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Lacalle Pou: el “tilingo” que se convirtió en la peor pesadilla del FA

El ascenso del líder nacionalista ocurrió bajo la pasiva mirada de una izquierda ocupada en su propio ombligo

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18 de noviembre de 2019 a las 05:00

El Frente Amplio corre serios riesgos de perder el poder en el próximo balotaje y las explicaciones de ese final que parece inevitable están sujetas, mayormente, a lo hecho, a lo no hecho, a lo mal explicado y a lo inexplicable de su gestión de gobierno. A la izquierda le están pasando cuentas los pobres desatendidos; cierta clase media enojada porque, paradójicamente, considera que se gastó mucha plata en los que menos tienen; gente humilde y de buen pasar que coinciden en el temor a una delincuencia que no tiene miras de retroceder. Para peor, eligieron un candidato como Daniel Martínez que, al igual que sus asesores, asumió una campaña llena de errores que algún psicólogo se animaría a tachar de actos fallidos –deslices freudianos que le dicen– que, inconscientemente, tienen como objetivo la derrota.

Pero, por encima o por debajo de esas posibles razones, hay otra explicación de la probable derrota del Frente Amplio. Ese motivo es singular y se llama Luis Lacalle Pou.

Desde que comenzó su ascenso en la política, Lacalle Pou fue para la izquierda el hijo de Luis Alberto Lacalle Herrera, el Cuquito, el tilingo al que siempre lo oscurecería la sombra de su padre, el niño bien al que las masas  nunca le darían su apoyo porque cuando decidió vivir en el barrio privado La Tahona quedó maculado para el resto de los uruguayos ya que, y es cierto, se parece poco al resto del Uruguay.

Para la izquierda, Lacalle Pou era el mejor rival al que podían aspirar. Alguien que siempre se quedaría a media agua atrapado por sus orígenes. Incluso la intendenta de Lavalleja, Adriana Peña, dijo tener la certeza de que en la interna de 2014 muchos simpatizantes frenteamplistas de su departamento votaron a Lacalle Pou para impedir que Jorge Larrañaga ganara la contienda.

"En el Frente siguieron mirando a Lacalle Pou como se mira al pibe bien que llega al barrio, como al citadino que cae al pueblo y al que hay que tratarlo de la peor manera posible porque es sapo de otro pozo”

Incluso,  tras la resonante victoria en esas internas, en el Frente Amplio opinaban que Lacalle Pou no tenía altura para competir con una figura de la talla de Tabaré Vázquez. Y cuando Vázquez lo acusó de realizar propuestas que eran simples pompas de jabón, para los militantes de la izquierda se convirtió simplemente en “pompita”. El candidato nacionalista ayudó a la construcción de esa imagen cometiendo errores que lo llevaron a perder con distancia con Vázquez y a dejarle servida al Frente Amplio la mayoría parlamentaria.

En el Frente siguieron mirando a Lacalle Pou como se mira al pibe bien que llega al barrio, como al citadino que cae al pueblo y al que hay que tratarlo de la peor manera posible porque es sapo de otro pozo.

Pero Lacalle Pou empezó a cambiar y en la izquierda no se dieron cuenta. El líder blanco demostró ser una esponja en eso de aprender y decodificar los códigos de la política. Y como si hubiera realizado una larga y fructífera sesión de psicología conductista, Lacalle Pou comenzó a dialogar con sus allegados, a enfrentar a sus adversarios y a responder a los cuestionarios de los periodistas con una eficacia destacable.

Es cierto que su origen social y su condición de integrante de una familia de abolengo político provoca un rechazo en buena parte de la sociedad que queda expuesto en las encuestas de antipatía.

Pero quienes lo conocen saben que lejos de comportarse como un patricio, Lacalle Pou tiene más “calle y mostrador” –dos conceptos bastante lamentables y que poco aportan al conocimiento– que muchos dirigentes de esa izquierda clasemediera que se abismó en las agendas de derechos de algunas minorías, olvidándose muchas veces de los verdaderamente desprotegidos.

Cuando se quisieron acordar ya era tarde. Lacalle Pou bregó acertadamente en la interna contra la molestia importada de Juan Sartori, en octubre logró cómodamente su lugar en el balotaje y tejió, como si se tratara de un estratega veterano, todos los hilos de una coalición opositora en la que consiguió que convivieran, al menos por ahora, la socialdemocracia en caída del Partido Independiente con la ultraderecha en ascenso de Cabildo Abierto.

Como en una película de terror de clase B, la izquierda actuó cual grupo de adolescentes encerrados en una cabaña en el medio del bosque practicando una juvenilia snob y festivalera e ignorando cualquier señal de peligro.

Ahora se les hizo la noche y alguien está golpeando a la puerta.

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