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La revolución a la vuelta de la esquina

A 90 años del Crack de Wall Street y la Gran Depresión (III)

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30 de octubre de 2019 a las 05:02

El crack bursátil iniciado en Nueva York el 24 de octubre de 1929, rápidamente se expandió desde el epicentro a todo el mundo capitalista desarrollado, que entonces era considerablemente más pequeño que ahora.

A mediados de 1932, el punto más bajo de la crisis, los índices de Wall Street habían perdido cerca de 90% de su valor de mediados de 1929. Quien creyó tener 100 dólares en papeles, comprobó que tenía apenas poco más de 10. Recién en 1954 los índices superarían el nivel de principios de 1929, lo que marca la profundidad del pozo, pero también la desmesura de la “burbuja” anterior al crack.

La crisis de 1929 se extendió al menos por cuatro años en Estados Unidos y buena parte del mundo. El Producto Bruto Interno (PBI) de la primera potencia mundial cayó 35%. El gobierno de Herbert Hoover cometió el error de combatirla con una subida de tasas de interés y menos dinero en circulación, con lo que saneó radicalmente las finanzas, pero a costa de excavar un pozo más profundo. El desempleo estadounidense, que era de 3% en 1929, trepó a 8% en 1930 y casi al 25% en 1933. En algunos países europeos, como Alemania y Gran Bretaña, las cosas fueron igual de malas.

La hora revolucionaria

El proceso iniciado por el crack de octubre de 1929 en Wall Street y la consiguiente Gran Depresión puso en duda la continuidad del sistema capitalista y de los valores liberales sobre los que se apoyaba.

El comunismo al estilo soviético y el fascismo italiano, dos experimentos autoritarios consolidados en la década de 1920, proponían que los aspectos centrales de la economía, en mayor o menor grado, debían manejarse por la vía burocrática y la planificación central, bajo control de un partido disciplinado, un ejército y un líder omnipotente.

Según muchos nuevos visionarios, la Gran Depresión y las utopías autoritarias señalaban el fin del siglo largo de vertiginoso desarrollo capitalista, que había cambiado radicalmente los modos de producir y de vivir.

Parecía que “las cartas de navegar del siglo XIX no servían ya”, resumió el historiador marxista Eric Hobsbawm sobre esa época en el mundo. 
Esa “era de las catástrofes conoció un claro retroceso del liberalismo político, que se aceleró notablemente cuando Adolf Hitler asumió el cargo de canciller de Alemania en 1933”, escribió Hobsbawm. “Considerando el mundo en su conjunto, en 1920 había treinta y cinco o más gobiernos constitucionales y elegidos (según como se califique a algunas repúblicas latinoamericanas), en 1938, diecisiete, y en 1944, aproximadamente una docena. La tendencia mundial era clara”.

La Gran Depresión parecía el cumplimiento de la profecía de Karl Marx de que el capitalismo se hundiría luego de grandes crisis económicas y una revolución sangrienta y total, al estilo del estallido francés de 1789. 

Keynes y su capitalismo reformado

Mientras que los marxistas consideran la Gran Depresión como evidencia de la inestabilidad del sistema, y el inicio de su inevitable decadencia, las tesituras del economista británico John Maynard Keynes en su “Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero” (1936) provocaron ciertas enmiendas a la teoría económica tradicional, según la cual el libre mercado contribuía por sí solo al pleno empleo y el equilibrio entre oferta y demanda. 

El capitalismo no producía cada vez más proletarios, masas depauperadas como vaticinó Marx, sino que, a medida que se desarrollaban, las naciones engrosaban sus clases medias, y éstas se volvían cada vez más influyentes. Pero Keynes, recogiendo tendencias experimentadas en el mundo anglosajón ya desde fines del siglo XIX, proponía una intervención más amplia del Estado en el estímulo a la inversión y la demanda para promover el crecimiento y el empleo. 

Era exactamente lo que muchos políticos querían: más dinero, más poder, más activismo, aunque su resultado fuera harto dudoso. 

De hecho, una de las causas del crack bursátil de 1929 fue el exceso de crédito, no su escasez. Durante la década de 1920 los estadounidenses, los británicos y otros líderes de las principales potencias industriales “intentaron mantener la prosperidad mundial mediante la inflación deliberada del suministro de dinero”, resumió el historiador liberal inglés Paul Johnson en su historia de Estados Unidos. Aunque la cantidad de dinero circulante en Estados Unidos se mantuvo estable: 3.680 millones de dólares en billetes a principios de la década y 3.640 en 1929, el crédito se expandió 61,8% entre 1921 y 1929. (En Uruguay la expansión del crédito en ese lapso fue más del doble, lo que condujo a una depreciación del peso bastante antes del crack de Wall Street, como se vio en el segundo capítulo de esta serie). 

Franklin Delano Roosevelt, quien llegó en 1933 a la Presidencia de Estados Unidos, acabó con la contracción monetaria impuesta por Hoover tras el crack, expandió la oferta de dinero y bajó las tasas de interés. 

De todos modos la economía estadounidense se recuperó con lentitud, con algunas fuertes recaídas, hasta el frenesí industrial que significó el inicio de la Segunda Guerra Mundial en 1939. Entonces todo lo que Estados Unidos tenía para ofrecer, desde armas a alimentos y materias primas, era engullido por los beligerantes del bando aliado. La travesía del desierto, pues, duró más de diez años.

Pero la habilidad política de Roosevelt, un discurso adecuado y un activismo (New Deal) que venía a decir que el gobierno estaba haciendo mucho, le valieron un enorme prestigio. El exgobernador demócrata de Nueva York fue elegido presidente cuatro veces consecutivas: en 1932, 1936, 1940 y 1944, hasta morir en el cargo en abril de 1945. (Para evitar semejante sucesión, la 22ª enmienda constitucional, aprobada en 1951, prohibiría más de una reelección).

Muchos otros países proveedores, como Uruguay, también se beneficiaron con la guerra, aunque sólo a partir de 1944, después que hubiera más barcos para fletes, y un menor riesgo de ataque de submarinos alemanes.

Otros grandes bajones bursátiles

Hubo muchos otros grandes bajones bursátiles en la historia: en 1937; al principio de la Segunda Guerra Mundial (1939-1940); en 1973 y 1974, cuando la primera “crisis del petróleo”; el 19 de octubre de 1987, cuando los índices de Wall Street cayeron 23% en un solo día y afectaron a casi todas las bolsas del mundo, para recuperarse rápidamente; en 1997, durante la crisis asiática; en 1998, como secuela de la crisis rusa; entre 2000 y 2003, cuando el estallido de la burbuja de las acciones de Internet (las “punto.com”); o en 2008 con la “crisis de las hipotecas” y la caída de Lehman Brothers. (La crisis de 2008, o crisis de las hipotecas, no fue una burbuja en el mercado de acciones, sino del crédito para compra de viviendas, que a la vez sobredimensionó a la industria de la construcción, y que finalmente impactó en las bolsas).

Hoy, con un capitalismo que es global, con mercados perfectamente integrados, los sacudones –como los períodos de auge– se propagan por el mundo un día después de su inicio en cualquier epicentro de importancia. Los mercados bursátiles son infinitamente más amplios y sofisticados que en 1929, tras la incorporación de China y de casi todos los países del mundo. 

Pero ninguna caída fue tan profunda, y de efectos tan prolongados y desconcertantes, como el crack del 24 de octubre de 1929, el “jueves negro”, y la Gran Depresión consiguiente.

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