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Las caras de Drácula, un depredador ávido de sexo y sangre nueva que nunca muere

El estreno de "Drácula", la nueva serie de Netflix, es la excusa perfecta para repasar todas las vidas de este monstruo que no para de volver a la vida

Claes Bang como Drácula, de Netflix

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18 de enero de 2020 a las 05:02

“Descubrí una tumba grande y señorial, un verdadero mausoleo enorme y de vastas proporciones. Sobre la losa solo se leía una palabra: DRÁCULA. Esta era, pues, la mansión del rey de los vampiros, a quien tantas mansiones y tantos no-muertos se debían. El estar vacía confirmó lo que yo ya sabía”. Las palabras pertenecen al memorándum del doctor Van Helsing y la entrada está escrita, según la historia, un 5 de noviembre de finales del siglo XIX. La página, en la edición de bolsillo, es la 553. Y el párrafo, breve, descriptivo, oscuramente poético, es uno de los momentos cumbres de una de las novelas de terror gótico más importantes y seminales de la literatura: Drácula, de Bram Stoker.

Es curioso como ese nombre se fagocitó a la leyenda y, a su vez, se convirtió en el nuevo mito, pero quizás por eso mismo su esencia se ha mantenido tan fuerte, tan viva, a lo largo de las décadas. Drácula, el vampiro supremo, el no-muerto por excelencia que Stoker creó bebiendo de leyendas eslavas y centroeuropeas originadas en la Edad Media –no tomó la figura de Vlad Tepes "El Empalador", como se cree erróneamente–, sigue reclamando sangre y conquistando pesadillas. El famoso conde, como si de uno de sus huéspedes malditos se tratara, ha coptado a la fantasía del vampiro y lo ha tamizado bajo sus propias características, haciendo que la asociación del monstruo con su historia sea casi automática, casi imprescindible. Al punto de que hizo olvidar a Polidori y su famosa obra El vampiro, encargada de crear el arquetipo del chupasangre previo.

La culpa de todo la tiene Stoker, quien sin ser un gran escritor –era más bien mediocre– creó una magnífica historia de miedo que sigue vigente y que aún hoy genera escalofríos en el cuerpo al leerla. También ayudó, claro, el cine, la televisión y las continuas reescrituras que se han sucedido a lo largo y ancho de la cultura pop. La última de ellas es la serie original de la BBC –que posteriormente adquirió Netflix–, que pone a los creadores de la serie Sherlock a contar una nueva versión del vampiro más famoso. En esta reciente presentación del conde, que está a cargo del actor danés Claes Bang, la historia recupera parte del gótico original e introduce algunas gotas de humor negro, un combo que ha dejado satisfechos –aunque con algunos reparos– a los seguidores del chupasangre transilvano.

Bram Stoker, creador del personaje de Drácula

Pero antes de pasar a los responsables de la perpetuidad del Conde Drácula en el imaginario popular, hay que hacer un alto en el camino y abrir la novela original. Ahí están algunas de las claves, algunas señas que muestran el porqué del éxito perenne de la obra.

Miedo y asco en Transilvania

Aunque la leyenda original se relaciona más con las plagas que asolaban a la población europea en la Edad Media –la peste, la anemia, la rabia– y con la necesidad permanente de darle cuerpo y forma a las fuerzas de la oscuridad, uno de los grandes aciertos de Stoker a la hora de crear a Drácula fue dotarlo de una carga sexual totalmente inédita en la Irlanda pacata y natal del autor, algo que se mantiene hasta sus versiones más modernas.

Entre otras cosas, Stoker logró que esta novela “radioactiva que enferma al resto”, según palabras del escritor Rodrigo Fresán, esté plagada de imágenes que bien pueden referenciar a las pesadillas sangrientas del apesadumbrado Jonathan Harker, o bien podrían ser parte de los sueños húmedos de más de un victoriano reprimido por su sociedad.

Está más que claro que existe un homoerotismo palpable en la necesidad del Conde por poseer a Harker, así como también hay pasajes que ponen a pensar si Stoker está relatando una sesión de “alimentación vampírica” o de una felación de parte de una de sus mujeres: "Su cabeza descendía lentamente, sus labios llegaron al nivel de mi boca, luego de mi barbilla. (...) Al prolongarse esa sensación, cerré los ojos por completo en una especie de lánguido éxtasis. Después... esperé con el corazón palpitante". Página 84. Que cada uno saque sus conclusiones.

