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Las protestas en Hong Kong: vergüenza china

Las masivas protestas de las últimas semanas son un recuerdo de que la segunda potencia del mundo y líder global es un régimen dictatorial

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22 de junio de 2019 a las 05:00

Las protestas en Hong Kong han recibido abundante cobertura en los medios de prensa pero poca explicación. No se ha dado una verdadera idea de todo lo que allí está en juego; a pesar de que es una síntesis del mundo en que vivimos, donde todo lo determina el mercado; y los valores democráticos, incluso la propia democracia, atraviesan su peor crisis desde el advenimiento del nuevo orden internacional.

Lo que ha hecho lo de Hong Kong es solo poner en evidencia el elefante en la habitación: que China, la segunda economía del mundo, una de las dos potencias líderes de la economía global, principal socio de varios países sudamericanos y artífice, por la vía de la voracidad de materias primas, de nuestras más recientes bonanzas económicas, es un Estado totalitario atroz, que reprime a sus ciudadanos y conculca sus libertades más fundamentales.

La razón detrás de las protestas masivas, que el fin de semana llegó a dos millones de personas en las calles, fue un proyecto de extradición impulsado por la jefa de gobierno de Hong Kong, Carrie Lam, para que ciudadanos de la isla pudieran ser juzgados en China continental. A primera vista, pareciera una nimiedad (después de todo, están dentro de un mismo país); pero no lo es ni cerca. Y he ahí la razón por la cual, aun después de que Lam ha suspendido ya la medida, no cesan las protestas en su contra, en contra de Beijing y le llueven los pedidos de renuncia. Ayer miles de manifestantes –la mayoría estudiantes vestidos de negro- volvieron a salir a las calles y rodearon el cuartel general de la Policía. Y no parece que esto fuera a terminar pronto.

A pesar de que desde la transferencia del dominio británico a China en 1997, los jefes de gobierno de Hong Kong no son elegidos por los propios hongkoneses y han sido todos ellos unos meros títeres de Beijing, los habitantes de Hong Kong han mantenido –no, sin dificultades- una serie de libertades civiles, altos índices de libertad económica y, sobre todo, un sistema de garantías que los chinos del continente simplemente ni sueñan con tener. Es parte de lo que se conoce como “un país, dos sistemas”, principio que acordaron con los británicos en la Sino-British Joint Declaration de 1984 que desembocó en la trasferencia del 97 y al que los chinos se comprometieron a respetar durante 50 años.

El sistema judicial de Hong Kong se rige por unas cortes independientes basadas en el derecho consuetudinario inglés (common law); por eso ante el proyecto de extradición que planteaba Lam, esgrimiendo oscuros argumentos y asegurando que había sido una “idea de ella”, es entendible que a nadie le hiciera ninguna gracia en Hong Kong pasar de buenas a primeras de una Justicia independiente y con garantías basada en el common law, a un sistema de juicios sumarios y detenciones arbitrarias bajo el control del Partido Comunista como existe en la China continental.

El tema de mantener sus derechos, así como de que Beijing respete el principio de “un país, dos sistemas”, ha sido fundamental para los hongkoneses desde el primer día de regreso a la soberanía china; sobre todo porque lo primero que hizo el gobierno de Beijing en 1997 fue derogar una reforma electoral aprobada en los últimos años de la colonia que otorgaba a los habitantes de Hong Kong amplios derechos democráticos y de representación.

A la lucha por recuperar esos derechos la llaman en Hong Kong “democratic development” y ha estado en el centro del debate desde el vamos con protestas frecuentes y muestras de hostilidad hacia el autoritarismo de Beijing. Amén de albergar en el centro de sus reclamos el simple hecho de que los dejen votar a su jefe de gobierno, ya que ahora lo hace una comisión de notables todos controlados por el gobierno central.

Pero al menos, el “democratic development” seguía siendo un movimiento con una enorme presencia y prestigio y al que adhería la inmensa mayoría demócrata del territorio. Hasta que en 2012 llegó al poder Xi Jinping.

Para la vocación expansionista del líder chino, el problema de Hong Kong era un mero contratiempo en el camino. Desde el primer día se dedicó a socavar el “democratic development” y, aun desde antes, hizo nombrar jefe de gobierno de Hong Kong a CY Leung, un total adicto a Beijing que castigó el movimiento y persiguió a sus líderes.

