26 de julio 2013 - 19:50hs

"Esto no es Oz”, le dice a Piper Chapman el consejero carcelario en el instante en que está haciendo su ingreso a la carcel una neoyorquina “normal y sin gracia” –como ella misma se define– a la correccional neoyorquina a la que voluntariamente se presenta para cumplir una pena de 15 meses de cárcel por un viejo delito de juventud. Piper, que lleva una vida ordenada y previsible en Brooklyn con su novio y vende artículos artesanales de baño para tiendas, es la protagonista que encarna Taylor Schilling dentro de la serie que puede hacer despegar definitivamente el servicio de televisión por internet de Netflix.

Orange is the new black (en español significa “el naranja es el nuevo negro”) es una historia basada en un libro de memorias de la exreclusa Piper Kerman, cuya versión en TV que lleva la firma de la reconocida Jenji Kohan (creadora de la popular serie Weeds, de HBO). De la serie ya se puede decir que está entre las que más reseñas positivas ha generado en las últimas dos semanas (de hecho, tendrá segunda temporada, firmada incluso antes de ser estrenado el primer capítulo).

A pesar de transcurrir en una cárcel, Orange... se parece poco o nada a la prisión de Oz de aquella mítica serie, también del canal HBO. En ellos, Chapman se enfrentará no solo a la experiencia de adaptarse a un entorno oscuro y naturalmente hostil. También tendrá que encarar los dilemas aún presentes en ella con su propia sexualidad (salió de la universidad siendo lesbiana) y con el futuro que le espera una vez que termine su tiempo entre rejas. Asimismo, otras cosas sucederán en “el afuera” que también tendrán su repercusión sobre la situación de confinamiento de una protagonista cuyo pasado estará más presente de lo que se podría pensar. Por allí está en el papel del prometido de Piper el actor Jason Biggs (exprotagonista de varias de las películas de American Pie). En el reparto también merece reconocimiento el despliegue de la excolorada de That 70´s show, Laura Prepon.

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Una vez instalada dentro de la correccional, lo que el espectador se encontrará será un sistema de relaciones, funcionamiento y los obvios códigos de cada prisión. Y también muchas más historias que, contadas mediante el uso abierto de flashbacks, van más allá del personaje principal y permiten entender y vincularse con las historias de los secundarios. Todo eso en un lugar donde todo es intenso, tanto para iniciar un romance como para generar una pelea de reclusas.

Vistos algunos capítulos –un delicioso detalle es que todos arrancan con la canción You´ve got time, de Regina Spektor– se puede inferir que el triunfo de Kohan es lograr hilvanar en forma divertida todas estas historias de personajes cuya mayoría se vuelven entrañables y mantener el tono sin caer en lo naíf más allá de que esta es una serie a todas luces del tipo “buena”. Aquí, la dinámica siempre deja espacio a la ternura y la empatía, motivaciones y contradicciones de los personajes están tan bien matizadas con trivialidades que muchas veces el guión incluso engaña, dando la idea de que se trata de una serie simple. Es en ese balance y en el desprejuicio con el que se encaran los tópicos sexuales y morales que Kohan –que además sigue teniendo una mano muy hábil para el manejo de lo tragicómico– convierte a su serie en algo muy amigable para ver.

Bien se podría decir que si House of Cards fue el primer fogonazo que daba una idea de que Netflix estaba apostando a lo grande, Orange is the new black bien puede convertirse en el primer éxito masivo y transversal de la compañía. La televisión por internet está haciendo cada vez más fuerza y esta serie es otra buena razón como para pagar los US$ 8 del servicio y probarla en una computadora, tableta o televisor con conexión. l

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