El Observador | Ricardo Galarza

Por  Ricardo Galarza

Internacionales
12 de marzo 2021 - 5:01hs

No, no está usted en una columna de chismes, ni hemos mudado el foco de esta tribuna, pasando sin escalas de la alta geopolítica a los temas del corazón. La entrevista que los duques de Sussex, Harry y Meghan Markle, dieron hace unos días a la presentadora norteamericana Oprah Winfrey es la noticia más relevante para este humilde espacio. Y no solo porque sea difícil abstraerse de lo que el mundo está hablando, sino –más importante aun- porque ha venido a confirmar lo que asegurábamos hace muy poco sobre la sociedad británica, en ocasión del episodio que le tocó vivir a Edinson Cavani.

Los que se escandalizaban por el “gracias negrito” del futbolista uruguayo han demostrado una vez más que tienen serios problemas de racismo en el seno de su sociedad. Y no solo en la realeza -a la que ahora más se apunta distrayendo un poco la atención-, sino también en la prensa sensacionalista, que es la que los británicos más consumen; y más grave aun, en la sociedad en su conjunto.

La mayoría de los británicos de raza blanca odian a Meghan Markle con la misma virulencia y cerrilidad evidentes en las despiadadas tapas de los tabloides; pero cuando se les pregunta por qué, responden invariablemente: “I just can’t put my finger on it” (no podría señalar exactamente la razón).

El periódico londinense Metro entrevistó en estos días a varias mujeres de raza negra y mulatas (mix-race), como es Meghan, en diversas ciudades de Inglaterra. Todas decían sentirse personalmente agredidas con los incesantes ataques a la duquesa de Sussex. Armarni, de 25 años, del barrio de Sheffield en South Yorshire, le dijo al rotativo: “En esos días que todo el país siente un odio tan grande por Meghan, un rechazo tan visceral que [‘they just can’t put their finger on’] no podrían señalar muy bien por qué, me dan ganas de llorar”.

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Me recuerda a aquellas señoras en Estados Unidos que decían sentir un rechazo tan profundo por Barack Obama que “they just couldn’t put their finger on”. Exactamente la misma frase.

Los tiempos han cambiado; ya no se puede decir a viva voz aquella infame frase “there ain’t no black in the Union Jack” que motivara el libro del incisivo Paul Gilroy, una radiografía milimétrica del racismo en el Reino Unido. Ahora las expresiones de racismo son más disimuladas; es un racismo escondido, por ende más hipócrita. “No podría señalar exactamente por qué”.

Y luego los tabloides, cuyo nivel de insidia, ultraje y difamación no conoce límite. En esas páginas, tal vez como en ninguna otra parte, se da rienda suelta a un racismo y a una xenofobia que azoran, como todos pudimos comprobar hace unos años en sus atrabiliarias coberturas de Luis Suárez, con algunas tapas realmente diabólicas.

A Meghan también la destrozaron. Durante casi tres años, no pararon de agraviarla cada día con algunas tapas muy desagradables; desde revelar los aspectos más embarazosos de la vida privada de su padre, hasta inventarle a ella una relación con un actor porno… ¡unas cosas de una bajeza inconcebible!

Y para rematar, en enero del año pasado, cuando Meghan tuvo que regresar a Canadá para estar con su hijo Archie, entonces de siete meses, el tabloide The Sun (sí, el mismo que tituló “Gotcha!” cuando en la Guerra de las Malvinas hundieron el Gral. Belgrano con más de 300 marinos argentinos abordo) volvió a ensuciar su tapa con el título: “Meg’s Magged Us Orf”, un coloquialismo inglés que aquí podría traducirse como “Meghan nos afanó” pero en un evidente remedo del acento “posh” de la nobleza, como si el “nos afanó” lo estuvieran diciendo desde el Palacio Real.

Los tabloides y su actitud salvaje fueron la principal razón para que Harry y Meghan decidieran el año pasado mudarse a Canadá y renunciar a sus obligaciones nobiliarias. Nadie soporta tanto abuso y acoso; más aun cuando eso mismo fue lo que condujo a su madre, Lady Diana Spencer, a su trágica muerte en 1997. Y el cuestionamiento machacón de que “si solo querían huir de la prensa, por qué dar una entrevista en televisión a Oprah”, no tiene ningún sentido. Una cosa es la cobertura mediática, razonable y civilizada (los duques nunca se quejaron de eso), y otra la toxicidad, el vilipendio y los ataques denigrantes de unos tabloides británicos que se abalanzan sobre las personas como pirañas a su presa.

Ahora se ha puesto engañosamente el foco en “¿quién es el racista?” dentro de la familia real, por la pregunta de cuál sería el color de piel de su hijo cuando Meghan estaba embarazada.

No sabemos el contexto para decir si en efecto fue un comentario racista; pero realmente, ¿a alguien le puede sorprender de una institución como la monarquía? Una institución basada en el linaje que hasta hace muy pocos años sostenía la figura del “matrimonio morganático”, donde los nobles solo se podían casar con otros nobles. En todo caso, se tendrían que replantear todo el concepto de la institución.

Y es que, en realidad, este episodio de Harry y Meghan, así como todo lo que pasó el último año, ha enfrentado a los ingleses al espejo de un pasado que creían glorioso e inobjetable pero que estaba lleno de abusos, excesos y atropellos. Lo mismo sucede con sus actitudes en una sociedad, y en un mundo, crecientemente diverso.

Al revés del cuento de Andersen, en este caso, los nobles han puesto en evidencia los peores vicios del pueblo. No es el rey el que está desnudo, es la sociedad británica toda la que ha quedado al descubierto.

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