14 de noviembre de 2012 10:04 hs

El estruendo de las cacerolas volvió a recorrer las calles de Buenos Aires, el grito inconfundible de una crisis que se aproxima. Las imágenes del 8N recuerdan los peores momentos de la historia económica argentina reciente, de aquel "que se vayan todos" que marcó un punto de inflexión a nivel político y cuyas consecuencias económicas se extienden hasta hoy.

Argentina está al borde de un ajuste severo en todos los frentes. Esta vez, no hay manera de patearlo hacia adelante. El crecimiento se detuvo, la inflación -no reconocida-saltó por encima de 25%, el gasto público supera ampliamente la capacidad de recaudación, la confianza del consumidor está por el piso, la de los empresarios por el subsuelo, no hay inversión y ya no quedan ahorros. Solo la voluntad casi irrisoria, por parte de las autoridades, de apostar por un desarrollo a puertas cerradas, un mecanismo de negación que no convence sino a los fieles al modelo, que oyen pero no escuchan. Y mucho menos entienden.

Argentina escora ante una crisis que no es importada, sino el resultado de un largo proceso de desgaste tanto de las instituciones como de los canales a través de los cuales una economía sana de mercado consolida el crecimiento y viabiliza el desarrollo.

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Los capitales no se mueven a punta de pistola. No se puede forzar inversiones donde no hay garantías, donde no se seduce con rendimientos de largo plazo. El problema de Argentina es la imprevisibilidad, la falta de confianza en la acción de un Estado demasiado poderoso, pero sobre todo sediento de más poder.

Los altos precios de los alimentos que Argentina produce esconden lo que hay detrás del modelo de Cristina Fernández de Kirchner. Pero esos precios no durarán para siempre. Conforme caiga el telón, quedarán al desnudo las malas decisiones del gobierno, que a esta altura son difíciles de revertir.

La gente vive mejor, dicen los defensores del "modelo". Es cierto, pero eso no es lo que está en discusión. El problema es qué tan sostenible es la mejora en la calidad de vida. Y en ese sentido, ya hay argentinos que empiezan a acusar el golpe.

Mientras que pudieron pasar sus ahorros a dólares, la inflación no representaba un gran dolor de cabeza para la clase media. Hoy en día, sin embargo, con un cepo en el mercado de divisas, el argentino ahorrativo sale perdiendo. Quien tiene mucho, puede darse el lujo de acceder a algún rebusque financiero para que su dinero se salve de la inflación. El que menos tiene, no puede darse el lujo del ahorro. El costo del ajuste lo pagará ante todo la clase media. Esa que tanto sufrió con el corralito y que volverá a sufrir. El estruendo de las cacerolas recién ha comenzado.

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