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Las FARC cambian de nombre pero llegan tarde a la "nueva Colombia"

La insurgencia política de la clase media, surgida en más de una década de crecimiento, y una izquierda democrática liberada del yugo guerrillero, marcan los nuevos escenarios políticos de Colombia, para el escritor y periodista Ibsen Martínez

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28 de enero de 2021 a las 05:02

Más de tres años han tardado las FARC en darse cuenta de que sus siglas, que continuaron usando luego de su legalización, producto del Acuerdo de Paz suscrito con el gobierno de Juan Manuel Santos, son un lastre político y electoral.

Un mal recuerdo de un pasado que Colombia quiere sepultar y está dejando atrás. No solo, por cierto, en relación al exgrupo guerrillero.

“Ha llegado la hora de  crear una gran coalición de fuerzas con todos los demócratas de este país”, expresó el exjefe guerrillero Rodrigo Londoño, alias Timochenko, este fin de semana al anunciar que la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, las siglas de tanto apego, se llamará desde ahora Comunes.

Una hora que quizás pasó hace mucho tiempo, y las FARC ni la olió, en esa Colombia que avanza en su modernización, aunque Londoño propuso otro nombre en 2017 para la reinserción política de su movimiento pero fue derrotado.

“A las FARC nunca se les pasó por la cabeza el inmenso rechazo que inspiraban”, apunta el escritor y periodista venezolano Ibsen Martínez, residenciado en Bogotá, autor de la columna Leyendo de pie en El País de Madrid.

La única participación electoral de las FARC, en las legislativas de 2018, se saldó con un magro resultado: poco más de 50 mil votos en la cámara de Representantes y 32 mil en el Senado.

La extinta fuerza guerrillera, que estuvo de espaldas al país por décadas, tal vez sea la primera víctima política del Acuerdo de Paz firmado a fines de 2016, tan denostado, sin embargo, por el uribismo.

Una solución política que Martínez, que ha colaborado con The New York Times, The Washington Post, Foreign Policy, Letras Libres, Revista de Occidente, El Espectador y los diarios venezolanos El Universal, El Nacional y TalCual, además de autor teatral y novelista, considera que ha tenido un “efecto extraordinario” en la política parlamentaria y electoral colombiana, más allá de este reciente episodio identitario de las FARC.

Martínez, en conversación con El Observador, recuerda que estaba en el centro de Bogotá cuando se firmó el acuerdo de paz definitivo entre Santos y la longeva guerrilla colombiana en setiembre de 2016 y le llamó la atención que para los colombianos era un día cualquiera, no uno de júbilo que ponía fin a 60 años de guerra y violencia.

“Parecía que no ocurrió nada, pero sí ocurrió y ese es mi punto”, sostiene Martínez.

Sin ataduras

El primer efecto del Acuerdo de Paz se produjo en el propio campo de la izquierda al permitir que pudiera hablar por primera vez de su agenda sin tener que ver por el retrovisor lo que convenía o pensaba la agrupación guerrillera.

“La izquierda democrática, no armada, estaba maniatada. El famoso Polo Patriótico que siempre participaba en las elecciones, a la hora de las chiquitas repetía, como las FARC, que favorecía todas las formas de lucha. Era un trato retórico, cuidadosísimo con la guerrilla”, discurre Martínez.

Pero al salir de la dinámica violenta, al dejar de ser beligerante, la izquierda puede ser izquierda no más y eso explica, para Martínez, que Gustavo Petro se organiza y tiene serias aspiraciones electorales “con un discurso de izquierda democrática, por así decirlo”, acota . También los verdes, un desprendimiento del desaparecido M-19, adquiere más visibilidad.

Petro, que compitió con Iván Duque por la presidencia de Colombia en 2018, sumó más de ocho millones de votos en la segunda vuelta, el doble que en la primera vuelta. “La izquierda es muy vasta en Colombia, tanto la reunida en torno a las agrupaciones político electorales, como la que se mueve en los movimientos sindicales y gremiales”, dice Martínez.

El otro efecto es la aparición de un centro político, encarnado por Sergio Fajardo, el exalcalde de Medellín, que sumó con Compromiso Ciudadano/Alianza Partido Verde también más de cuatro millones de votos en la primera vuelta de las presidenciales de 2018.

