28 de julio de 2014 15:40 hs

Una sombra temblosa camina por un sendero de tierra. Una, dos, tres, equis veces. La sombra pertenece al escritor y cineasta argentino Edgardo Cozarinsky, concebido en Mar del Plata en 1938, nacido en Buenos Aires en 1939, emigrado a París en 1974 y vuelto a Buenos Aires décadas después. Cozarinsky filma desde 1971 y escribe desde 1985.

Se ha definido como un ser bifronte, como un monje que necesita la soledad de la reflexión que implica la escritura, y como un guerrero que posee dentro la confrontación y la proyección de lucha para filmar, una actividad irremediablemente grupal.

Si bien podría parecer que en estos dos planos existe un elemento común de narración, no es lo que interesa más a Cozarinsky, quien estuvo en Montevideo presentando su última película, Carta a un padre, en el marco del festival de documentales Doc Montevideo 2014.

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Al director, más que contar a través de los clásicos recuros de la narración, le interesa la reflexión. En este documental es donde aparece la sombra explícita del director, su voz susurrada en off y su mirada sobre su pasado familiar, paterno (enclavado en el Entre Ríos rural al que llegaron a fines del siglo XIX inmigrantes judíos ucranianos donde se agauchizaron), y sobre las preguntas que le llegaron luego de determinada peripecia vital.

“Tal vez el proyecto de documental surgió como un pretexto para ir a Entre Ríos. No me gusta hacer turismo, no fui a Entre Ríos por curiosidad. Tuve que inventar un proyecto de película para ir a Entre Ríos”, explica el director a El Observador.

El origen de la película se conecta con la intimidad del director, pero como realización artística se sale fuera de un ámbito familiar y recrea la búsqueda de un hijo sobre el sentido de los viajes,de las vocaciones, de las porfías de los destinos a lo largo del tiempo, de las búsquedas desde el presente y de lo que queda para siempre detrás de un enorme signo de interrogación.

“Supongo que son cosas que están muy profundas en uno y que esperan un momento, una edad, en que surgen. Tal vez el hecho de ser consciente de que había vivido muchos años más que mi padre en algún momento me hicieron replantear algunas preguntas sobre lo que no sabía de mi padre. Él murió cuando yo tenía 20 años. Era una edad en la que no me interesaba hablar con él de cosas que solo con la edad me empezaron a interesar”, explica el director.

El hijo se pregunta por qué un hijo de inmigrantes de judíos criado en el campo a los 18 años se le ocurre entrar en la marina de guerra. Y luego se cuestiona qué hubiera pasado en la dictadura argentina si su padre se hubiese puesto del lado de los represores.

Pero la circunstancia vital es solo la singladura de la historia. “Esta es una película personal, pero no quise que se convirtiera en algo privado. O sea, que me interesara a mí y a algunos parientes. Toca temas unniversales”, dice Cozarinsky.

La calidad y la sutileza del filme se ven en recursos sencillos pero muy efectivos, como cuando el director pasa velas frente a las fotos viejas. “Representan mi mirada, de alguien buscando o buceando en la oscuridad. Echar luz sobre algo que está en la sombra. Incluso titila y deforma y recrea reflejos sobre la superficie de la foto. Me pareció que explicitaba la índole de la mirada que yo echaba sobre los documentos del pasado”, agrega.

Carta a un padre es la tercera película “de cámara” de una trilogía que Cozarinsky desarrolló desde 2010 (Apuntes para una biografía imaginaria y Nocturnos son las otras) y en las tres el fuego tiene una intervención especial.

Hay una fogata en medio del campo donde desde las cenizas del pasado vuelven cosas, no se pierden del todo. “Tal vez lo que uno hace con el cine es tratar de recuperar y de dejar una marca, una huella, imponerme de alguna manera al vacío que crece y dejar que algo permanezca”, dice el director.

El último plano de Carta a un padre es un atardecer filmado en tiempo real en el horizonte plano del campo entrerriano, de un sol que quema los días del presente como las fotos de papel donde la luz va cambiando y apagándose sobre un cielo cargado de nueves, mientras la fogata de la memoria sigue ardiendo.

“En el cine que se practica hoy cosas están hechas para pasar rápido, como si fuera una estética derivada de los videoclips de los años 80. Yo quería precisamente un cine contemplativo”, dice Cozarinsky. Lo logró.

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