro de Punta del Este, donde esa noche, la estrella de la selección uruguaya de fútbol y del Barcelona, Luis Suárez, va a celebrar sus diez años de matrimonio con su novia de la adolescencia, Sofía Balbi, con una ceremonia de renovación de votos.

La bicicleta frenó, y el ciclista se paró con su casco negro y sus mallas celestes, blancas y azules, a esperar. Es de San Francisco, California, pero desde hace más de veinticinco años viene a Punta del Este, a la casa de su suegra, dice con acento pero con seguridad. Saca su teléfono y pregunta por los futbolistas, los que su esposa le contó que van a pasar por ahí en un rato, y que lo hicieron parar en el medio de una de sus rutas habituales para intentar conseguir, como todos los demás que están ahí, una foto o un video.

Alejandro Bouvier consiguió algo más. Son las cinco de la tarde, y está ahí desde el mediodía. En la mano tiene una camiseta de la selección uruguaya con el 9 y el apellido de uno de los protagonistas del evento, y otra amarilla de la selección brasileña con el 10 y el nombre de uno de los invitados estelares de la velada, Neymar. Las dos tienen en el pecho la firma de Suárez, y Alejandro las exhibe con orgullo ante los otros pacientes admiradores, y después – ya sin la timidez del principio- ante casi todas las cámaras que esperan en la puerta la llegada de algún rostro célebre.

Pero no es el que vino más temprano. Gerard y su hijo, Bruno, están en la puerta del Fasano desde las 9 de la mañana. La espera tuvo una recompensa porque las camisetas del Barcelona que llevan los nombres de Suárez y Lionel Messi están firmadas por el goleador uruguayo. El de Salto está adentro del hotel desde el día anterior, preparándose, pero a través de la seguridad que custodia el evento como si fuera una cumbre del G20, hizo que las camisetas le llegaran y volvieran a sus dueños firmadas. Son las únicas firmas que tuvieron los fanáticos, porque Neymar entró con sus amigos por otro acceso, y Messi, custodiado por policía de tránsito en motos, pasó en una camioneta con unos vidrios negros que no dejan verlo.

Los guardias, con sus sombreritos de gángster y sus miradas de pitbull, demuestran también un lado amable. Algunos le dieron a Gerard y a Bruno unas botellas de agua cuando vieron que su estadía en busca de un autógrafo se extendía por muchas horas, y otro le hace una broma a unos niños argentinos que esperan a Messi con sus camisetas albicelestes. “¿Quién es mejor jugador?”, les pregunta. Los niños entienden que está dirigiendo la respuesta hacia Suárez, pero no. “El mejor jugador siempre es papá”, remata.

Pasan los minutos. Viene otra caravana de vehículos, esta vez con algunos de los artistas que cantarán en la fiesta: la colombiana Karol G y su pareja, el rapero puertorriqueño Anuel AA. También llega el equipo técnico de la banda argentina Damas Gratis, pero no sus integrantes, todavía están en Buenos Aires y su llegada correrá riesgo porque el clima al otro lado del Río de la Plata impide que el vuelo de Aerolíneas Argentinas que los trae pueda cargar el combustible necesario para despegar. Al final, horas después, saldrán rumbo a la República Oriental y llegarán a tiempo, en un milagro cumbiero. Como diría el cantante de la banda, Pablo Lescano, ATR.

Al final, los que esperaban a Messi o a Neymar se conforman con el comunicador Iñaki Abadie y con el jugador de Nacional Mathías Cardacio. Selfis, videos, fotos y alguna pregunta sobre la fiesta que se responde con silencio. Hay un nivel de cuidado y de confidencialidad que reíte de la producción de Game of Thrones.

