15 de agosto de 2014 21:09 hs

Lluvia de verano en Gorlero, hace años. Torrencial, como si se hubiera abierto el cielo. En el afiche del cine, mojado por la lluvia, Uma Thurman de cerquillo morocho, acostada en una cama y con un humeante cigarrillo lee una novelita policial, tiene un revólver cerca y muestra un escote provocador. Tres muchachos salen del cine.

Busco en la página web de Cinestrenos, de Uruguaytotal.com, para saber la fecha del estreno de Pulp fiction en Montevideo. Según se consigna allí, fue el 3 de marzo de 1995 y su nombre en español fue Tiempos violentos. La película se había filmado el año anterior (y por eso este año cumple su aniversario número 20), pero llegó a Uruguay unos meses después, cuando el calendario ya había subido una cifra.

En realidad, el verdadero estreno en territorio uruguayo no fue en marzo y en Montevideo, sino en febrero y en Punta del Este. Recuerdo la noche como si fuera hoy.

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El día había sido muy pesado y las nubes se habían ido arremolinando desde la tarde. Al momento en que con mis amigos del liceo, Sebastián Contrera y Valentín Macedo, entramos a la vieja sala del cine Fragata, la tormenta se palpaba en el ambiente. Gorlero en febrero tiene esa extraña tranquilidad producida por el borbollón de gente de enero que ya se fue, y los que llegan para ese mes son menos. La calma del final de la temporada y la previa de la tormenta sumaban para que la calle principal de Punta del Este tuviera un poco de silencio. Nosotros teníamos 15 años.

Habíamos visto Perros de la calle y nos había gustado mucho, por lo que Tarantino (que todavía no era un nombre propio del cine, sino un apellido italiano que recordaba al “Conejo” Tarantini) era alguien a seguir. Y con esa expectativa llegamos.

Entonces no sabía que Pulp fiction fue el producto de una colaboración ardua entre Tarantino (que tenía 30 años) y el coguionista Roger Avary, compañeros cinéfilos empleados de un videoclub en Los Ángeles, que habían planeado filmar tres películas autónomas, pero que la recurrente falta de presupuesto de sus proyectos se los había impedido, por lo que decidieron unir esos argumentos y de ese puzle hacer una sola película.

Nunca habíamos visto a Travolta con esa magia y ese carisma, ni a Bruce Willis usar una espada japonesa, nunca habíamos escuchado ese rock gitano y demente del principio, nunca habíamos visto un tipo más malo que Samuel Jackson haciendo de Jules, nunca habíamos visto una aguja de adrenalina clavada en el corazón de una actriz, no sabíamos que un masaje de pies podía ser lascivo e insultante. Éramos unos retoños. La historia no terminaba de cerrar… Era como una víbora que intenta pero no se muerde la cola, y esa irracionalidad también nos había cautivado.

Los tres salimos aturdidos, mareados y entusiasmados de la sala del Fragata. No nos importó la lluvia bíblica sobre Punta del Este. Íbamos a las risas, comentando las escenas y los diálogos que ya no podríamos olvidar jamás. Mi tocayo y Sebastián se dedicaron al cine y continúan filmando en Maldonado y Punta del Este.

Pasaron 20 años y Tarantino se volvió un referente para una generación de espectadores que creció y maduró con él. Su fanatismo tanto por el cine clásico como por el cine de culto se dejó traslucir en las películas que siguieron. De hecho, creó su marca registrada en base a eso. Algunos le llaman “homenaje” y otros “plagio”, pero lo cierto es que a esta altura Tarantino creó un estilo propio.

En aquella noche de febrero hicimos contacto. No sé cuánto habrá influido esas dos horas y pico de película en nuestras vidas, pero se mantienen vivas y coleando en el recuerdo, dos décadas después, cuando ya no existe más el Fragata, una especie de mínimo cine Paradiso para tres adolescentes fernandinos de los (gloriosos) noventa.

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