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Las imperdibles anécdotas de Diego Pérez, el tenista que se inició con US$ 25 y su raqueta

Llegó en bici a un partido en Roland Garros, se comió dos salchichas enfrentando al número uno del mundo, se tomó dos tubos de pelotas con cerveza en un partido y viajaba a pelearla en los torneos con US$ 25 y su raqueta

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22 de agosto de 2020 a las 05:02

Jugando contra el número uno del mundo se comió dos salchichas alemanas. En otro partido se tomó dos tubos de cerveza porque le dijeron que hacía bien para los calambres y quedó tan mareado que no veía la pelota para sacar. En Roland Garros llegó en bicicleta a jugar un partido y no lo querían dejar entrar. Hizo llorar a Boris Becker. Se lo llevaron detenido y lo internaron 10 días en el Vilardebó. Y en su etapa juvenil, en un torneo internacional, durmió en una carpa en un parque rodeado de palmeras.

Diego Pérez Burín no fue un tenista más. A lo largo de su trayectoria enfrentó a los mejores del mundo y cosechó un rosario de anécdotas que arrancan desde sus inicios, cuando su mamá le daba US$ 25 para una gira de un mes y le decía: “Suerte hijo”. Pero, por sobre todas las cosas, se ganó un lugar en el corazón de los uruguayos.

Se podría afirmar que Diego se convirtió en tenista por herencia familiar. Su padre y su tío fueron tenistas por lo que no es difícil imaginar que creció con una raqueta en la mano. Claro que aquellas raquetas no eran ni por asomo las actuales.

“En aquel momento no existían como ahora raquetas para niños por lo que mi padre me mandó hacer una con un carpintero del barrio. Era de madera. Pesada. Para que tengan una idea, yo empecé a pegarle con dos manos el revés porque me pasaba la raqueta. Se me caía, entonces, como reacción, la tomaba con las dos manos”, comenzó diciendo Diego Pérez en la charla con Referí.

El tema es que aquella forma de tomar la raqueta con las dos manos, hoy tan habitual en reconocidos tenistas como Novak Djokovic o Rafael Nadal, en aquellos tiempos no era permitida.

“Cuando tenía unos 10 u 11 años mis entrenadores de tenis me decían que no podía pegarle con las dos manos, no me dejaban, me decían que no estaba permitido”, contó el extenista uruguayo.

Lentamente se fue haciendo camino al andar. “Me revolvía jugando a nivel local, estaba entre los primeros de la categoría”, reveló.

Pero la vida le pegó un duro golpe. El inesperado fallecimiento de su papá, en un accidente, fue duro de digerir. Al poco tiempo se mudo a Pocitos.

Durante tres años estuvo bastante alejado del tenis. Volvió cuando tenía 15 y cursaba el liceo. La mayor parte de las clases se las perdía porque salía a jugar al exterior.

Un día la directora del Liceo Suárez, que no era otra que la madre de José Luis Damiani, llamó a la mamá de Diego Pérez para avisarle que debido a las faltas su hijo perdería el año. Entonces, el joven no anduvo con vueltas, encaró a su madre y le dijo que no quería estudiar más y que quería jugar al tenis. Su madre replicó diciendo que con el tenis no se podía ganar dinero.

“Mamá, yo vi en una revista El Gráfico que hay un loco en Argentina que se llama Guillermo Vilas que gana plata jugando al tenis”, retrucó . Y rememoró: “Y la vieja fue una crack que me apoyó…”.

Dormir en un parque

A partir de ese momento todo se precipitó. Diego fue enviado a una academia de tenis en Estados Unidos y su familia se fue a vivir a Barcelona.

“Nosotros nos fuimos medio que huyendo de la represión, en busca de una mejor vida, pero nada relacionado con mi tenis. Un día, a través de una carta de un vecino, logré que me probaran en la Real Federación Española”, comentó a Referí.

Y así, invirtiendo una módica suma de dinero para inscribirse en los torneos, entró en un circuito donde tenía la necesidad de ganar para cobrar premios y de ese modo seguir compitiendo.

“En aquel entonces jugaba torneos internacionales españoles solo por dinero. No sumaba para el ranking pero sí para el bolsillo. Tenía que llamar y te preguntaban dónde habías jugado. Y vos decías yo jugué tal y tal torneo. Era todo de boquilla. Pero ganando te vas haciendo de un nombre”, admitió. 

Todo fue pulmón, admite con el tiempo. “Mi vieja me daba US$ 25 para una gira de un mes y me decía: ‘Mucha suerte hijo’. Agarraba la raquetita, me subía al trencito y me iba solo. Si ganaba hacía unos pesos y me quedaba. Y sí, ¡fue a pulmón!  A veces durmiendo en el banco de algún parque”.

