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Los dueños de la calle: tres historias del purgatorio

Las calles de la capital del país se visten de colchones y pedazos de cartones para albergar a indigentes que rechazan los refugios del Mides

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07 de julio de 2018 a las 05:00

Montevideo amanece todos los días con campamentos de personas tumbadas en las calles. En la imagen suele haber cartones, suciedad y trapos que hacen de frazadas. Están casi naturalizados dentro del paisaje capitalino, sobre todo en el Centro y Cordón, donde cantidad de ciudadanos caminan apurados a su lado en el inicio del día. Muy pocos giran la cabeza para mirarlos y nadie les habla. Ellos se camuflan en silencio.

Por la calle Colonia, por ejemplo, una mañana cualquiera pueden contarse más de 20 indigentes a lo largo de todo el camino. Y si se consideran las calles perpendiculares, suman muchos más. Por los alrededores de Ciudad Vieja son más de 15. Sobre 18 de Julio, directamente se pierde la cuenta según el recorrido que hizo El Observador el miércoles 4 de mañana. Algunas veces, a simple vista, pareciera haber solo un acumulado de basura. Pero debajo hay una persona durmiendo. Generalmente, un hombre.

La historia de quienes habitan el espacio público suele estar cargada de dramatismo. Ese es el caso de Alejandro.

"Llegué acá por la pasta base. Vivía en familia, con mi mujer y mi hijo, pero ta, preferí meterme esta mierda a estar con ellos", cuenta este hombre de 30 años que hace diez se fue de su casa para poder drogarse sin que nadie lo controle. Probó la sustancia con sus amigos bromeando y nunca más pudo dejarla. "La primera vez el viaje no estuvo tan salado, la cosa fue al otro día, cuando el cuerpo me pedía más". Las primeras veces que recayó intentaba encarar, dice. Disimulaba si había consumido. "Después ya no podía y quemaba todo, porque vivía encajado. No me quedó otra que ir para la calle".

Su primera noche en la calle la pasó durmiendo en la plaza del Entrevero. Hace dos años se "construyó una casa", dice, con dos pedazos de sillón que simulan de pared y un cartón que oficia de techo. A su alrededor hay un olor intenso a orina y la cantidad de mugre, entre restos de fruta, comida y plásticos, es abrumadora. Alejandro duerme todos los días justo al costado de la antigua estación de tren de AFE, donde comparte vereda con casi ocho personas más.

"Duermo ahí –dice y señala un colchón roto debajo del techo de cartón– pero ahora hay un par de negros porque ayer llegué re puesto y no pude pegar un ojo". Alejandro puede pasar casi ocho días sin dormir cuando consume mucha droga. "Quedo eléctrico y no duermo", explica. Y como no se acuesta, comparte su cama con otros indigentes. "Si nos apretamos, entramos hasta tres".


Mientras quema unos pedazos de polifón y algunas maderas para matar el frío, cuenta que sobre las nueve de la mañana va hasta la terminal de Río Branco a cuidar coches. Es su rutina diaria para pedir monedas. Generalmente consigue $ 1000 al día y se lo gasta en pasta base.

Alejandro a veces también roba. La primera vez fue dentro de su antiguo trabajo. Cuando todavía vivía con su mujer era empleado de una compañía de limpieza y robó para comprar pasta base. Viviendo en la calle también participó de hurtos y rapiñas. Con poco más de veinte años cayó preso en el ex Comcar. Y cuando recuperó su libertad volvió a delinquir y a caer.

Alejandro estuvo siete veces tras las rejas en menos de diez años. Siempre por culpa del circuito de la pasta base, dice.

"Todos los que ahora vamos en cana es por droga. Olvidate de esa cosa de robar para darle de comer a la familia. Eso ya fue, no existe más. Ahí adentro todos caen por la pasta base", asegura y continua: "Te das cuenta por la pinta con la que entran, son flacos, sucios y mugrientos, como yo".

La otra cara de los refugios

Para la personas que viven en la calle la única alternativa son los refugios del Ministerio de Desarrollo Social, lugares que suele despreciar porque dicen que les roban sus pertenencias o porque no los dejan entrar con sus mascotas callejeras.

"No estoy ni ahí con ir a los refugios, está de menos. Te rastrillan todo lo que llevás contigo", apunta Alejandro sobre su experiencia durmiendo en diferentes refugios. Lo que más le fastidiaba era que otros indigentes le robaban lo que tenía.

