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La realidad del campo es un problema; la del hipocampo, una tragedia

Cientos de miles de no-ciudadanos nunca saldrán a la calle aunque han perdido casi todos sus derechos, salvo el de votar, que en realidad es una obligación

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06 de febrero de 2018 a las 05:00

La democracia y el libre mercado, o sea el llamado "sistema", considerado como el mejor que el ser humano construyó para vivir en sociedad, tiene a millones de niños comiendo de la basura, por mencionar apenas una de sus máculas. Parece inevitable que las carencias materiales, cuando se hacen persistentes, afecten el ejercicio de los derechos individuales. Esos derechos individuales, como la libertad de reunión y de expresión, no solo están afectados por la pobreza sino también por una larga lista de enemigos que van desde gobiernos autoritarios hasta una sociedad en la que los avances tecnológicos son utilizados para atacar, estigmatizar, vilipendiar a quienes ejercitan esos derechos que hacen a la vida de la democracia.

Solo por esto, por ejercitar esos derechos, la manifestación de los productores agropecuarios debe ser respetada como un acto de libertad de expresión y un camino de construcción de ciudadanía, que es el ejercicio de los derechos y obligaciones que lo convierten a uno en un ciudadano y a todos en una comunidad.

Así como debería ser respetada esa manifestación, también deberían serlo las interpretaciones o lecturas que de ella se hagan, porque la discrepancia con tolerancia es otra forma de fortalecer la democracia.

Según mi visión, la crisis que atraviesen algunos de quienes protestan, la corporación agropecuaria, no está entre los principales problemas de la comunidad, como tampoco lo están los habituales reclamos de otra corporación poderosa y bien conocida para los uruguayos como es la de los sindicatos de trabajadores.


Unos y otros son gente que está dentro de lo que podríamos llamar la sociedad integrada. Gente con cultura de trabajo, que tiene vínculos de algún tipo con integrantes de otras corporaciones, que aún conserva la esperanza de que ellos o sus hijos mejoren. El sueño de la movilidad social. Se trata de personas que haciendo uso de la libertad de expresión y construyen ciudadanía, cada uno a su manera.

Así fortalecen esta democracia que, según algunas mediciones internacionales, está entre las más plenas del mundo, pero que según otras evaluaciones está rodeada de acechanzas, al punto que los partidos políticos o el Parlamento vienen en caída en la consideración ciudadana y no logran aprobación de la mayoría de los encuestados.

Sobre la gravedad de la situación, en el caso del campo haría una salvedad, la de aquellas familias a las que la crisis puede sumir en la pobreza, porque las ubicaría al comienzo del camino que conduce al que, a mi juicio, sí es el principal problema que Uruguay enfrenta como sociedad.

El cante, de Pacheco a Mujica

Un poco de historia reciente. Hace algo más de medio siglo, expulsados del Uruguay profundo por el fin de la época de las vacas gordas, legiones de familias llegaron a la capital y rebotaron, conformando lo que luego se conocería como cantegriles.
Muchos de estos 700 mil uruguayos que recibieron asistencia durante la era frenteamplista son no-ciudadanos, salvo por una cosa: votan. Casi el único derecho que tienen es, a la vez, una obligación.
Aunque a alguno le cueste creerlo, hubo una época en que en los ranchos vivía gente con cultura de trabajo, o que tenía en su memoria algún familiar que había trabajado. No hay nada de dignidad en la pobreza, pero los pobres de entonces aún luchaban contra la indignidad a que los sometía el mejor sistema ideado por el hombre.

Esos primeros cantegriles, mayoritariamente simpatizaban con los sectores más conservadores de los partidos tradicionales. No era un cliché afirmar que el cantegril era pachequista, en alusión a la derecha del Partido Colorado, ala en la que Jorge Pacheco Areco lideró hasta los primeros años post dictadura.

Pero algunas generaciones después de la llegada de aquellas familias del interior, fundadoras de los cantegriles, pasaron algunas cosas y otras no pasaron. Los hijos de los hijos de los hijos no pudieron salir del cantegril. El último integrante de esa estirpe que había tenido un trabajo formal, se perdió en la memoria de una población que, a diferencia de lo que pasaba y pasa en el resto del país, se hizo cada vez más joven, con madres de 14 y bisabuelas de 50. De pronto, el cantegril había dejado de ser pachequista. Sobre los rancheríos flameaban las banderas del Partido Comunista y del Movimiento de Participación Popular. El cante se hizo frenteamplista.

