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La vida cotidiana y las influencias que llegan del otro lado del Plata

El humor de Landrú y Telecataplum: recuerdos de un verano en Salto

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05 de enero de 2018 a las 05:00

Sé bien que, para muchos de los lectores de El Observador, la década del sesenta les resulta muy lejana. Sin embargo, para mí no lo es y conservo nítidos innumerables recuerdos de ese tiempo. Relaté en otra nota que nací en un matrimonio uruguayo-argentino. Mi amor y respeto por la tierra de mi madre fue creciendo en mí a lo largo de los años. Primero en Salto y mucho más adelante, con viajes a Montevideo y Punta del Este.

No olvido el verano de 1960. Estaba ya en Facultad y pude trasladarme a Punta del Este. Fue en un vuelo de PLUNA y en un DC-3. El pomposo aeroparque de Buenos Aires de hoy quizás haya olvidado su pista balizada con lámparas manuables y su edificio pequeño con pisos de madera. Desde allí y después de un vuelo sereno, llegué a Laguna del Sauce. Amigos salteños me aguardaban y junto a ellos transcurrieron unos días espléndidos.

Había llevado en el equipaje unas revistas argentinas por entonces de moda. El humorista Landrú amenizaba las lecturas. Poco sabía yo entonces de ese señor. Con el tiempo lo conocí y tuve ocasión de hablar mucho con su hijo Raúl. Padre e hijos descendían de una antigua familia del norte argentino. Era la de los Colombres. Juan Carlos, el padre, había adoptado el seudónimo de Landrú, un nombre acorde con las fantasías de su genio.

En la playa se leían las revistas argentinas y también los diarios porteños. No eran tiempos de internet. Landrú llevaba mucha ventaja con sus lectores ávidos de aprender nuevos términos en boca de dos personajes llamados María Alejandra y María Belén. La paternidad de ellas les hacía decir las frases más simpáticas y, con la presencia de Mirna Delma, la prima venida a menos, habían creado una terminología muy simpática que no avergüenza como tampoco lo hacen nuestras formas del hablar cotidiano.

Las dos hermanas jamás se rieron de otras personas. Ellas se elevaron para brindar un humor sano y agradable a los demás. Vivían en lo suyo y crearon un lenguaje que atrapó a muchas y muchos. Mirna Delma, la prima de las dos niñas, quería ser como ellas pero de una manera rebuscada. Por eso, en vez de decir "Me voy al Uruguay" expresaba "Me voy a la vecina orilla". El tan conocido "a caballo regalado no se le miran los dientes", tenía una versión de "a equino obsequiada no se le observa la dentadura". Sus "parientas cercanas", como las llamaba, jamás dirían el rebuscado saludo de Mirna: "¿Quién habla en el lado opuesto de mi aparato telefónico?"

En aquellos lejanos años, en Uruguay no teníamos temor a ser avasallados con el humor del otro lado del Plata. Los aparatos actuales no existían y por decirlo de alguna manera, en la sobremesa familiar vivíamos de recuerdos. Entre ellos estaba "Telecataplum" con su humor y sus protagonistas. A mí me parece que fueron unos genios o "quasi" genios. Sé que, ahora al nombrarlos puedo cometer algún olvido. Vienen a mi memoria Carámbula, Héctor Perry, Eduardo D'Angelo, Enrique Espalter, Enrique Almada. Por otra parte, recuerdo a Juan Verdaguer, que detestaba el humor pornográfico. No hace mucho leí una frase suya que lo demuestra. Dice: "Está probado que en los Estados Unidos un hombre es atropellado cada tres minutos. No me explico el aguante de ese hombre".

Hoy, en cambio, en Uruguay recibimos una muy fuerte descarga de programas radiofónicos y televisivos argentinos. Faltaría a la verdad si afirmase que todos ellos nos producen daño. No obstante, es posible seleccionar todo aquello que vemos en nuestros hogares. Han pasado los años serenos que mencioné al principio de esta nota. De intentó me ubiqué en un tiempo sereno. Vacacionar no era una necesidad. En una ocasión una persona criteriosa habló con claridad a un grupo de jóvenes y preguntó en voz alta: "¿Saben por qué lo pasan tan bien en vacaciones?" Sin dar tiempo a una respuesta añadió: "Es porque ustedes no hacen nada".

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