18 de junio de 2021 21:35 hs

La masiva vacunación en Uruguay contra el covid-19 hace bajar lentamente el ritmo de fallecimientos e internaciones, tras el huracán de muerte padecido a partir de abril.

Ahora las personas hospitalizadas en Uruguay con covid-19 tienen casi siempre algo en común: no están vacunadas. Ese fenómeno ya se apreció en Estados Unidos y otros países de alta vacunación relativa.

La nueva fase de la pandemia en Uruguay parece que consistirá en un número todavía alto de contagios, porque la mayoría de las personas vive casi normalmente, y una cantidad decreciente de casos graves y de muertes.

Pero América Latina en general, cuyos países tienen bajos niveles de vacunación, salvo Chile y Uruguay, aún transita la prehistoria de esta nueva era. 

Perú, Brasil y Argentina, en ese orden, encabezan el ranking de muertes por covid-19 en proporción a su población. Otros países —Venezuela, México, Ecuador, Bolivia, Paraguay—, que realizan muy pocos test, muestran un notorio subregistro de casos y muy baja vacunación. 

Los desastres económicos y sociales provocados por la pandemia en la región, que se acumulan a otras falencias y disconformidades de larga data, insinúan efectos políticos devastadores.

El mundo en general registra grandes avances de la extrema izquierda y la extrema derecha, o de grupos nacionalistas y religiosos ultraortodoxos. En parte se debe al aumento de la insatisfacción global con la democracia, incluso en los países más desarrollados y liberales.

América Latina, una región siempre proclive a los autócratas y a la experimentación, que cuenta con añosos regímenes totalitarios en Cuba y Venezuela, muestra ahora el refuerzo del despotismo de Daniel Ortega en Nicaragua, y el avance de otro pichón de autócrata: Nayib Bukele, el joven presidente de El Salvador.

Los sistemas democráticos sólidos requieren un desarrollo socioeconómico elevado, y niveles mínimos de igualdad de oportunidades. La enorme mayoría de los países latinoamericanos está fuera de esos estándares, lo que explica, en parte, el larguísimo rosario de dictadorzuelos padecidos desde el fondo de la historia.

Simplemente no habrá democracia plena y estable mientras persistan tan amplios registros de miseria, ignorancia y desigualdad.

Los nuevos líderes populistas latinoamericanos, que no son necesariamente dictadores aunque muestren aristas autoritarias, beben de la misma fuente de aguas turbias: nacionalismo, proteccionismo, clasismo, xenofobia. 

Los populistas (que no es lo mismo que popular) pueden ser de izquierda o derecha, y se distinguen por la búsqueda de un respaldo directo de las clases populares, que saltee la representación política de la democracia clásica. Procuran la polarización del electorado azuzando las fuerzas centrífugas, como los prejuicios y el odio.

Las campañas electorales se parecen cada vez más a un reality show chabacano, repletos de demagogia, lugares comunes y golpes bajos.

La furia populista que recorre el mundo, y que incluyó al Estados Unidos de Donald Trump, se manifiesta modernamente en América Latina en la forma del brasileño Jair Bolsonaro, el kirchnerismo en Argentina —cuyas raíces se hunden en el peronismo de hace 75 años—, de Pedro Castillo en Perú, y de un montón más que anda al acecho.

El advenimiento de Pedro Castillo no es milagroso, sino el resultado de los sucesivos desastres.

En los últimos años, seis expresidentes peruanos terminaron en la cárcel, se dieron a la fuga o fueron destituidos: Alberto Fujimori, Alejandro Toledo, Ollanta Humala, Pedro Pablo Kuczynski, Martín Vizcarra y Alan García (quien se suicidó en abril de 2019, después de intentar asilarse en Uruguay).

Incluso la rival de Castillo en estas elecciones, Keiko Fujimori, la hija del viejo dictador derrotada por tercera vez por estrechísimo margen, ha estado en prisión preventiva por el presunto financiamiento de sus campañas políticas con dinero sucio.

Los milagreros en Perú no son nuevos. Basta recordar el increíble triunfo de Alberto Fujimori en 1990, un candidato ignoto que irrumpió de la nada, rodeado de predicadores evangélicos y pequeños empresarios, para derrotar en balotaje al novelista Mario Vargas Llosa (éste lo narró magníficamente, con amargura elitista, en sus memorias “El pez en el agua”). 

Una de las grandes lecciones de la ola populista ha sido que los votantes se rebelan contra los partidos tradicionales cuando experimentan un sentido de cambio social incontrolado: picos en la inmigración, agitación económica a largo plazo, transformación demográfica o de las costumbres sociales, comentó en octubre del año pasado un articulista del New York Times.

Pedro Castillo, quien típicamente recoge todo eso, llegó a prometer que, de ser presidente, expulsaría en 72 horas al 1,4 millón de inmigrantes venezolanos que hay en Perú, a quienes se señala como responsables del aumento de los delitos. Ahora, tras el triunfo, moderó y matizó muchas de sus propuestas, que forman una nebulosa.

Uruguay parece fuera de esa corriente, aunque habrá que ver por cuánto tiempo. Un sistema democrático, tolerante y liberal, no es un maná caído del Cielo sino el fruto de una larguísima evolución y aprendizajes. De hecho, la actual etapa democrática de Uruguay, que no llega a cuatro décadas, es la más larga de su historia de dos siglos, sembrados de experimentos, revoluciones, chirinadas y cuartelazos.

A fines de enero los dos principales coordinadores del grupo asesor científico del presidente (GACH), Rafael Radi y Henry Cohen, alertaban sobre cómo la polarización política podía asociarse directamente a un aumento de casos y muertes por covid-19. La alta polarización incluso podía ser un buen predictor de alta incidencia de contagios y menor control de la epidemia.

La polarización es un fenómeno cuasi global, advirtió Adolfo Garcé en El Observador a principios de abril. Evitar que nos arrastre y rescatar el diálogo implica una decisión consciente ante cada conversación relevante que iniciamos. La decisión de qué tipo de política tener, si la política de la confrontación o la del diálogo, está en nosotros.

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