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Las izquierdas más exitosas de la región y elogio de Astori

Una historia del dinero en Uruguay (LV y última nota)

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31 de octubre de 2018 a las 10:55

Los liberales y las sociedades maduras procuran un Estado eficaz aunque sólo complementario de lo privado, con el límite de la ley y gobernado por reglas democráticas. Incluso los liberales más radicales tienden a ver a los gobiernos apenas como un mal necesario, igual que la Policía o las cárceles. Están en la cima para cumplir ciertas tareas claramente delimitadas, pero sólo a título precario y revocable. Y deben ser cambiados apenas se sientan dueños de los destinos de las personas. 

Buena parte de la izquierda del siglo XX, como la derecha autoritaria y populista, solía aplaudir nacionalizaciones, estatizaciones y líderes mandones: expresaba una gran confianza en las capacidades de un partido y de los burócratas para proveer felicidad pública, por las buenas o por las malas. 

Pero las tiranías, los fracasos y los derrumbes de los regímenes “nacionales” y del “socialismo real” dejaron en evidencia que todo ello era un espejismo. Los burócratas no podían suplir ni por asomo las decisiones libérrimas de millones de individuos, que decidían cada día en cada acto. Al fin, las economías de mercado resultaron mucho más aptas para coordinar los planes particulares de infinidad de individuos en un mundo de conocimiento disperso.

Los Estados totalitarios apenas son funcionales a los líderes que desean permanecer largamente en el poder. En la década de 1930 se inspiraban en el fascismo; a partir de las décadas de 1950 la fuente de inspiración fue el comunismo. Un mismo hilo unió a Getúlio Vargas, Juan Domingo Perón, Fidel Castro o Hugo Chávez: todos fueron ególatras autocráticos. En nombre del pueblo se oprime mejor.

Casi todos los procesos “progresistas” en América Latina de inicios del siglo XXI —Argentina, Brasil, Venezuela, Ecuador— no duraron mucho más que el auge internacional de las materias primas. Gastaron mucho en la cresta de la ola, introdujeron muy pocas reformas durables y modernizadoras, y naufragaron apenas la recaudación cayó, debido a déficits fiscales de 10% del PBI o más. (El brasileño Luiz Inácio Lula da Silva se fue en 2010, en pleno auge y con gran popularidad; pero su sucesora, Dilma Rousseff, no supo detener la marcha hacia el abismo y un Congreso oportunista, mayoritariamente opositor desde las elecciones de 2014, la destituyó).

Mientras tanto, el desastre venezolano es la peor propaganda contra el socialismo autoritario y burocrático.

Hubo dos excepciones notables a tanto fracaso: Chile y Uruguay. Ambos casos hablan de respeto por las reglas básicas de la economía y un manejo superior. También podría sumarse el caso de Evo Morales en Bolivia, quien combinó liderazgo popular, nacionalizaciones y otras reformas con un manejo macro-económico relativamente estricto y exitoso. Parte del crédito se lo lleva el ministro de Economía, Luis Arce, a quien muchos llamaron “un neo-liberal que no ha salido del closet”. Sin embargo el personalismo de Evo Morales, que aspira a gobernar un cuarto período consecutivo, terminará por arruinar el proceso, como casi siempre ocurre.

Elogio de Astori y su equipo

El Frente Amplio en particular y el Uruguay en general deben respeto y consideración a Danilo Astori, pese al desgaste de muchos años de liderazgo y los problemas en ciernes. Él y su equipo, contra toda tentación demagógica, mantuvieron cierto orden macroeconómico básico que permitió a la izquierda diversos ensayos sin ir a la ruina.

Astori, de 78 años, ha vivido suficiente como para haber visto innúmeros desastres en nombre de buenas intenciones. Tras la caída del “socialismo real” en torno a 1990, tuvo la sabiduría y el coraje de reverlo todo y reivindicar la prosecución de ciertos fines sociales con métodos liberales. Y mantuvo el rumbo cuando en cierto momento pareció que varios líderes regionales habían hallado nuevos caminos, menos exigentes y más rápidos que nunca antes en la historia, para arribar al Paraíso. 

Hay quienes creen que lo logrado durante el ciclo frenteamplista, en medio de uno de los más espectaculares ciclos de precios y bajísimas tasas de interés, es más bien escaso. La seguridad pública, el sistema de enseñanza, la seguridad social o el aumento vertical de los contratos con el Estado son algunos de los frentes que la izquierda deberá revisar, si no quiere ir hacia una hecatombe política.

Pero Astori y las personas de su confianza, con una perspectiva moderna y poco proclive a las novelerías, fueron la estaca que impidió el deslizamiento del carro hacia una barranca más profunda. Ellos dijeron No y pusieron la otra mejilla mientras los incautos y los demagogos jugaban con fuego. Deben ser apreciados también por lo que eventualmente evitaron.

