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La recesión global de Donald Trump

A iguales proteccionismos y populismos, iguales resultados y daños. Aunque se trate de la mayor potencia de la historia

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16 de abril de 2019 a las 05:02

No hay derecho a sorprenderse al leer las proyecciones del FMI sobre la inminente retracción de la economía global. El presidente Trump ha hecho un formidable esfuerzo para lograrla, aunque probablemente sin saberlo, como en casi todos los temas que abarca. 
Comenzó por torpedear los acuerdos de fondo que involucran a su país, que a veces fue impulsor de su firma. El Tlcan, el tratado transpacífico, la OTAN, la OMC, los acuerdos climáticos y los antiarmamentistas. Y, sobre todo, el más importante tratado no escrito contemporáneo: la globalización. Su discurso-berrinche cerril y caprichoso (un remedo patético del zapatazo de Kruschev en la UN), continuará ejerciendo sus efectos negativos, políticos y económicos, por largo tiempo, más allá de que se confluya en algún parche o arreglo en todos esos temas, supuestamente favorable a Estados Unidos. Dentro de ese cuadro, la ruptura del pacto histórico Nixon-Deng tendrá consecuencias más largas y lamentables, pero ese es otro tema, no objeto de esta nota. 

Como todo populista, fue, en esa epopeya, oportunista. Capitalizó y corporizó el odio a la apertura global de los sectores desplazados por la tecnología, las preferencias del consumidor, la innovación empresaria, la propia deseducación y la competencia laboral que plantea la inmigración. Por supuesto, complugo en esa lucha al empresariado proteccionista, o sea ineficiente, identificado con las peores prácticas americanas, a las que adhiere con fruición. 

Las nuevas reglas que se imponen a China ya lastiman a la propia economía estadounidense, y a países como Uruguay, Brasil o Argentina, que serán como siempre las víctimas últimas de estos aprietes. No hay duda de que hubo abusos por parte de los asiáticos, como los hubo en todas las revoluciones industriales, pero tampoco hay dudas del enorme beneficio mundial de ese comercio, incluyendo a las grandes tecnológicas de la primera potencia del mundo, a las que parece importarle menos que a Trump los abusos chinos .

Además, el gigante del Pacífico es hoy el principal importador de muchos países, como se ve localmente. 

Como a su populismo Donald agrega su voluntarismo y una cuidada ignorancia, luchó con toda su energía, su prepotencia y su malcriadez tuitera contra la apertura global, y si bien no logró eliminarla aún, ha conseguido frenarla parar la inversión, evitar su crecimiento al sembrar la desconfianza sobre su propio país, al que transformó en un aliado traicionero e impredecible de instituciones manoseables  y con ninguna seguridad jurídica, una bomba nuclear sobre la credibilidad de la globalización. 

Por si esos ingredientes no fueran suficientes, the ugly american agregó un ataque colosal contra la independencia de la Reserva Federal, que hará estragos en la economía americana y en el criterio de independencia de todos los bancos centrales, sobre lo que se basa la confianza financiera universal en el siglo XXI. Tras haber llevado a su país y al mundo a un proceso de detención del crecimiento y futura recesión, Trump culpa a la FED por los efectos de sus propias sandeces, y le exige a los gritos (mayúsculas en Twitter) una baja en la tasa de interés, que es hoy un mero 0.50% anual por sobre la inflación. 

Prefiere ignorar los efectos de sus desatinos en el escenario global. Tapa con esos gritos el desacierto de bajar los impuestos a las empresas a la mitad y al mismo tiempo subir el gasto, que llevó sus déficits gemelos comercial y fiscal a niveles de peligro, igual que su deuda. A la vez, empuja a su banco central a que mantenga un circulante exagerado, para financiar sus desastres fiscales. Ahora amenaza con incorporar como directores de la máxima institución financiera a dos personajes sin preparación, conocimiento ni respeto, aumentando así deliberadamente el desprestigio de la FED. Para completar el sabotaje al sistema financiero mundial, jugó públicamente con la idea de proponer a su hija Ivanka para presidente del Banco Mundial, porque “es buena con los números”.

Como un autócrata bolivariano, trata de formar un club de populistas de primer nivel: apoya al brexit como un hincha de fútbol, descalifica a May y ayuda a Netanyahu, que comparte con él entre otras prácticas y estilos la lucha para evitar a la Justicia. La sociedad confundida lo considera una suerte de paladín liberal, error clásico de quienes desprecian las reglas económicas y elogian la MMT, o Moderna Teoría Monetaria, un adefesio casi millennial cuyo dogma principal es la creencia de que la emisión excesiva no produce inflación. El hecho de que el Partido Demócrata tenga a populistas iguales o peores que el billonario fallido como candidatos, como Bernie Sanders o Elizabeth Warren, hace que Trump luzca como von Mises o Milton Friedman a su lado. 

Las empresas, que supuestamente con la rebaja de impuestos iban a repatriar sus ganancias y a construir plantas y generar nuevos negocios, sólo recompran sus acciones, un truco que infla el valor de las compañías y los bonus. Trump empuja ahora la suba del salario mínimo, otro reclamo popular que matará a las pequeñas empresas regionales. Con lo que tampoco es real que el auge reciente de la economía americana tenga mucho que ver con las medidas trumpianas, salvo el aumento del gasto, que siempre ayuda, de entrada. 

Esta columna ha criticado a los gobiernos locales y regionales que propusieron las mismas precarias políticas de Trump, por su efecto fatal sobre el empleo y el bienestar. Es coherente al hacerlo con el presidente tuitero, en especial cuando los efectos son mundiales y ya están golpeando ruidosamente a la puerta. 

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