Aunque algunos detalles se sabían: además de los músicos ya mencionados, también iba a cantar Agustín Casanova, mientras que el grupo Cuatro Vientos tocaría en la ceremonia religiosa. Juan Andrés “Gordo” Verde sería el sacerdote que oficiara la ceremonia de renovación de votos, y llegaría a la fiesta con la cocinera argentina Maru Botana en el asiento del acompañante de su auto, porque ella fue quien preparó los postres. La comida estuvo a cargo del Fasano, donde se hospedó la pareja y algunos familiares invitados, quienes compartieron un asado en el mediodía del viernes.

Y no mucho más, porque todos los involucrados en la preparación estuvieron obligados a firmar acuerdos de confidencialidad y no pueden contar nada. Solo se verán algunos detalles a través de las fotos e historias de Instagram de algunos de los participantes.

Goles son amores

Dentro del predio del hotel, al costado del lugar de la fiesta, hay una pequeña carpa blanca. Tan pequeña que se hace difícil para todos los fotógrafos y camarógrafos ubicarse con comodidad (hay 70 personas acreditadas, una proporción casi de 2 a 1 con respecto a los invitados, por si no quedaba claro que es el gran evento de la temporada). Los profesionales de la imagen también se quejan porque las fotos serán contra un banner negro en el que las luces y los flashes rebotan.

El banner en cuestión tiene un logotipo con las iniciales de la pareja, y además de Balbi y Suárez, también van a pasar por él aquellos invitados que así lo deseen. Entre discusiones y arreglos, un carrito de golf aparece por el camino y se dispara la voz de alerta: “¡Messi, Messi!”.

El astro argentino, su esposa Antonela Roccuzzo y el mayor de los tres hijos de la pareja, Thiago, aparecen en la minúscula alfombra roja, posan para las cámaras, y se van entre el baño de flashes y  “¡acá, acá!”. El futbolista solo dice que está “feliz, contento” por sus amigos que celebran su matrimonio. Después pasan por la carpa otros dos futbolistas del Barcelona, los españoles Jordi Alba y Sergio Busquets. De lejos se ve pasar a otros deportistas invitados, como los viejos compañeros de selección Diego Lugano, Álvaro “Tata” González, Diego “Ruso” Pérez y el actual mediocampista de la celeste y del Inter italiano, Mathías Vecino.

Sobre las 20 horas la ansiedad se calma. Empezó la ceremonia religiosa y no habrá novedades hasta que termine y vengan los homenajeados a saludar y dejarse retratar. Casi una hora después, llega el aviso: todos a posiciones de batalla, vienen Luis y Sofía. Corridas, gritos, peleas, y de repente, silencio.

Y ahí entran. Vestido claro para ella, un traje con chaleco azul de Dolce & Gabbana para él con un estampado que deja a más de uno con una carita parecida a la del emoji pensativo.

Foto para acá, foto para allá, foto para acullá, manos extendidas mostrando los anillos. “¡Luisito, coméle la boca!”, le grita un paparazzi argentino y el matrimonio se da un beso para las cámaras. Alguien le pregunta a Suárez por qué eligieron Punta del Este para la ceremonia, y el goleador, honesto como siempre, se encoge de hombros y pone su boca en una pose que no deja lugar a dudas: ni idea.

A Balbi le preguntan por la ceremonia y dice que la razón principal para celebrarla fue que sus tres hijos puedan vivirla con ellos, ya que su casamiento fue antes de que nacieran. Dicen estar muy contentos por tener este hito en una relación que ya lleva 17 años, y que tiene tintes de cuento de hadas: ella se va con su familia a vivir a Barcelona a los 13 años, y él le promete – y se promete -  que con el fútbol va a poder ir a vivir a Europa y se van a reencontrar. Y Suárez le da un giro a su vida, llega a primera división en Nacional, y lo contratan en el Groeningen de Holanda. Allá se reencuentran y empiezan a vivir juntos.

“Es el defensa más difícil, del que no puedo escapar”, dice Suárez en la carpa, trece años después. Otro beso, un saludo, y vuelven a su fiesta, que seguirá hasta las cinco de la mañana. La prensa se tiene que ir. Empiezan los fuegos artificiales a la distancia. Afuera del hotel ya no espera nadie.

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