22 de enero 2021 - 22:03hs

Las lunas de miel se caracterizan por ser limitadas en el tiempo. Sucede en las parejas y sucede con los gobernantes. Y es natural. Incluso la ciencia ha demostrado que esas “mariposas” en la panza que vuelan durante la etapa de enamoramiento, se disipan con el paso del tiempo y el influjo de la rutina, aunque el amor -a veces- permanece.

El presidente Luis Lacalle Pou apenas tuvo tiempo de disfrutar de una luna de miel “normal” y, sin embargo, fue lo mejor que le podía pasar en términos de imagen y aprobación, al menos a corto plazo. La pandemia llegó 13 días después de que asumiera y dio vuelta cualquier plan que traía de antemano. El gobierno, con un presidente a la cabeza muy presente en la retina de los ciudadanos, reaccionó rápido y bien. Sus niveles de aprobación superaron las expectativas de lo que permitía prever una elección que había ganado por los pelos.

En los períodos de mieles es más fácil perdonar traspiés, como algunos nombramientos de jerarcas sobre los que el presidente se vio obligado a dar marcha atrás por diversas razones, o un desacuerdo con uno de sus principales socios de la coalición, Ernesto Talvi, que terminó con Talvi fuera de la Cancillería y fuera de la política. En esa misma tónica, la polémica Ley de Urgente Consideración (LUC) fue aprobada con relativa rapidez, a pesar de las críticas de la oposición que ahora busca derogar. 

También es mucho más fácil que se valoren factores que se convirtieron en banderas del presidente, como la “libertad responsable” y la relación cercanísima con el mundo de la ciencia, a través de un muy respetado GACH. 

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Pero las mieles de 2020 de Lacalle Pou y las mieles de 2021 de la intendenta de Montevideo Carolina Cosse, no durarán cinco años. Si lo hicieran, serían un caso de investigación en universidades internacionales. Lacalle ha perdido poco terreno en lo que hace a aprobación popular (está en un 53% comparado con el 65% al que llegó), pero ya no es tan difícil encontrar alguna crítica furibunda a los gritos y alguna otra  disfrazada de consejo dentro de la coalición. Es lógico: ahora tenemos entre 700 y 1000 casos diarios de Covid 19 -¿recuerdan cuando eran 12?- y una cifra de muertos que nunca baja de cinco uruguayos por día. 

Si Lacalle Pou está haciendo todo lo que debiera para contener la pandemia o no, lo sabremos en años, cuando se puedan aquilatar las decisiones presidenciales a la luz de lo que pasó en un período más largo que estos meses pandémicos. Por ahora es justo decir que la realidad uruguaya de la mayor parte de 2020, de las que nos beneficiamos todos, estaba destinada a convertirse en esta otra realidad con más contagios, más muertes, más problemas económicos y más incertidumbre. Tal vez el gobierno no previó en toda su dimensión lo que se venía, una situación dura pero que no es tan dramática como a veces elegimos creer -tal como explicó la semana pasada Gonzalo Ferreira en su columna En Clave-, sobre todo si nos comparamos con otros países, incluyendo los más ricos del mundo. 

La intendenta, en tanto, llegó a su nuevo puesto con las pilas bien cargadas y un plan afinado, tanto para la pandemia como para otras áreas de la gestión capitalina. El tiempo dirá hasta qué punto son efectivas sus políticas, pero la mera exposición de esos planes, en momentos estratégicamente elegidos para impactar en la población -mientras Lacalle Pou mantenía un relativo silencio o, al menos, elegía una menor exposición pública que las que nos tenía acostumbrados-, jugaron a favor de la parte más dulce de su luna de miel.

Mientras que algunos critican al presidente, sobre todo por la demora en las vacunas que se administrarán en Uruguay, y cuando el gobierno decidió aflojar algunas medidas como los horarios de cierre de bares y restaurantes, la intendenta apretó más las clavijas y decidió que en Montevideo se mantenía las 12, como se había definido originalmente. Además, anunció que los espectáculos que estaban bajo su supervisión no se retomarían, a diferencia de otros en el resto del país y en Montevideo pero no municipales. Esto último acompañado de un plan para apoyar a la cultura.

Antes había suspendido los desfiles de Llamadas y Carnaval, una medida que aunque es lógica -Montevideo es por lejos el departamento donde se concentra el mayor número de casos de covid-19- y ahora poco criticada, tendrá en el futuro sus derivaciones. Cosse tomó decisiones que pueden resultar difíciles de defender con su electorado de izquierda, tradicionalmente muy ligado a la cultura y el Carnaval. Cuando los bolsillos se vacíen, la reacción puede ser otra. Fueron además medidas difíciles de tomar, pero necesarias. En eso, Cosse no dudó. 

Lacalle Pou, en tanto, ha elegido un camino que, al menos en estos dos últimos meses, se percibe con o sin razón como más moderado. Las medidas de finales de diciembre fueron en parte desandadas en enero. Si estas marchas y contramarchas, las famosas “perillas” de las que habló el presidente en marzo, son las que se debían transitar, también lo dirá el tiempo y no es prudente ahora hacer un juicio de valor sobre ellas, porque no contamos con datos claros de cómo se desarrollará la pandemia y, a su ritmo, la golpeada economía. 

Lacalle y Cosse no son amigos ni correligionarios, pero han demostrado que pueden colaborar bien cuando la situación lo amerita. Si bien la intendente fue dura en sus críticas en los primeros meses de pandemia, sobre todo por lo que consideraba que era una ausencia de diálogo del gobierno con la oposición, luego de ser electa no perdió tiempo a la hora de reunirse con el presidente. Conversaron durante 35 minutos y agendaron sus números personales de celulares para tener “línea directa”. A principios de diciembre volvieron a encontrarse, luego de un llamado del presidente.

Luego, en una conferencia de prensa con el secretario de la Presidencia Alvaro Delgado, Cosse tomó un rol protagónico para hablar de la pandemia y dijo que iba a haber una "coordinación muy fuerte operativa".

Ya en enero la intendenta hizo varios anuncios para la capital, casi todos de corte más restrictivo que los del gobierno. Pocos días antes el gobierno anunció ajustes de tarifas públicas, mientras que la intendenta salió ese mismo día a informar que el boleto no subirá al menos hasta abril de este año. 

Cosse disfruta de su luna de miel y Lacalle se enfrenta a la realidad pura y dura. Pronto ambos estarán en el mismo estadio. 

Cuánto más efectivo sería que presidente e intendenta coordinaran de cerca, dejando de lado ideologías, programas partidarias que hablan de derecha o izquierda y obsecuentes de turno que les susurran al oído que no hay que darle espacio al oponente. Faltan cuatro años para las elecciones pero, se sabe, nunca se deja de hacer política electoral. Esto es parte de las reglas democráticas y del juego de la política. En tiempos de enfermedad, muerte, desempleo y muchas complicaciones económicas que ya se padecen, pero que se profundizarán, la fórmula Lacalle/Cosse trabajando codo a codo es lo mejor que le podría pasar a este país. Con o sin luna de miel. 

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