El temor a los actos de masas

Teniendo como tenía la izquierda una cultura de la militancia política (o sea, del compromiso activo con la política) y utilizando entre sus formas de expresión las manifestaciones callejeras (sí, como estas que vemos ahora del agro o de las feministas) ¿sería que esos sectores, a pesar de la pobreza en que estaban sumidos, contribuirían con su reclamo organizado detrás de una divisa política a la construcción de ciudadanía y dejar de ser así ciudadanos de segunda?


Estuve en la Casa del Partido Colorado cubriendo para el semanario Búsqueda el triunfo de Julio María Sanguinetti en las elecciones de 1994. Esa noche hubo tiros en las inmediaciones de la sede partidaria. Cuando terminé mi trabajo y regresaba caminando a mi casa en aquella madrugada, la avenida 18 de Julio era territorio liberado: hordas de simpatizantes frenteamplistas, frustrados por la derrota, rompían vidrieras y todo lo que encontraban a su paso. Metía miedo. No estaban allí las clases medias, ni los obreros organizados, ni los estudiantes y los profesionales que conformaban el tronco principal del electorado, la militancia y, por tanto, de las expresiones callejeras del Frente. Aquello era otra cosa.

Recuerdo que unos años después, para el mismo medio, hice una nota acerca de cómo la convocatoria a manifestaciones callejeras se podía convertir en un tiro por la culata para la izquierda. El dirigente de la Vertiente Artiguista Enrique Rubio me habló de "un fenómeno de muchedumbre urbana" a la que la dirigencia política ya no podía liderar ni mucho menos controlar. Que el cante se quedara en el cante.

Chorizadas y el regalo de cargos

Así como el campo recibió préstamos blandos de parte de los bancos estatales, refinanciaciones y medidas especiales, que al parecer no fueron suficientes, de la misma forma en estos últimos años de bonanza, los sectores pobres, ahora devenidos en marginados, recibieron una importante transferencia de dinero de parte del Estado, en políticas sociales donde el reparto de dinero contante y sonante fue importante.

Sería tema de otra columna cómo esas políticas que pueden ser interpretadas como proselitistas son las que se aplican en países que tienen a raya la pobreza repartiendo dinero sin pedir contrapartidas.
Pero así como las consecuencias están a la vista, el debate sobre las causas es cada vez más complejo para que pueda entenderlo una clase dirigente que también sufre el deterioro intelectual de casi toda la sociedad.
Pero el dato concreto es que durante la era frenteamplista unas 700 mil personas "salieron de la pobreza". Uso las comillas porque es lo que se dice para describir la situación de quienes al recibir cierta cantidad de dinero (Ejemplo que revela que no son fortunas: la Asignación Familiar más alta es de 750 pesos por hijo) pasan determinado umbral de ingresos y eso "las pone por encima de la línea de pobreza". Puro eufemismo técnico porque la pobreza dejó de ser económica y la falta de cultura de trabajo, las condiciones habitacionales, el trabajo infantil, o sea, todo lo que configura la cultura de pobreza sigue allí. Aún así, son 700 mil personas que recibieron ayuda estatal.

Pero a pesar de todos los pesares y consideraciones a favor y en contra que se quieran hacer, esas poblaciones podrían opinar que no es suficiente. Que muchos de ellos son producto de un sistema que los dejó al margen y solo los recuerda en la crónica roja y que, así como el agro, así como los sindicatos que mejoraron sustancialmente sus ingresos pero cada tanto paran al país, ellos también quieren más.

Y amplios sectores que viven en zonas deprimidas y que sufren niveles de violencia de la que no tiene ni la más peregrina idea ciudadanos que habitan otras zonas de la ciudad (y que también se han manifestado por seguridad), también podrían salir a la calle, autoconvocarse, para reclamar por sus derechos y, a su manera, construir ciudadanía.