“Ganó de calle en Bogotá, con un discurso moderado, liberal en términos económicos y en el cual pueden converger otras figuras del centro político en futuras contiendas, incluso no es de extrañar una fórmula presidencial con un ´santista´ como vicepresidente”, consigna Martínez.

El aspecto meramente electoral se vio, según esta mirada, “radicalmente” modificado por el Acuerdo de Paz.

Otra polarización

Una singularidad de la política colombiana es la del protagonismo de figuras y de agrupaciones electorales, con una presencia menor de liberales y conservadores que monopolizaron la vida política colombiana desde el Siglo XIX.

Martínez observa que hay una una nueva polarización entre el uribismo, la extensión del poder de esa figura avasalladora que es el expresidente Álvaro Uribe (2002-2010) –“un caudillo primitivo, sin segundo a bordo, expresión de lo más atrasado del mundo agroindustrial” – y,  en el otro extremo, la Colombia modernizadora, de las reformas, con ese amplio espectro político que trasciende el Polo Patriótico “que siempre fracasaba porque la gente lo terminaba asociando con las FARC”, acota Martínez.

Además, las nutridas protestas sociales de finales del año 2020 pusieron en el escenario a una juventud “beligerante, pero no destructora como la de Chile”, en la que se advierte un alto nivel organizativo de gente del mundo social, gremial, activistas, incluso exguerrilleros a quienes se les ha incumplido la promesa de la reinserción, sin gran visibilidad en los medios pero con peso real.

Uribe, que pudiera ser candidato en 2022, aunque por ahora lo niega en razón de su edad (tendría 70 años para entonces), ha sido el gran elector en lo que va de siglo, aval del actual mandatario Iván Duque. “Gente que lo aliente no va a faltar”, dice Martínez.

Los cambios que están ocurriendo en la sociedad colombiana y en la política, perceptibles para analistas y observadores atentos, puede que incluso para esas FARC que se sienten, aunque tarde, fuera de lugar, son detectados también, según el analista y columnista de El País de Madrid, por la banca, los grandes medios, sectores inmobiliarios, en cuyo ámbito se opera una suerte de reagrupación con la mira puesta en ese año 2022 electoral.

En ese contexto, se produjo la compra de la influyente revista Semana, un medio independiente, de grandes figuras del progresismo colombiano, adquirida por un hombre del sector financiero,  que Martínez intuye como un movimiento de “fuerzas conservadoras” de Colombia.

“Observan que viene una presión social muy fuerte y se posicionan; una presión que se expresa en el rechazo a este Congreso que se ha constituido de forma muy turbia, que se aprueba aumento de salarios, que rechaza normas anticorrupción y sanciona reformas tributarias a la medianoche, formado por profesionales del parlamentarismo”, enumera Martínez.

Las fuerzas del status quo van a moverse y habrá que ver cómo se insertan las piezas en el futuro cercano y cómo encaja Uribe que, tanto para Martínez como otros analistas de la realidad colombiana, “es una estrella en descenso, que va perdiendo apoyos”, como hay evidencias en el mapa político colombiano: las alcaldías de las cuatro ciudades principales del país (Bogotá, Calí, Barranquilla y Medellín) son dirigidas por figuras distantes del uribismo.

El caso de Medellín, la capital de Antioquia, gobernada por un independiente, es particularmente significativo. El mayor rechazo al Acuerdo de Paz, que parece estar, sin embargo, en la génesis de la nueva Colombia, se produjo en esta ciudad donde Uribe nació en 1952.

Y llama la atención el papel que pueda desempeñar en ese corto o mediano plazo Germán Vargas Lleras, jefe del partido Cambio Radical, vicepresidente durante el segundo mandato de Juan Manuel Santos, y quien aspiró con poca suerte en las elecciones de 2018.

“Es un político de nación, que probablemente sea uno de los pocos de la vieja política que ha visto que vienen cambios y se ha ubicado contra el no continuismo del uribismo”, dice Martínez.

La  nueva Colombia, tras más de una década de crecimiento, interrumpido por la pandemia pero sin entrar en una emergencia, con el desarrollo de las ciudades intermedias, que exhibe una política económica estable y un poder judicial ciertamente autónomo, será la expresión de “los jóvenes y la clase media, no ya de los cachacos (para aludir a los descendientes de bogotanos) y los campesinos”.

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