10 de abril 2015 - 20:32hs

Hace unos días se conmemoró otro aniversario del 2 de abril de 1982, el día en que el Ejército argentino invadió las islas Malvinas. Leí algunos artículos en medios argentinos y algunos que publicaron medios locales, todos reivindicando la defensa de una supuesta soberanía argentina sobre el archipiélago de unas 700 islas, porciones de tierra de diverso tamaño arracimadas entre las aguas del Atlántico sur. No me sorprendió, porque es la posición histórica y tradicional que predomina en la cabeza argentina (más allá de los partidos políticos) y también en esta orilla del Plata.

En diciembre de 2011 tuve oportunidad de visitar las islas. Mis ideas previas a la llegada estaban teñidas de estos mismos prejuicios, de variada índole: geográfica, territorial, lógica y también política. Para nosotros, los ingleses siempre fueron los malos de la película, los piratas que despojaron a los argentinos, los buenos del cuentito simple, de su legítimo derecho a poseer esas islas porque… así debía ser.

En las islas, donde permanecí una semana invitado por la embajada británica en Montevideo, descubrí a los kelpers, los habitantes de las Falklands, y entendí su posición. Antes aclaro que sin duda la invitación de la diplomacia británica, como a lo largo de los siglos, no estuvo sujeta a conveniencias, pero la invitación y los viáticos del viaje no invalidan los argumentos que daré.

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Las tres Américas, pero sobre todo los países del cono sur, son naciones con enormes masas de gente que llegaron de sitios muy lejanos y se afincaron, hicieron su vida lo mejor o peor que pudieron con el destino que les tocó e intentaron reformar, vivieron hasta que murieron y enterraron a sus muertos. Y les rinden homenajes de generación en generación.

Pasó en Uruguay, pasó en Brasil, pasó en Argentina. También pasó en las islas Falklands/Malvinas, que aunque pocos lo recuerden, es un territorio sudamericano, tanto como también lo son Surinam, Guyana y la Guayana Francesa, ¿las recuerdan?

Basta que volvamos el rostro hacia el pasado y muchos de los que gritan enfervorizados los goles de la camiseta celeste, como si esta fuera el resumen esencial de su nacionalidad, tienen un bisabuelo extranjero, o un abuelo… o un padre.

Entonces, reflexionemos juntos. En las Falklands/Malvinas pasa exactamente lo mismo que aquí y en Argentina. Un día cenando en Port Stanley, capital del archipiélago, charlé durante buena parte de la noche con un hombre que era edil del consejo de gobierno de las islas. En un momento del diálogo, me confesó que él no quería ser inglés. Que solo estaba de acuerdo con la permanencia de las tropas de Su Majestad por la protección frente a otro eventual ataque. Me dijo que él era kelper, que esa era su nacionalidad.

Por siete generaciones su familia, de origen escocés, había vivido en diferentes islas, desde el siglo XVIII. “Yo tengo enterrados a los míos en esta tierra. Esta es mi tierra. Es nuestro derecho estar aquí. El abuelo de Galtieri era italiano. ¿Por qué él tiene más derecho que yo?”, me dijo.

Leopoldo Fortunato Galtieri, el dictador argentino que ordenó la ocupación de las islas que produjo la guerra de 1982, le dijo suelto de cuerpo a Oriana Fallaci que sus abuelos eran de Génova y de Calabria, italianos.

Con el criterio del argumento argentino, perfectamente tendrían derecho a invadir Uruguay y reclamarlo, porque en algún momento perteneció a las Provincias Unidas del Río de la Plata. ¿El gobierno peruano debería devolverle el territorio a los descendientes de los incas? ¿Chile a los mapuches? Por más romántica que suene, ¿a alguien se le ocurre hoy esa hipótesis? No.

El reclamo argentino queda por debajo del derecho de los pueblos a su autodeterminación. Tan sencillo como eso. Los kelpers prefieren ser ciudadanos británicos en la teoría, aunque en la práctica les aflora su nacionalismo muy rápido. Y los derechos valen tanto para 40 millones o apenas 3.000 personas, como en el caso de los kelpers.

La política no ha dejado ver el intercambio más importante de todos: el cultural. Ese pequeño pueblo posee una serie de tradiciones que enriquecen aún más la enorme y hermosa diversidad de América del Sur. Hay tanto por aprender, más allá de que se escuche atragantadas veces la palabra “integración”.

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