Un plato con 100 ravioles y dos pechugas de pollo. Detrás de este monumento a la comida se encuentra Steve Toyloy, el nuevo jugador estadounidense de Urunday Universitario. Mide 2,03 metros, pesa casi 130 kilos y es como un paredón oscuro dentro de la pequeña y moderna cafetería del club de la avenida Suárez.
Toyloy tiene 23 años (nació en West Palm Beach, Florida, en 1987), y una masa de rulos cortos y barba retinta le crece por sobre la piel negra. En los bíceps posee dos tubos de pura fibra muscular. “Hay que alimentar ese cuerpito”, dice Marcelo Carrasco, chef de Urunday, responsable del estómago de Toyloy, la nueva figura de Urunday, donde lo miman de mil formas. Le consiguieron un apartamento en la calle Asencio, a la vuelta del club, para que pueda ir caminando a entrenar.
Toyloy está sentado en uno de los sillones de la sede de Urunday. Con voz pausada, charla con El Observador. Y a medida que su historia se despliega con simpleza y lenguaje coloquial, esta tiene puntos a las de otros que dejan su país para buscar horizontes en diversas ramas del deporte.
El Ramadán le vino bien
Si bien la carrera de Toyloy es corta tiene la misma complejidad del origen de su apellido. Sus padres son jamaiquinos pero por parte de padre tiene sangre china, quienes llegaron al Caribe cuando las islas eran colonias inglesas. Se mezclaron con hijos de esclavos y luego emigraron a los Estados Unidos en busca de un destino.
En 2008, Toyloy jugó en un colegio de Miami y allí captó la atención de un agente de jóvenes promesas, que le consiguió un lugar en los Cincinnati Bearcats. Allí pasó dos temporadas, hasta 2010, que Toyloy resume en tres palabras: “Not so good” (“no tan bien”). “Estaba gordo y comía todo el tiempo”, recuerda el jugador, mientras espera en su BlackBerry el llamado de un amigo norteamericano que vive en Uruguay con quien sale cuando no está entrenando.
Luego de Cincinnati, su agente le consiguió para jugar en un equipo turco. Ante la ausencia de algo mejor, Toyloy aceptó. Viajó a Estambul y jugó en el Spor. Recuerda su estadía de seis meses como una época donde pasaba mucho tiempo dentro de su apartamento, porque le tocó el Ramadán, el mes de ayuno diurno de los musulmanes. Pero el Ramadán, a final de cuentas, le vino bien, porque redujo grasas y ganó en músculo. Cuando ya estaba más adaptado, llegó la lesión de tobillo. Volvió a Florida y esperó con paciencia la recuperación.
A los dos meses llegó el fonazo del agente: “¿Uruguay?” Apenas había escuchado el nombre del país, pero consultó a Rashad Chase, quien jugó en Trouville. “Si tuviera una oportunidad me quedaría en un equipo para la Liga”, confiesa Toyloy, que ha hecho buenas migas con la gente. Para las fotos se saca la remera y desde la tribuna unos niños del club le gritan “¡Míster Músculo!” “Están locos”, les dice Toyloy riendo. El entrenamiento terminó. El jugador cruza Suárez y camina hacia su casa pateando las hojas caídas. En una bolsa de nylon se lleva la cena que le preparó Carrasco. Dos metros de básquetbol avanzan cansinos por la calle Asencio.