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Los boliches y el alma uruguaya

Participan en ellos pobres y ricos, jóvenes y viejos, figuras prominentes y gente común, una “mezcla milagrosa”, al decir de un tango de Discépolo

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21 de septiembre de 2012 a las 00:00

Hace poco Carlos Maggi recordaba con nostalgia las ruedas de café en el bar Metro, en las que hace unos cuantos años participaba junto con Mario Arregui y otros escritores y periodistas, entre ellos Juan Carlos Onetti, Denis Molina, Líber Falco, Manuel Flores Mora y Felisberto Hernández, quienes también se reunían en el café Libertad de la Plaza Cagancha. Esas reuniones informales de los intelectuales, y de los uruguayos en general, en los boliches tienen una larga tradición. Al principio estaban las pulperías, que eran centros de interacción social. Luego vinieron los cafés y bares. Éstos, con sucesivos cambios que no alteraron su esencia, eran y en parte siguen siendo verdaderos foros de los pobladores de nuestra tierra.

Como escribió Aníbal Barrios Pintos, un gran especialista en el tema, los boliches “son una institución sustancial del vivir oriental”. Es que los boliches (en el único sentido dado antes a esa palabra), aún ahora en los barrios de Montevideo y en el Interior son puntos de reunión, sociabilidad, encuentro y tertulia. Participan en ellos pobres y ricos, jóvenes y viejos, figuras prominentes y gente común, una “mezcla milagrosa”, al decir de un tango de Discépolo. Son “recintos de confesiones y discusiones acaloradas e interminables”, ya sea de política, fútbol o lo que sea, cenáculos literarios (ahora menos), lugares de reuniones políticas, citas de negocios o amorosas, rincones donde estudiar, escribir, componer música, ahogar las penas, jugar a los naipes o al ajedrez o pasar el rato.

En un “boliche como hay tantos…” como dice el tango de Tito Cabano, por ejemplo, se fundó el Partido Socialista de Emilio Frugoni, en otro nació el Club Atenas y en muchos más se conspiró, se arreglaron entuertos y hasta se decidieron los destinos del país. En uno de los desaparecidos cafés Sorocabana Mario Benedetti escribió “La Tregua” y en el Café Brasilero Eduardo Galeano anota en sus minúsculas agendas frases a emplear en sus libros. El gobernante y político blanco Eduardo Víctor Haedo tenía su mesa fija en el Jauja y el batllista Luis Hierro Gambardella no faltaba en el Barrucci,

La precursora de estas instituciones de la “uruguayez” fue la pulpería que abrieron en 1724 en el embrión de Montevideo Pedro Gronardo y Jerónimo “Pistolete” Eustache. Era un rancho con techo de cueros vacunos donde los soldados y los gauchos bebían aguardiente, charlaban, jugaban a los naipes, compraban artículos varios y hasta se trenzaban en duelos a facón.

Después, las pulperías y negocios similares se multiplicaron como hongos. El naturalista francés Auguste de Saint Hilaire, de paso por Montevideo en 1820, se asombró porque “en una aldea de igual población en Francia apenas si habría una taberna, pero aquí hay por lo menos media docena.”

Por esa época ya habían aparecido los cafés, donde además de conversar y discutir se bebía un espeso chocolate, un espumoso café, la caña de La Habana y ginebra. Señero en la historia montevideana fue el Café del Comercio, vinculado directamente al 21 de setiembre de 1808, germen de la identidad nacional, señaló Barrios Pintos en “Pulperías y Cafés”, pues allí se inició de algún modo “la algarada popular que se dirigió ese día a la Casa de Gobierno a solicitar un Cabildo Abierto".

En los recordados Polo Bamba (1885) y Tupí Nambá (1889) se juntó la flor y nata de la intelectualidad y de la política. Allí charlaron o debatieron, en distintas épocas de la larga vida de estos cafés, Florencio Sánchez, Horacio Quiroga, Ernesto Herrera, Alberto Zum Felde, Ángel Falco, Roberto de las Carreras, Constancio C. Vigil, José Cúneo, Carlos Sabat Ercasty, Bernabé Michelena, Ovidio Fernández Ríos, Samuel Blixen, Natalio Botana, José Batlle y Ordóñez, César Mayo Gutiérrez y el anarquista y fanático peñarolense Carlos Balsán.

El poeta peruano Juan Parra del Riego y la argentina Alfonsina Storni escribieron en el Tupí varios de sus poemas, allí cantó Carlos Gardel y estuvieron García Lorca, Clemenceau, Anatole France, Jacinto Benavente y Gómez de la Serna. Más acá en el tiempo, se reunían en el viejo Tupí los actores de la Comedia Nacional, entre ellos Alberto Candeau, Enrique Guarnero, Estela Castro, Estela Medina, Héctor Cuore, Juan Jones y Horacio Preve. Y cerquita del Tupí estaba ya el inmortal Baar Fun-Fun, meca de todo tipo de personalidades y gente del barrio.

La lista de boliches que hicieron época por ser lugares de encuentro de periodistas, escritores y políticos, es interminable. Todos ellos son parte importante del alma montevideana y uruguaya. Este es un tipo de boliches que no debería morir.

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