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La obstinación en chocar la economía

En medio de situaciones complejas en Argentina y Brasil comienza la discusión de la Rendición de Cuentas

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22 de mayo de 2018 a las 05:00

El tradicional atraso cambiario de Argentina se recuperó de golpe (sic) como suele ocurrir cuando los gobiernos tratan de frenar la realidad del tipo de cambio - batalla denodada e inútil en la que finalmente siempre pierden. Todo indica que esta vez el nivel de paridad será mantenido dentro de la verdad y continuará acompañando a la inflación futura. Es decir, seguirá flotando. También parece que finalmente se acelerará el paso en la tarea de bajar el monumental gasto estatal que ha venido gradualmente saboteando el crecimiento y el empleo y endeudando a niveles peligrosos a ese país.

Ambas alternativas son positivas, necesarias e imprescindibles y seguramente darán buenos frutos en el futuro, pero implican consecuencias inmediatas importantes que afectarán a la economía oriental. La más fácil de predecir es en el turismo, favorecido en varios de los últimos años por la falsa apreciación de la moneda argentina y una inflación sistémica que encareció de tal modo los costos que hizo que Punta del Este resultara más barato para un argentino que un veraneo en una chacra con gallinas de su pueblo. No sería sensato suponer que ese factor relevante de ingreso de divisas y generador de empleo vaya a repetirse en el futuro cercano, con el consiguiente impacto en el PIB.

También en una primera etapa –se verá cuán larga– la exportación uruguaya a sus vecinos tenderá a frenarse por un doble efecto: precio y demanda, afectada por el trancazo inevitable de la baja del gasto y la lucha contra la inflación, que ahora sólo se basará en las políticas monetaria y fiscal, no en el ancla cambiaria. La inversión argentina en los sectores agrícolas e inmobiliario, ya en fuga antes de este porrazo, terminará de alejarse por el efecto de pinzas que implica el arbitraje por un lado y las amenazas de confiscación impositiva uruguayas. De modo que por el lado cisplatino no debería albergarse esperanzas de crecimiento alguno, más bien todo lo opuesto.

Un panorama similar ofrece Brasil, también en un proceso de saneamiento con altibajos, que produce efectos similares a los del otro socio fundador del Mercosur, luchando contra su recesión y tratando de no devaluar demasiado el real, agravados por la incertidumbre política, que conducen de todos modos a resultados negativos sobre el PIB y el empleo uruguayos.
Esos dos socios del Mercosur son además competidores en los mercados de exportación cárnicos y agrícolas en los que aumentarán su oferta frente al estímulo del tipo de cambio más favorable. Y es también obvio el efecto de estos cambios sobre la exportación de bienes manufacturados al área de comercio común y viceversa.

En todos los casos, se trata de situaciones temporarias que luego tienden a su equilibrio, pero lo significativo es que con seguridad sus efectos se reflejarán en la etapa final de este mandato del Frente Amplio. Esta depreciación de las monedas locales se acentuará por la apreciación adicional del dólar –que también será temporal, pero que tendrá efecto justamente en el mismo período– debido a que el endeudamiento trumpamericano elevará los tipos de interés y aumentará la demanda de instrumentos de deuda de ese país, y con ello el precio del dólar.

Cualquier idea de apelar a otros mercados, en especial en el próximo año y medio, es utópica y falaz, saboteada toda apertura justamente por los sectores de la izquierda trotskista de la coalición frenteamplista.

En esa lucha de depreciación de monedas, Uruguay no tiene ninguna oportunidad de competir, como se ha visto, ya que tendría que emitir hasta el infinito para comprar dólares y encarecerlos. Esto se debe a cuestiones estructurales y de restricción económica que se analizarán en otro trabajo. Las demás posibilidades que coadyuvarían a una devaluación adicional forzada, como repago de deuda externa o aumento de importaciones, están fuera del universo de la concepción socioeconómica oriental actual. Afortunadamente, cabría agregar.

Incidentalmente, la previsible revaluación global del dólar presagia algún empuje a la baja de las commodities agrícolas, que si bien no debe darse por descontada debe ser tenida en cuenta en cualquier proyección. Al igual que un cierto desgano en la tenencia de los activos de países emergentes y la inversión en ellos, que la crisis argentina ha despertado. Pero eso configuraría un nuevo juego de hipótesis que no es tema de este análisis. Aquí se inserta la situación actual de la economía uruguaya, con un panorama de creación de empleo estancado o reduciéndose y un tibio crecimiento residual del PIB en el mejor de los casos, con dificultades evidentes en el futuro cercano y con decrecimiento en áreas clave como la construcción.

En ese escenario, se comienza a discutir la Rendición de Cuentas, que es la excusa para tratar de aumentar gastos, impuestos y deuda que usa sistemáticamente el Frente. Mientras el Ejecutivo, con prudencia, quiere bajar el déficit y controlar el gasto, el PIT-CNT y afines intentan el camino que ha fracasado siempre. El aumento o creación de impuestos para seguir gastando, lo que conlleva menos inversión y fuga de la existente, menos creación de empleo y reducción del existente, más descontrol en las empresas del Estado, que lleva al aumento de tarifas.

Para ello se vuelve a esgrimir la necesidad de gastar más en educación –gasto que en manos del trotskismo gramscista es siempre un desperdicio– y se aboga por el progresismo en el impuesto a la renta, cuando la tendencia mundial comienza a ser la opuesta, seguramente bajo el lema de que Uruguay es diferente, algo aún por probarse, si se pudiera. O el impuesto a la herencia y la ampliación del Impuesto sobre el Patrimonio, que no pueden coexistir sin ser fulminados por confiscatorios y anticonstitucionales, y que también tendrían efectos fatales sobre la inversión.

También se vuelve a promover la obra pública como modo de crear empleos en un sector que los ha perdido por la generosidad salarial del estado. Otra idea obsoleta e ineficiente que acaba de morir una vez más del otro lado del río y seguirá muriendo.

Confluyen aquí razones ideológicas y políticas. Ya secas las ubres del sistema productivo, sólo queda manotear la poca riqueza que se genera o los ahorros y la inversión, vía gasto estatal e impuestos, un saqueo desesperado para seguir repartiendo lo que no hay, ahora sin la máscara de éxito creada por el período de bonanza que se desperdició en el reparto insensato. Para ganar las elecciones, se apela al consumo falso, para lo que debe sacrificarse algunas de las variables de seriedad que sostiene el Ejecutivo: límites al endeudamiento, el déficit, la inflación y la aplicación de nuevos tributos.

Por otro lado, de nuevo se esgrime la democracia como derecho para la exacción, pero de inmediato se olvida el concepto de mayorías para presionar internamente al Frente sin ninguna mayoría electoral, mostrando las serias incongruencias del sistema político, o los graves defectos intrínsecos a la concepción misma de la coalición oficialista, que las exagera.

Más allá de cualquier ideología, las medidas propugnadas tendrían el mismo efecto que en Argentina y sumirán a Uruguay en la misma situación. Más desempleo, más pobreza, menos inversión, menos crecimiento y menos oportunidades. Tanto la teoría como el empirismo lo demuestran. La mezcla de ignorancia deliberada, ideología, empecinamiento, intereses políticos y resentimiento no reemplaza al manejo responsable de la cosa pública, ni es una opción válida en ningún aspecto. Al contrario, el planteo populista de la izquierda es de una enorme irresponsabilidad, cuyos efectos, de aplicarse, pagará la sociedad. Argentina también creía que era diferente.



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