Pero eso no va a ocurrir. Entre otras cosas porque si en algún momento fueron ciudadanos de segunda ahora son no-ciudadanos. Y aunque no figuren en los formalismos que definen la pobreza por cantidad de monedas y no por otros valores, cada vez son más. En Casavalle (donde no fue la revolución sino el narco el que decretó el fin del derecho a la propiedad privada) los embarazos adolescentes son 10 veces más que en la zona costera.


Ese es a mi juicio el problema más grande y profundo del país, tanto que no se le ve el fondo. Que sus víctimas no puedan plantearlo en la forma en que sea, impide un debate como el que se generó con el campo. Los no-ciudadanos no pueden ser voceros de sus males. Algunas pocas voces ajenas a ese mundo intentan ocupar el lugar. Pero así como las consecuencias están a la vista, el debate sobre las causas es cada vez más complejo para que pueda entenderlo una clase dirigente que también sufre el deterioro intelectual de casi toda la sociedad.

Lo que les ganará no es la vaca sino el cerebro

Mientras el tema del campo ganaba lugar en el debate público, en mi licencia leí La vida secreta de la mente del neurocientífico Mariano Sigman, quien explica, entre otras cosas, las funciones de la zona prefrontal del cerebro, sus lóbulos, conexiones y el hipocampo, que juega un papel central en la memoria. Me encantaría saber cuántas veces se mencionó en esta legislatura la palabra neurociencia. Seguro nos daría una dimensión del problema que tenemos por delante.

Entre otras cosas que se han descubierto en los últimos años, Sigman cuenta que el sentido de la moral se consolida en el primer año de vida. Allí los niños empatizan con quienes, por ejemplo, son robados o con quienes roban. Nada menos. Experimentos realizados con marionetas, revelaron que los niños de un año empatizaban con los robados y no con los ladrones, salvo cuando la víctima era alguien muy distinto a ellos. ¿Les suena a algo de la realidad actual?
Así como debería ser respetada la manifestación de los productores agropecuarios, también deberían serlo las interpretaciones o lecturas que de ella se hagan, porque la discrepancia con tolerancia es otra forma de fortalecer la democracia.
"Los niños eligen relacionarse con quienes se identifican en la primera infancia", dice Sigman. ¿Con quiénes se estarán identificando los niños en esos barrios donde en cinco o seis cuadras hubo más muertes violentas que asesinatos por violencia doméstica en todo el país?

A los dos años se consolida en la mente del niño la idea del derecho ajeno. A esa edad descubre que hay otros individuos por la vía de entender el concepto de propiedad privada, ajena a ellos. ¿Les suena a algo de la realidad local?

A diferencia de lo que les pasa a las corporaciones que reclaman, los afectados por estos problemas de la primera infancia no son capaces de entender lo que les pasa y, por tanto, de plantearlo y reclamar que alguien los atienda.

Hay quien leyó la movida agraria de una manera y quién la leyó de otra. A mí me pareció interesante verlo desde la perspectiva de que si estos movimientos fortalecen la democracia y la libertad de expresión, los movimientos sociales que faltan y seguirán faltando, la situación de los no-ciudadanos, son una herida en la democracia, y si esa herida se convierte en mortal, entonces ya no habrá espacio ni libertad para reclamos de nadie.


Sé muy bien que habrá quien vea en esta lectura una forma de evadir el problema que el gobierno tiene sobre la mesa con los agropecuarios. Pero les tengo una noticia. Muchos de estos 700 mil uruguayos que recibieron asistencia durante la era frenteamplista son no-ciudadanos, salvo por una cosa: votan. Casi el único derecho que tienen es, a la vez, una obligación.

Si yo fuera un dirigente opositor me preocuparía bastante de que estas nuevas "mayorías silenciosas", que no se expresan, ni participan de la histeria de Twitter, ni pueden ser tildadas de focas porque los insultadores profesionales ni siquiera saben que existen, puedan –al menos su descendencia- alanzar niveles de comprensión que les permita formar una masa crítica. Quizás así entiendan que lo que parece ayuda no es tal; o no, quizás sigan embanderando el rancho con la insignia de Otorgués.

En cualquier caso, si quienes son oposición lo que quieren es un cambio, el cambio no lo producen las vacas sino la gente. Claro, cuando la gente es capaz de pensar, de comparar, de existir.

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