Pero en 2014 la manera ridícula en que el gobierno de Xi decidió “acceder” a la demanda de elecciones abiertas desató las protestas masivas conocidas como “la revolución de los paraguas”. La decisión del gobierno chino fue que los ciudadanos de Hong Kong podrían ahora elegir a su jefe de gobierno pero entre una terna aprobada previamente por un club de notables similar al que ahora elige al mandatario (hoy, mandataria). En resumen, una tomada de pelo: no les impondrían un jefe de gobierno, sino tres para que eligieran uno. No es de extrañarse que todo haya terminado del modo en que terminó.

Nada de esto, sin embargo, afectó mayormente la imagen de Xi, que seguía paseando su expansionismo y su “poder blando” por el mundo, y hasta era aclamado en no pocos foros como un gran campeón del libre mercado, y su mega proyecto global de la Ruta y la Franja de la Seda seguía viento en popa.

En el interín, y ante el fiasco que había significado el gobierno de Leung en Hong Kong, aprovechó para hacer nombrar a Carrie Lam, una burócrata disciplinada y muy articulada que habla un inglés de Oxford y que había trabajado en la administración de Hong Kong desde épocas del dominio británico.

La enorme mayoría de los honkoneses ve al jefe de gobierno irremediablemente como un títere de Beijing; sin embargo Lam, con su imagen más independiente y eficiente, había conseguido hasta ahora al menos mitigar la crítica. Pero este error colosal le costará a buen seguro la carrera, y puede que algo más. Ha pedido perdón y aunque lo siga haciendo, no la van a perdonar. La artimaña ha quedado demasiado en evidencia y ha sido muy burda. De esas cosas no se vuelven en política.

Incluso para el propio Xi es diferente hoy que en la “revolución de los paraguas”. Esta vez el líder chino ha acusado el golpe. El proyecto de extradición fue simplemente demasiado, un golpe desesperado por imponer su autoritarismo a ultranza sobre la famosa isla e importantísimo centro financiero a nivel mundial. Y que dos millones de los siete millones de habitantes que tiene Hong Kong hayan salido a protestar fue un mensaje demasiado contundente como para que el mundo no volteara a mirar.

Para el chino no hay nada peor que “perder cara”, expresión en mandarín que significa ser avergonzado. Y primero tener que suspender la medida, y ahora no saber qué hacer con su marioneta Carrie Lam en la isla, es un bochorno insufrible para cualquier líder chino, pero más aun para Xi.

Sin duda lo agarra en un momento complicado a nivel internacional: con cuestionamientos crecientes a la Ruta y la Franja de la Seda, con algunos que empiezan a ver que los reclamos de Donald Trump sobre las prácticas de China podrían tener más asidero del que en un momento pensaron, o quisieron pensar, y con las denuncias de organizaciones de derechos humanos sobre las violaciones y la brutal represión contra los musulmanes de la etnia uigur en Xianjiang. Si a todo ello se le suma que llegue a fines de este mes con protestas en las calles de Hong Kong mientras él asiste a la cumbre del G20 en Osaka, Japón, sería ya una pérdida de cara en varios planos, una afrenta de marca mayor.

Sin embargo, al final de todo, queda la certeza del papel. Y esta para Hong Kong es que el principio de “un país, dos estados” solo rige hasta el 2047, así está estipulado en el tratado. Después de eso, el gobierno chino puede hacer con Hong Kong virtualmente lo que le venga en gana.

Hong Kong, durante un siglo, modelo de prosperidad, libertad económica y civismo (¿en qué otra parte del mundo puede haber una protesta de dos millones de personas y ni un solo incidente? Y a la noche, vuelven los manifestantes a limpiar todo); modelo no solo en el Asia sino en el mundo entero, y durante tanto tiempo considerado ese puerto seguro donde Oriente y Occidente se dan la mano (donde “East meets West”), todo eso podría en un tiempo relativamente corto ser chupado sin más por el totalitarismo chino. 

Es por eso que estas movilizaciones en la isla son un recordatorio de lo grave que una de las primeras potencias -muy probablemente, en breve la primera potencia del planeta- sea un régimen totalitario no solo capaz de someter a la opresión a miles de millones durante décadas, sino también de cercenar de tajo las libertades de aquellos que también por décadas han gozado de ellas.

Piezas
Los habitantes de Hong Kong han mantenido -no, sin dificultades- una serie de libertades civiles, altos índices de libertad económica y, sobre todo, un sistema de garantías que los chinos del continente simplemente ni sueñan con tener.
La enorme mayoría de la población ve al jefe de gobierno irremediablemente como un títere de Beijing. 
2 millones de personas participaron de las movilizaciones callejeras en Hong Kong, el domingo pasado, contra un proyecto de ley de extradición a China continental.
2047
es el año en que vence el principio “un país, dos sistemas” y, a partir de entonces, el régimen de Beijing puede hacer lo que quiera con Hong Kong.
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