Pérez no olvida aquellas experiencias. “Son cosas de las que no te olvidas y que estoy encantado de haberlas vivido. Muchas veces le falta eso al tenista de la actualidad, el hambre de salir a pelearla. Muchas carreras se arruinaron en todo el mundo por haberles dado demasiado”.

Y pasa de inmediato a contar la anécdota del día que se quedó a dormir en uno de los parques.

“Fue en el Parque, en Andalucía, en uno de los parque de palmeras más reconocidos y grandes de Europa. Resulta que conocí a una chica en la estación de tren y en determinado momento le pregunté ¿dónde dormís? En una carpa en el parque me dijo, y ahí  le pregunté si podía dormir con ella. Estuve tres semanas viajando con esa chica. A las 6 de la mañana nos sacaban los guardias porque no se podía dormir en el parque”.

Detenido y al Vilardebó

El nombre del uruguayo empezó a sonar en el ambiente del tenis. Fue así que en 1978, con 16 años, lo convocan para jugar el Sudamericano en Bogotá, Colombia. Viajó de Barcelona a Bogotá con US$ 10 en el bolsillo. Llegó al aeropuerto y llamó por teléfono para que lo fueran a buscar porque no tenía ni idea dónde se jugaba.

La cuestión es que se consagró campeón sudamericano. “Entonces el presidente de la Asociación de Tenis me dice: 'No te vuelvas a Barcelona tenés que venir con nosotros a Montevideo porque tenemos que hacer un poco de ruido allá'. Y llego acá de caravana, pelo largo, suecos y pantalones Oxford”, recordó Pérez una anécdota que había contado en otras entrevistas.

Y siguió con el relato: “Llamo a mis amigos y me invitan para dar una vuelta con ellos en auto. Salimos y claro, lo primero fue ir a bulevar Artigas a ver a las chicas. En eso cae una patrullero y terminamos todos detenidos. A la comisaría. Las cosas que me dijeron cuando caigo con los suecos y el arito... ‘Tenemos acá al trolito campeón sudamericano’, decían. Me tuvieron toda la noche así y yo llorando en la comisaria”.

Pero aquella no fue la única experiencia. Pérez también narró a Referí que en otra oportunidad lo detuvieron y lo internaron durante 10 días en el hospital Vilardebó.

“Resulta que en Atlántida agarran a unos flacos que yo ni conocía fumando marihuana, les preguntaron con quiénes habían fumado y dijeron que en Navidad habían estado en un lugar con tal y tal loco. Una cosa que no entraba en la cabeza de nadie. Y de repente me vienen a buscar en una chanchita verde. Y dije acá soy boleta. Nos llevaron a averiguaciones. ¿Fumaste? Sí, fumé una vez. Yo tenía 17 años y no me podían mandar en cana y ahí tenía que ir a rehabilitación. Este muchacho está intoxicado y aterrizo en el Vilardebó. Llego con mi bolsito y había 400 camas. Estuve 10 días. Durísimo. Recuerdo que mi abuela me iba a ver y me llevaba un pollo”, .

Contra Courirer pidió dos salchichas

Lentamente el uruguayo se fue haciendo lugar en el mundo del tenis. Solo. Sin entrenador. Con un bolsito y su raquetita fue sumando puntos que le permitieron ranquear para jugar los grandes torneos de la ATP.

Cierta vez el destino lo puso ante el número uno del mundo de entonces, el estadounidense Jim Courier, un rubio que metía miedo y ganó 4 Grand Slam.

Austria el país. Torneo de Kitzbühel la cita. “Lo único que quería era no pasar papelones”, relata para llevar la charla con el periodista de Referí a la anécdota.

“Courier venía de ganar los últimos dos Roland Garros, llegaba con un invicto impresionante en polvo de ladrillo y no sé cómo, pero entré en un partido medio peleado. Pierdo el primer set medio justo, voy bien en el segundo y se pone a llover. Me voy al vestuario dije, tá, acá cuando llueve, llueve dos días seguidos, y pido se me pueden traer un par de salchichas alemanas. Que son como húngaras pero bien picantes. El tipo (su rival) estaba con su entrenador, concentrado y con una toalla en la cabeza, y yo comiendo salchichas. Pero el tema es que cuando terminó de clavarme la segunda, ¡llaman para jugar! ¿Pero cómo voy a jugar ahora?, decía yo. Allá salí, con la salchicha en la boca. Y terminé ganando el partido”. 

En ese mismo torneo una vez hizo llorar al reconocido alemán Boris Becker.

“Boris recién había aparecido en el circuito. No lo conocía nadie pero ya había ganado Wimbledon y la Copa Davis con Alemania y aterriza en Kitzbühel. ¿Y contra quién le toca…? Cuando veo que me toca contra él dije este loco me va a matar. Pero arranca y me pongo arriba. Empieza a llover y en eso veo al dueño del torneo que atraviesa la cancha y le habla al juez de silla y paran el partido. Claro, al tipo no le cerraba por ningún lado que se le cayera la estrella del torneo conmigo. La gente empezó a lanzar almohadones. Voy al vestuario y Becker se puso a llorar. Al otro día fue peor, porque no embocaba una y le terminé ganando 6-3 y 6-1.

