Estamos casi todos, y casi todos sentados. Callados y esperando. Dudamos, porque no sabemos si estamos metidos en el mismo éter hotelero de siempre o si es otra dimensión similar que se ve y se siente igual. Sabemos, todos, que es el de siempre, porque el pasillo es el mismo. Las miradas son las de siempre. Las libretas, las mismas pero con más anotaciones que la última vez. Los cuadros colgados de las paredes, el mueble vacío colocado para hacer bulto, los bostezos, las expectativas: todo es un calco de algo que ya vivimos o creemos haber vivido. Y que estamos viviendo de nuevo.
Las caras también son las mismas, solo que esta vez son menos las que están hinchadas por el sueño. Se repite el “cómo andás”, el “que te pareció la película”; el “está bien”, el “no es mala”. Poca cosa cambia, poco se altera en ese universo de repeticiones y cambios imperceptibles. A veces aparece un rostro nuevo, alguna cámara en vivo que altera a los sentidos abotagados por el tedio, por esa espera que no es ni de cerca interminable pero aún así se siente pesada y conocida. Pero no mucho más que eso. A lo sumo, algún fotógrafo se anima a tirar un chiste subido de tono que cae rápido a una bolsa de indiferencia.
Y así estamos, anestesiados, hasta que todo se transforma con la aparición del entrevistado, la persona que tuerce los ánimos del recinto, que logra elevar a toda la plana periodística desparramada en el pasillo del hotel. Todos se apresuran a agarrar las notas, a probar la lapicera y el grabador, a ensayar sonrisas y frases para romper el hielo. Los fotógrafos prueban el obturador, acomodan el foco, esperan atentos a su momento.
Diego Battiste
En esos casos, el famoso –causal directo de todo ese alboroto de entrevistas–, llega precedido por unos segundos de exaltación, encarnados en una pequeña comitiva de empleados del hotel que sonrientes, funcionan como la prueba de que la espera terminó. Enseguida, se produce la entrada triunfal. Llega Ricardo Darín, Mercedes Morán, Pablo Trapero, Guillermo Francella, Fede Álvarez, Gastón Duprat o cualquiera de los rostros que este año desfilaron por las salas de cine locales y presentaron sus películas a la prensa. A su lado, siempre, está César. César el guardaespaldas.
Enseguida comienza la picadora de carne. Una entrevista, otra, otra, otra, otra. En el medio, esperando afuera, los que estamos más cerca del final de la lista preguntamos qué tal a los que van saliendo. “La verdad, macanudo”. “Está bravo entrarle”. “Habla rápido, eso es bueno”. Todos los comentarios, en general, refieren a un temor concreto: el reloj. La entrevista no puede durar más de quince minutos. En un instante breve en el que apenas se puede llegar a entablar una conversación sobre el estado del tiempo, se debe cosechar una nota interesante, atrapante, que capte al lector y lo sorprenda con declaraciones que no parezcan prefabricadas o de casete. Y es difícil. E incómodo. Y aburrido. Y necesario. Y tiene, claro, un nombre: Junket.
Esta palabra –que también refiere a una especie de postre lácteo cuajado que se toma en el hemisferio norte y que suena a "basura" en inglés– titula a un sistema de entrevistas que las distribuidoras utilizan en Hollywood desde hace tiempo y que, en los últimos años, emigró para este lado del planeta. Hoy acceder a entrevistas más largas y profundas es casi imposible; hoy se accede a junkets. Y este año, si a quien escribe no le falla la memoria, los periodistas locales abocados al séptimo arte tuvimos unos cuantos.
Para identificarlos, estimados lectores, basta con prestarle atención a un simple patrón que se repite hasta el hartazgo: todas las entrevistas salen más o menos cercanas en el tiempo, hablan de la misma película o producto, el entrevistado tiene la misma ropa y hay un banner, siempre un banner, el terror de los fotógrafos.
Lado bueno/lado malo
En realidad, todo lo anterior peca un poco de exagerado: los junkets no son tan malos. De hecho, es mejor que nada. Para los periodistas es la oportunidad de acceder a personalidades que no están a tiro de Whatsapp. Por eso la invitación al junket es anhelada, por eso se negocian los minutos de entrevista como se negociaría un intercambio de rehenes. Por eso se suplica, se implora, el tiempo para una pregunta más. Pero para ser justos, son instancias descafeinadas y a veces fofas, sin gracia. En esas entrevistas, donde la persona de prensa ronda marcando y recordando el implacable paso del tiempo, poco se puede sacar en limpio. No hay profundidad, las miradas no congenian, los rostros no se recuerdan. A lo sumo se consigue algún título destacable y alguna foto para el recuerdo personal. Y ya está. “¿Cómo te fue?”, te preguntan en la redacción a la vuelta. La propia palabra “junket” debería ser una respuesta esclarecedora.
Los entrevistados no la pasan mucho mejor. Sentados en sillas incómodas, subsistiendo a base de agua o refresco, deben lidiar con cinco, seis, quince talking heads que les repiten las mismas preguntas una y otra vez. Los adulan, los enervan y los aburren. Sus respuestas se vuelven cada vez más escuetas mientras el cansancio los domina y la sonrisa se esfuerza en no desaparecer porque tiene la cámara encima.
A veces el propio junket puede llegar a unir a un periodista y a un entrevistado en un instante de complicidad milagroso. En la previa, un pequeño diálogo puede conectar los cansancios, haciendo que el hielo se rompa de la manera más imprevista con el entrevistado más irascible –le pasó a quien escribe con el indómito Francella–. O en otros casos el propio entrevistado, aburrido de los interiores impersonales del hotel, puede llegar a pedirle al periodista para que salgan a la calle juntos, a tomar mate y fumar un cigarro mientras conversan de lo que tienen que conversar –también, basado en un episodio personal con Leonardo Sbaraglia en Buenos Aires–.
Pero hay otros casos donde todo sale mal, como cuando al periodista español Andrés Arconada se le durmió Woody Allen en medio de la enésima entrevista que daba en el Festival de San Sebastián, o cuando a Jet Li se le ocurrió, en Cannes, dar solo entrevistas en chino y sin ningún traductor a la vuelta. Todo esos episodios se pueden encontrar en una publicación titulada Malditos junkets.
Diego Battiste
Por todo eso y por mucho más, estas instancias son internacionalmente aborrecidas por los periodistas que cubren estas subdivisiones de la cultura. Dinamitan la posibilidad de la entrevista larga, de alcanzar cierta profundidad, de evadir las preguntas sobre una producción puntual para pasar a lo que de verdad nos importa: la persona, sus obsesiones, su mente. Pero bueno, cuando llega la invitación uno se resigna.
Porque aún con sus fallas y su maquiavélico sistema publicitario que mastica periodistas y estrellas, el junket es la oportunidad para acceder a una industria a la que usualmente no podemos llegar. Permite creer por un instante que quizás bajo esa estrategia de acumulación masiva de personas y preguntas, algún día llegaremos a entrevistar a los hermanos Coen o a Martin Scorsese en algún hotel de la rambla. O que cuando Brian de Palma se pegue una vuelta por Montevideo para rodar su próxima película, tal vez los medios podamos acomodarnos a sus horarios y hablar con él. Quién sabe; si todos coordinamos para meter quince o veinte entrevistas de cinco minutos en un día, en una de esas se nos da y hasta nos podemos sacar la foto.