5 de julio de 2013 19:08 hs

Alguien podría pensar que la posición de extranjero del escritor argentino residente desde hace casi 25 años en Montevideo, Carlos María Domínguez, lo coloca en una situación más confortable que la del resto de sus colegas, a lo mejor por esa condición ajena acreditable en la popular frase “yo, argentino”.

“Si hay algo de lo que me siento seguro es de no estar cómodo en el mundo. Estar vivo es una fatalidad. Siempre fui extranjero. De mi casa siempre me estuve yendo, escapando en el barrio a la hora de la siesta y escapando en mi juventud de la presión familiar”, confiesa Domínguez, sentado en un sillón de su casa, mientras fuma un cigarrillo tras otro y su mirada divaga en la línea de azoteas de espaldas a avenida Brasil.

A Domínguez le interesa la identidad. “Soy como un argentino definido afuera. Me siento muy uruguayo, pero me siento también muy argentino. Esa condición de la extranjería me parece que es como central. Y no es una posición cómoda. Siempre las pertenencias son importantes en la vida de cualquiera, pero yo no me he detenido”, dice.

Una parte de su familia vive en Uruguay y otra parte vive en Argentina. Es abuelo, no le da demasiada importancia al fútbol, y lo político es para él apenas un trasfondo.

Pero nada más alejado de un escritor sentado en su pequeña atalaya, teorizando sobre un mundo demasiado rastrero para ocuparse de él. Porque esa incomodidad y ese espíritu de fuga se tradujeron en Domínguez dándole un alma viajera: desde muy joven recorrió toda Argentina y ha recorrido Uruguay en profundidad.

En algunos de sus múltiples viajes llegó a Minas de Corrales, el pueblo minero de Rivera, donde desde hace siglos, mediante un método paciente y duro, se consigue extraer oro. Minas de Corrales ya estuvo presente en su libro de viajes El norte profundo, publicado por Banda Oriental en 2004. Ahora, Corrales vuelve a resurgir en la obra de Domínguez.

La novela en cuestión se llama La breve muerte de Waldemar Hansen, y la acaba de publicar Mondadori.

“La historia se inicia en una conversación entre dos veteranos, en el estudio de un abogado en la Ciudad Vieja, que empiezan a tener esa relación de amistad sobre temas que tienen como centro preocupaciones sobre las que vengo reflexionando desde hace varios años. Unos de ellos es Hansen y el otro es Carlos Brauer, protagonista de mi anterior novela La casa de papel. A partir del desarrollo del suicidio de Hansen y de este narrador, empieza esa investigación moral que lo va a llevar tan lejos como a Minas de Corrales”, explica Domínguez.

Si esa es la situación inicial que da impulso a la anécdota, la novela luego se desplaza hacia otro tipo de problemas. Dice el autor: “Por ejemplo, el colapso de un mundo intelectual y montevideano con una aridez y la contundencia de una lógica en un pueblo minero. Y finalmente, la posibilidad de que esos personajes en ese pueblo minero del norte fuera una forma de reflexionar sobre las intrigas en torno a la relación del arte con la vida y con lo sagrado”.

Entonces, la incomodidad vuelve, de diferentes maneras, porque está en la propia intríngulis de la literatura. “Cuando vivís cosas intensas, te quedás sin palabras, y cuando escribís estás tratando de revivir esas cosas intensas que ya no están. El juego de la literatura implica esa ambigüedad”, arguye Domínguez, quien por estos días pergeña una nueva idea para una novela mientras escribe sus artículos para El País Cultural.

Uno de los ejes de La breve muerte de Waldemar Hansen es la banalización de la tradición artística y una crítica explícita a algunas tendencias del arte actual.

Esa crítica también es trasladable a cierta parte del panorama literario uruguayo.

“Últimamente se está perfilando una tendencia que privilegia la figura del autor por encima del valor de la obra. Hay un montón de escritores que intentan generar la figura del escritor por métodos completamente artificiales, dedicándole la vida a una cierta extravagancia por métodos que me parecen patéticos, porque se abandona el valor de la obra”, dice Domínguez.

Para el escritor, luego de la caída del comunismo y las utopías, lo que campea es un hedonismo donde se intenta repartir la justicia social para que más cantidad de gente acceda a mundos intrascendentes.

“Las satisfacciones son comprarse un celular o un plasma, para ver basura. Esa percepción me inquieta y veo que se traslada a los reflejos artísticos de un mundo que se va deshaciendo”, concluye Domínguez.

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