En ese equipo de Astori se contaron el ex ministro Fernando Lorenzo (pese a su horrible traspié en el caso Pluna); el presidente del BCU durante una década, Mario Bergara; el ex director de la Asesoría Macroeconómica del Ministerio de Economía y Finanzas, Andrés Masoller, a quien apodaban el gurkha por su rigor; el subsecretario de Economía y Finanzas, Pablo Ferreri; o el director de la Unidad de Presupuesto Nacional del Ministerio, Michael Borchardt, llamado “el soviético” por su rigidez. Claro que jamás lo hubieran logrado de no contar con la comprensión y sostén, a veces a desgano, de los grandes líderes políticos de la izquierda: Tabaré Vázquez y, en menor medida, José Mujica. 

“Aunque desgastado por tantos años de ponerse el cuadro al hombro, de liderar reformas estructurales polémicas y de decir que no a demandas sociales en nombre de la ‘cautela’ y la ‘prudencia’, disminuido políticamente por la andanada de críticas (de propios y extraños), y por sus propias limitaciones temperamentales y discursivas (su característico empecinamiento, su tendencia al aislamiento), Astori sigue siendo un factor clave de estabilidad para la economía uruguaya”, resumió Adolfo Garcé en El Observador del 4 de setiembre.

La mayoría de los uruguayos, claramente cautelosa, probó a la izquierda en el gobierno municipal y demoró en llevarla al gobierno nacional (ayudada, además, como corolario lógico, por una grave crisis). 

Y ahora, pese a algunos fracasos notorios y cada vez más angustiosos, es probable que el ciclo “progresista” o del Frente Amplio recién termine cuando la economía se seque. La marea política cambiará por desempleo elevado, estancamiento o crisis productiva, ausencia de inversión, corporativismo sindical abusivo, por algún cataclismo cambiario o un ajuste radical. Y también cuando haya una alternativa política más o menos creíble. No antes. Eso parecen enseñar otros ciclos históricos, como el primer Batllismo, el “neobatllismo” e, incluso, la última dictadura. 

Una perspectiva liberal

Esta serie de 56 artículos —publicada en la web del diario El Observador cada miércoles entre el 11 de octubre de 2017 y el 31 de octubre de 2018— no ha sido la historia sino solo una versión, porque hay muchas historias, y muchas formas de verlas. 

Es una narración, a veces detallada, en el entendido de que en el mismo cuento está la esencia de lo que uno quiere conocer.

Es una historia narrada desde una perspectiva liberal (que es una hermosa palabra: proviene de libertad). Entiende que, salvo prueba en contrario, que debe ser bien fundamentada, la libertad siempre es preferible al control burocrático o a la prohibición. Desde esa perspectiva, es pues una reivindicación del liberalismo. Los sistemas autoritarios alternativos, de derecha e izquierda, han marchado al basurero de la historia, al menos hasta ahora. 

Uno de los dramas en estas regiones del sur profundo es que algunos que fungieron de liberales en el pasado, lo fueron sólo desde una perspectiva oportunista: libertad para sus negocios, completada con autoritarismo político. No se distinguieron moralmente del socialismo autoritario.

Esta historia procuró narrar aspectos habitualmente ignorados o poco conocidos, además de desmitificar y hallar hilos ideológicos implícitos. También ha tratado de ser una advertencia contra el experimentalismo, la demagogia y la peligrosidad de quienes, en nombre de grandes principios y del bien del pueblo, proponen echarse en manos del Estado, junto a un aislamiento económico y cultural. Ese es un camino hacia la tiranía.

Es preciso, entonces, cuidarse de los demagogos que proliferan en casa y en el mundo. Pero también del conocimiento arrogante y excluyente: los economistas, como los ingenieros (o los periodistas, o los sociólogos), pueden expresar visiones de túnel: una forma de ceguera.

La política económica también es política, y requiere una comprensión mucho más amplia de la que brindan las solas matemáticas. “Los economistas profesionales de hoy no han estudiado casi nada excepto economía”, por lo que poco saben sobre los límites del método económico, advirtió en 2016 Robert Skidelsky, docente de economía política en la Universidad de Warwick, miembro de la Academia Británica de historia y economía, e integrante de la Cámara de los Lores del Reino Unido. “Las matemáticas, demandantes y seductoras, han monopolizado sus horizontes mentales. Los economistas son los idiotas sabios de nuestro tiempo”.

El manejo relativamente discrecional de la moneda, como de la economía, se hará siempre en nombre de grandes causas, como la independencia o la soberanía. Pero, en realidad, el pueblo más soberano es aquel que no tiene por qué preocuparse de la política de turno, sino contar con una moneda tan previsible y transparente como el buen pan y el buen vino de los aldeanos. Los Estados más prósperos suelen ser aquellos cuyos gobernantes pasan desapercibidos.

