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La radicalización del FA y los derrapes de Graciela Bianchi

En el gobierno, y también en parte de la oposición, creen que si la izquierda golpea en exceso, la virulencia le jugará en contra

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08 de julio de 2022 a las 15:13

Tal vez porque somos los escasos habitantes de un país pequeño, acaso influidos por unos códigos de barrio que dicen que no se le pega a nadie en el piso o, quien sabe, permeados por una cultura batllista que le da brillo al “escudo de los débiles”, los uruguayos tienen fama de empatizar mayormente con aquellos que en un conflicto, ya sea social, político o futbolero, llevan las de perder.

Se sabe que en un partido entre Tanzania y Alemania, los uruguayos hincharán por los africanos, se conoce que analistas políticos adjudicaron la derrota del colorado Jorge Batlle en las elecciones de 1989 y de 1994, entre otras cosas, a su arrogancia que, ensamblada con su inteligencia, en los debates se llevaba puesto a sus rivales quienes, perdiendo la batalla intelectual, ganaban la de la solidaridad con el que sufría el golpe.

Esto fue dicho para decir que en el gobierno de Luis Lacalle Pou, y también en la izquierda, consideran que una excesiva y anticipada campaña de derribo contra la gestión multicolor puede terminar funcionando como un bumerang y favoreciendo al asediado.

La izquierda que tiene en su seno sectores como el Partido Socialista y el Partido Comunista que necesitan de un discurso radicalizado para atender las exigencias de sus bases.

A la gente no le gusta la crispación ni que se quiera sembrar el caos. Si al Frente se le va la mano con las críticas el problema lo tienen ellos, dijo a El Observador un dirigente colorado.

Si el gobierno está jugando mal, hay que dejarlo que siga jugando mal sin matarlos a patadas porque eso puede ser contraproducente, dijo, por el otro lado, un dirigente frenteamplista al que las críticas implacables de la intendenta Carolina Cosse contra la administración Lacalle no le caen del todo en gracia.

Por ejemplo, Cosse ha calificado de “masacre” y de antipatriota la decisión del oficialismo de conceder la venta de internet a operadores privados. En distintas declaraciones el Frente Amplio ha acusado al gobierno de practicar un modelo “neoliberal excluyente” y de matizar el relato de lo ocurrido durante la dictadura para “justificar el terrorismo de Estado”.

Las críticas impiadosas surgieron incluso en asuntos que, en un principio, no deberían ocupar mucho tiempo de discusión como la intervención del club Villa Española tras una denuncia de un grupo de socios por apartamientos de los estatutos de la institución.

“Es un disparate”, dijo el presidente del FA, Fernando Pereira, achacándole al Ministerio de Educación la intención de acallar manifestaciones en redes en las que el club se manifestaba a favor de la causa por los desaparecidos.

En el gobierno de Luis Lacalle Pou, y también en la izquierda, consideran que una excesiva y anticipada campaña de derribo contra la gestión multicolor puede terminar funcionando como un bumerang y favoreciendo al asediado.

En las calles, la pelea contra el gobierno tampoco cesa. Durante una manifestación callejera el pasado 21 de junio contra la “política privatizadora de la coalición de gobierno”, el presidente de la Federación Ancap, Gerardo Rodríguez, recordó que el presidente Lacalle Pou ha dicho que el gobierno debe “retomar el centro del ring” en el debate público y, luego, prometió una andanada sindical dentro del imaginario cuadrilátero. “Si (Lacalle) dice que tiene que retomarlo (el centro del ring) quiere decir que con el referéndum (contra los 135 artículos de la Ley de Urgente Consideración) lo llevamos contra las cuerdas. Desde el movimiento popular vamos a seguir en esa profundización de organización para mantenerlo contras las cuerdas”, advirtió.

Volviendo al principio, en el gobierno creen que un permanente discurso de guerra desde Frente Amplio puede llevar a una parte de la sociedad a considerarlo excesivo y contraproducente. En tanto, en sectores de la izquierda cercanos al intendente de Canelones, Yamandú Orsi, y al exministro de Economía, Danilo Astori, consideran que la izquierda le convendría mostrarse como una fuerza tranquila antes que como una topadora sin freno.

Pero esa estrategia resulta dificultosa para la coalición de izquierda que tiene en su seno sectores como el Partido Socialista y el Partido Comunista que necesitan de un discurso radicalizado para atender las exigencias de sus bases.

Esto lo saben en el oficialismo. Por eso en las últimas semanas comenzó a generar real preocupación en filas nacionalistas los constantes derrapes y virulencias de la senadora Graciela Bianchi en las redes sociales ya que, se entiende, cae en el mismo discurso irracional de algunos dirigentes del Frente Amplio. La histeria y la soberbia, dicen, no le gusta a los uruguayos.

Pero, más allá de conveniencias políticas y de idiosincrasias culturales, lo cierto es que si a dos años de las elecciones los ánimos están alterados, no quiera saber ni le pregunte a nadie lo que será la virulencia del discurso político en este paisito en apariencia amigo de los más débiles y hostil a la arrogancia y los excesos.

 

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