18 de diciembre de 2013 17:18 hs

Su nombre era Ronald Arthur Biggs, pero todo el mundo lo conoció como Ronnie Biggs. Porque Ronnie es más cariñoso, más simpático, más cercano. Ronnie era un par, un igual, un listillo que desde abajo dio el golpe maestro, el zarpazo.

Ronnie Biggs fue uno de los ladrones más famosos del siglo. El robo del que participó, mítico de por sí, lo convirtió en leyenda. Biggs murió ayer en una clínica de las afueras de Londres donde se lo trataba por severos problemas en su sistema nervioso.

Desde su nacimiento hasta su última exhalación, la vida de Biggs es digna de la mejor recreación cinematográfica.

Robó, huyó, lo atraparon y se escapó. Recorrió el mundo con su familia, pero llevando igual la vida de un rockero. Se escondió, pasó años alardeando, hasta que un periodista lo descubrió y comenzaron las amenazas de extradición.

Se transformó de un criminal en una especie de referente de libertad antisistema, en el mundo bipolar de la guerra fría. Las estrellas del espectáculo que recalaban en Río, donde vivió décadas junto a su familia y varias amantes, pasaban a saludarlo y sacarse fotos con él.

Un día de 2001, aquejado por las deudas, volvió a su lluviosa isla natal, donde lo encarcelaron, porque debía años de condena. Pero su salud débil (tenía problemas para hablar y motrices) lo hacían salir de la cárcel a clínicas, hasta que ayer su cuerpo dijo basta.

La perspectiva de su vida desde su reciente muerte arroja luces opuestas, que solo hacen al personaje más interesante.

Los hechos
Un día de agosto de 1963, junto con otros 14 colegas ladrones, Biggs robó el tren del Correo entre Glasgow y Londres. El plan fue casi perfecto: se hicieron con más de US$ 4 millones de aquel momento, una cifra astronómica.

Aprovecharon un feriado (llamado Bank Holiday) y detuvieron en medio de la campiña el tren del Correo que venía con dinero extra. Mediante un plan bastante minucioso habían trabado amistad con vecinos del lugar donde detendrían el tren, que luego llevaría hasta un puente de paso a nivel, donde un camión los estaría esperando.

En unos 15 minutos, mediante una cadena humana, se llevaron 120 de los 128 sobres con dinero que transportaba el tren del Correo.

Según la Policía británica e investigadores que recrearon el gran robo, el rol de Biggs fue bastante secundario.

Antes de eso, había querido ser piloto de guerra, pero un pequeño robo de un botiquín lo alejó a la Royal Air Force. Luego robó un auto y fue a prisión. Allí conoció a Bruce Reynolds, uno de los cerebros del Gran Robo de 1963. Cuando lo soltaron se casó, tuvo tres hijos y trabajó como carpintero. Después llegó el envite para el robo del tren.

Por errores en la huída, la Policía cercó a los ladrones y encontró huellas de ketchup de Biggs en una granja donde se escondieron luego del golpe.

Estuvo preso un año y medio, pero en una veraniega noche de julio de 1965, de manera misteriosa, saltó un muro de la prisión que lo contenía y se escapó. Cruzó en un barco al continente, pasó por Bruselas y en París se realizó una cirugía estética para cambiarse los rasgos (aunque no lo logró demasiado).

En una Inglaterra que despertaba luego de los años grises y pobres de la posguerra, y en plena de la beatlemanía, la huída de Biggs se tomó como un hecho casi simpático. Un fiel representante del inglés cockney (de clase baja) había dado el gran golpe y ahora lograba huir hacia un paradero desconocido.

Dos años después, la Interpol recibe datos de que Biggs se encuentra con su familia en Australia. En ese país, muere uno de sus hijos pequeños en un accidente de tránsito.

Al sospechar de su posible captura, Biggs toma sus petates y se refugia en Brasil, donde pretende retomar la calma del anonimato.

Pero en 1974 una investigación periodística da con él en la ciudad maravillosa. Cuando Biggs cree que su suerte está echada, se entera de que una bailarina de un cabaret que frecuenta está embarazada y el padre... es él. Como padre de un ciudadano brasileño, ya no era pasible de extradición.

Pero la idea del ladrón que se salió con la suya y vive en el paraíso se fue despedazando con los años. En Brasil sus finanzas comenzaron a decaer. Sus fotos con la camiseta blanca de Inglaterra lo mostraban sonriente en Copacabana, pero de a poco Biggs se transformó poco menos que en una atracción turística: según The Economist, le cobraba a los japoneses por sacarse fotos con ellos para conseguir algo de efectivo.

Como parte de esa figura medio héroe de la clase trabajadora, medio ladrón de medio mundo, Biggs llegó a grabar en 1978 una canción con los Sex Pistols.

Después de pasar años complicados en Brasil, y ya enfermo, aceptó una propuesta del diario sensacionalista The Sun para volver a su patria (dicen las malas lenguas que para recibir asistencia del sistema público de salud).

Hasta el final no aceptó un arrepentimiento por lo que hizo, ni por la vida que debió llevar luego de aquella noche de 1963 que lo condicionó para siempre.

Sea como un héroe o como un villano, el destino no fue indiferente al pasaje de Ronnie Biggs por este mundo.

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