La historia demuestra que un Estado grande y poderoso no hace más libres a los individuos, sino más fuertes a sus gobernantes. Son los Estados los que deben inclinarse ante los individuos, y no al revés, según las ideas totalitarias tan exitosas y desastrosas que oscurecieron el siglo XX.

La calidad de los Estados, sus burócratas y sus gobernantes suelen estar por debajo de la media de sus ciudadanos. Todo esto, que parece elemental, sin embargo suele ser arrasado por las eternas tentativas de ingeniería social, que en general terminan en tragedias; o por el perdurable miedo de tantas personas a ejercer su libertad.

Fuentes principales: Archivos de prensa, en especial del diario El Observador y la revista Búsqueda; entrevistas y conversaciones personales, a lo largo de décadas, con presidentes y antiguos funcionarios del Banco Central del Uruguay y jerarcas del Ministerio de Economía y Finanzas, entre ellos Danilo Astori, Mario Bergara, Julio de Brun, Ramón Díaz, Javier de Haedo, Enrique Iglesias, Juan Carlos Protasi y Alejandro Végh Villegas; AFP (Agence France Presse); Al servicio del Banco de la República y de la economía uruguaya, de Octavio Morató; Al borde del abismo, de Carlos Sténeri; Azzini — Una historia uruguaya, de Graziano Pascale; Banco Central del Uruguay – Billetes y monedas, en su página web; Brasil, uma história, de Eduardo Bueno; Con los días contados, de Claudio Paolillo; Contribución a la historia económica del Uruguay, de la Academia Nacional de Economía (1984); Crónica General del Uruguay, de Washington Reyes Abadie y Andrés Vázquez Franco; Economía política y finanzas, un resumen de un curso universitario editado inicialmente en 1903, de Eduardo Acevedo; Estados Unidos – La historia, de Paul Johnson; El Banco de la República Oriental del Uruguay y su monopolio de la emisión de moneda nacional en 1907, por Daniela Guerra, Luis Eduardo Larralde y Andreina Moreira; El Contralor de Exportaciones e Importaciones en Uruguay (1941-1959), de Ulises García Repetto (Instituto de Economía, Facultad de Ciencias Económicas y de Administración, Universidad de la República, 2017); El Declive: Una mirada a la economía de Uruguay del siglo XX, de Gabriel Oddone Paris; El infidente, de Raúl Ronzoni; El PBI per capita de Uruguay 1870-2015: Una reconstrucción, de Luis Bértola (página web de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República, 2016); El tercer Reich (42 tomos), de Time-Life; Historia del Banco Central del Uruguay (1967-2016) – Medio siglo de desarrollo institucional al servicio de la estabilidad económica, de Silvana Harriett (investigadora responsable), Adolfo Garcé, Milton Torrelli y Nicolás Pose (sólo disponible en la página web del BCU); Historia del siglo XX, de Eric Hobsbawm; Historia económica de Uruguay, de Ramón Díaz; Historia institucional del Banco Central del Uruguay, de Julio de Brun, Ariel Banda, Juan Andrés Moraes y Gabriel Oddone (2017, sólo disponible en la página web del BCU); Ideas y competencia política en Uruguay (1960-1973) – Revisando el “fracaso” de la CIDE, de Adolfo Garcé; Inflación en Uruguay en 140 años de historia (1870- 2010). Un enfoque monetario, de Conrado Brum, Carolina Román y Henry Willebald (Instituto de Economía, Facultad de Ciencias Económicas y de Administración, Universidad de la República, 2014); Informes de Thomas Samuel Hood, cónsul británico en Montevideo entre 1823 y 1843; José Batlle y Ordóñez — El creador de su época (1902-1907), y El país modelo — José Batlle y Ordóñez 1907-1915, de Milton Vanger; Karl Marx, de Jonathan Sperber; La economía del Primer Batllismo y los años veinte, de Magdalena Bertino, Reto Bertoni, Héctor Tajam y Jaime Yaffé; La Enciclopedia de El País, dirigida por Miguel Arregui (2011); La Reconquista, de Julio María Sanguinetti; Los bancos (dos tomos), de Juan Pivel Devoto; Luis Batlle Berres — El Uruguay del optimismo, de Julio María Sanguinetti; Manifiesto del Partido Comunista, de Karl Marx; Mauá, empresario del Imperio, de Jorge Caldeira; OrientalesUna historia política del Uruguay (cinco tomos), de Lincoln Maiztegui Casas; Política monetaria y oferta de dinero en Uruguay (1931-1959): Nuevos contextos y nuevos instrumentos, de Carolina Román Ramos (2010); Seregni-Rosencof: Mano a Mano, de Fernando Butazzoni; Términos de intercambio 1870-1989, reconstrucción de Luis Bértola en base a fuentes diversas; Una biografía intelectual (Carlos Real de Azúa), de Valentín Trujillo; Una historia inacabada del mundo, de Hugh Thomas.

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