Dos tubos de cerveza

Reveló que a lo largo de su carrera convivió con un problema: los calambres. Contó que para combatir el mal probó de todo, hasta ponerse un corcho en las medias. Pero no había forma.

Cierta vez, un veterano le sugirió tomar cerveza. “Me estás jodiendo”, atinó a decirle Diego sin dar crédito a la solución.

Bahía. Torneo de Itaparica. Calor infernal. “Bueno, hoy viene calambre seguro”, pensó Pérez. Llega el tercer set y aparece el mal. Diego llama a un amigo y por lo bajo le dice: “Andá a buscarme una cerveza”. Su amigo lo miró incrédulo: “No seas pelotudo, no se puede”. Pero Diego se daba maña para todo. “Le dije que me la trajera en un tubo de pelotas. Me la trae, me la mando y dije, pah, ahora sí, me siento mucho menor. Y repito. Mi amigo me decía, ‘no seas animal’. Terminé sin saber con qué pelota sacar y perdí el partido”, contó entre risas.

¡En bici a Roland Garros!

En 1992 un uruguayo sorprendía al mundo sorteando etapas en el conocido torneo de tenis de Roland Garros.

“Era el mejor Roland Garros de mi carrera. Me toca la fase de clasificación que son tres partidos y los paso. Llego a octavos de final. Era una cosa seria. En ese entonces vivía cerca de Roland Garros pero siempre me quedaba porque había una maquinita gratis y aquello era algo ineludible. Pero esa vez dije voy a esperar en casa. Por aquellos tiempos había un sistema que te permitía seguir los partidos y el score en tiempo real. Aquel día la pantalla se puso negra y cuando volvió la imagen miro y estaban anunciando mi partido ¡y yo estaba en casa! ¡Qué papelón, qué desastre!”, contó Diego.

A las apuradas agarró la bicicleta que tenía en su casa y arrancó a todo pedal. Tuvo que sortear las innumerables barreras de los alrededores de Roland Garros para llegar a la cancha. Cuando llegó al lugar donde jugaba el guardia que estaba controlando el acceso no lo dejaba pasar. “Loco, déjame pasar en la bici que no llego, tengo que jugar”, le dijo Diego. “El tipo me miraba y por dentro diría déjate de joder’. Estacioné la bici abajo de la cancha, llegué, y el estadio estaba lleno de gente. Pero la verdad es que en el camino empecé a pensar: si no llego, porque a los 15 minutos te eliminan, ¿me pagarán? Arranqué 0-6. Gané el segundo set y tengo set point en el tercero, pero lo perdí”.

La despedida con Noah

A lo largo de tantos años de carrera, hizo amistad con varios tenistas reconocidos a nivel mundial. Dice que el relacionamiento en su etapa de jugador era distinto al actual. “Ahora Cuevas necesita tres autos para ir a cualquier torneo. Los tenistas hoy van con tres o cuatro acompañantes. Antes subías a un auto de la organización y había cuatro o cinco y coincidías en un viaje de dos horas con el quinto del mundo, el 14, el 30 y vos. Entonces ibas charlando. Ahora no existe más eso”, dijo a Referí.

Entre las amistades que cosechó se encuentra el excéntrico francés Yannick Noah, que vino a su partido de despedida en el Palacio Peñarol, no sin antes hacerle pasar nervios.

“El día previo al partido estaba previsto el viaje. Sale el vuelo de París y me dicen: ‘Noah no está en el avión’. ¡Pero cómo que no está! No, no subió al avión, me dicen. Y yo no lo podía creer, me dijo que venía. En aquel entonces no existía WhatsApp, no había nada. Yo con el corazón en la boca, pero igual les dije, tranquilos que va a aparecer. Estaba en un pueblo de Argentina”, relató.

Pero aquello no fue todo. El día del partido Noah lo invita a tomar una cerveza. “¿Te parece?”, respondió Diego. “Sí, dale, nos va a venir bien para aflojar un poco”.

A la hora señalada llegan al partido y antes de empezar contó extenista uruguayo que el francés le dice: “Dale suave. Déjame entrar en ritmo. Y resulta que me terminó ganando en la despedida”.

Diego, aquel chico que arrancaba con una raquetita y US$ 25 en el bolsillo, se terminó dando el lujo de jugar los grandes torneos, enfrentar a los mejores del mundo y quedar en la historia como uno de los tenistas más reconocidos del país. Pero el mejor trofeo que ganó lo lleva en su corazón. En una imagen. Que parece simple. Pero simboliza mucho. “Tuve el honor de tener a mi vieja mirándome en un partido contra John McEnroe en Roland Garros”.

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