Arte medieval germano, circa 1300

La novela rompió, además, varios tabúes de la época. “La escena en que el grupo de entusiastas hombres cazavampiros de la novela en formato manada empala con la ‘estaca-falo’ a la vampira Lucy es un acto con reminiscencias de salvaje desfloramiento (los buenos actúan en la novela muy a menudo como malos) en el que Stoker, dice el estudioso Clive Leatherdale, se atrevió además a retratar otro tabú victoriano: el orgasmo femenino”, explica, por ejemplo, una nota reciente publicada en El País de Madrid.

Pero más allá de sus connotaciones sexuales, Drácula –aunque muchos la acusen de ser una historia mal contada en el que el Conde casi que no aparece– fue un faro en el terror gótico que iluminó y que sigue iluminando con su mito a todo el género que se erigió posteriormente. Marcó la cancha, sentó las bases del vampirismo moderno, marcó a fuego algunas de sus cualidades y necesidades –que a los vampiros se los mata con una estaca, que solo pueden entrar a una habitación si se los habilita verbalmente– y dejó uno de los monstruos más potentes de la historia. Los casos posteriores que lo evidencian sobran.

Goteo infinito

Se podría hacer una lista interminable de títulos que tomaron la figura vampírica y la potenciaron en nuevas historias, desde la saga adolescente Crepúsculo, pasando por los títulos de Anne Rice, hasta Soy leyenda de Richard Matheson. Sin embargo, uno de los que mejor reversionó a la obra de Stoker fue Stephen King. En El misterio de Salem’s Lot, uno de los primeros títulos del autor, no hay un castillo perdido en medio de los montes Cárpatos, pero sí una casa en la que pasan cosas extrañas. Los niños desaparecen y vuelven a la noche, flotando ante las ventanas y pidiendo por favor para entrar. También aparecen animales muertos, desangrados, destrozados. Ben Mears, el protagonista, ata cabos y descubre que su pueblo está infestado de criaturas de la noche y que todas son comandadas por Barlow, un Drácula a escala de Nueva Inglaterra. Al mejor estilo Harker, Mears reúne un séquito de “cazadores” con el que se enfrenta a esa versión actualizada del príncipe de las tinieblas. El texto tuvo dos adaptaciones a la pantalla: una serie de televisión en 1979 dirigida por Tobe Hooper, (La masacre de Texas, Poltergeist) y una (muy mala) película en 2004.

En el cine, justamente, la figura del vampiro ha sido transversal. El primero que lo puso en una pantalla fue el mítico F. W. Murnau, que por no poseer los derechos para adaptar Drácula de Stoker, creó a Nosferatu (1922) y lo convirtió en un clásico del cine silente. Pero Drácula sigue siendo la imagen más recurrente.

Nosferatu, de F. W. Murnau

El primer conde fue Bela Lugosi, que apareció en 1931. Quizás fue el más famoso. De todas formas, vinieron más. Christopher Lee, por ejemplo, metió diez películas como vampiro a partir de 1958. Luego vendría una versión de Frank Langella en 1979 y, finalmente, la de Francis Ford Coppola, Drácula, de Bram Stoker, quizás la más fiel a la novela hasta ahora.

Gary Oldman en Drácula, de Bram Stoker (1992)

En torno a esos condes, de todas formas, hubo numerosos satélites. Werner Herzog hizo su propia versión de Nosferatu en 1979, Roman Polanski filmó El baile de los vampiros, John Carpenter hizo lo suyo con Vampiros, Entrevista con el vampiro fue un gran éxito, Jim Jarmusch los metió en el mundo de la música en Solo los amantes sobreviven, Mel Brooks se rió de todos en Drácula, muerto pero feliz, lo mismo que Taika Waititi en Lo que hacemos en las sombras. Desde Suecia llegó Let the right one in, una maravillosa y dolorosa historia que mezcla nieve, amor adolescente y sangre. Y la televisión no se quedó atrás, porque de Buffy a True Blood, los vampiros tuvieron varias horas gloriosas. La pregunta, ahora, es si Drácula, la de Netflix, está levantando al mito otra vez. Muerto nunca estuvo, pero la sangre fresca siempre lo vuelve a despertar.

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