"Hay códigos en la calle y los ñerys te tantean. Si te mandan a la concha de tu madre, y vos no reaccionás, te agarran de hijo todos los días, porque la madre es sagrada y no se insulta. Entonces tenés que saltar, y así empiezan las peleas. Y cuando te distraés, te sacaron todo lo que llevabas", confiesa Alejandro.

La directora nacional de Protección Integral en Situaciones de Vulneración, Eleonora Bianchi, dijo a El Observador que esos relatos no condicen con la realidad. "A mí no me consta que sucedan ese tipo de cosas, empezando porque tenemos un sector donde recibimos críticas de los usuarios y no han denunciado nada parecido", detalló la jerarca y comentó que los recalamos giran en torno a disgustos por los alimentos y, tal vez, alguna conducta inapropiada, pero no robos o violencia desmedida.

"Yo fui una sola vez al refugio, cerca de Ciudad Vieja, y me desperté rodeado de ratas. No tenía mis championes y me tuve que ir descalzo en invierno. Es cualquiera, fuman más pasta adentro que afuera. Nadie pone orden, es un quilombo", dice Juan, otro hombre de 23 años, que con apenas 15 se fue de su hogar también por el consumo de pasta base. "La comodidad es horrible, pero lo peor es el ambiente. Nadie va a elegir dormir en los refugios esos jamás, te pueden partir la cabeza mientras dormís", agrega.


Bianchi insistió en que si bien ha escuchado por la prensa denuncias semejantes, confía en que el equipo de profesionales que trabaja dentro de los refugios está capacitado para garantizar una atención de calidad. "Errores existen pero siempre se corrigen. Si el ambiente es peligroso llamamos a la policía o suspendemos al usuario que tenga graves faltas de conducta", detalla la jerarca. En la actualidad hay 33 refugios nocturnos en el área metropolitana y dos diurnos, mientras se esperan incorporar dos tres más mediante llamado a licitación. Según Bianchi, el ministerio alberga más de 1600 personas todos los días.
Juan lleva una bolsa de nailon grueso siempre con él, donde guarda un colchón que enrolla todos los días para trasladarlo al sitio donde se tira a dormir. Generalmente, las noches las pasa cerca de la calle Paullier, a la altura de Ana Monterroso, en el barrio del Cordón sur.

El pasado 19 de mayo Juan recuperó su libertad, luego de vivir preso en el ex Comcar cinco años por una rapiña. No tenía plata y quería drogarse. Consiguió un arma y fue a una farmacia de 18 de Julio, asaltó a la caja y se fue corriendo. Un par de cuadras más adelante lo interceptó la policía y lo metieron de nuevo tras las rejas. Encerrado perdió un pulmón en una pelea de carcelarios por una disputa por un te de drogas.

Ahora que recuperó la libertad, jura que no volverá a robar. "Ya vi la parca una vez y no la quiero ver de vuelta", dice, y cuenta que ahora se dedica solo a cuidar coches por el barrio. Levanta cerca de $ 700 al día y de ellos, gasta unos $ 300 en pasta base.

La dureza del frío

Si algo tiene el invierno para quienes duermen a la intemperie son las horas gélidas de la madrugada. Pero curiosamente, algunos indigentes prefiere las zonas costeras sobre los rincones internos de la ciudad. Algunos se drogan para no sentir y otros simplemente se acostumbran, o salen a dar un paseo de madrugada para caminar y estar en movimiento.

Heber, otro cuida coche de 49 años, duerme hace más de diez años en la misma plaza, la del Dique Mauá. Y no le importa si sopla fuerte o suave porque le gusta la vista. También le gusta la grapa miel y con ella mata las madrugadas de viento fuerte.

Tiene montado su campamento cerca de otros que duermen en la misma zona pero, según cuenta, todos se respetan. De vez en cuando surgen problemas porque alguno le roba la comida a otro, o se le lleva una frazada, pero no siempre termina en un conflicto. Depende de la paciencia que tenga cada uno.

Heber también estuvo en la cárcel, otra característica que comparte mucho de los sin techo. Estuvo tras las rejas en dos oportunidades diferentes que sumaron un total de 6 años, uno por cada bala que recibió en su cuerpo. "Cuatro de esos tiros me quedaron adentro", recuerda. En la cárcel presenció motines y cantidad de actos violentos, tantos que hasta en uno vio morir a su propio hijo.

"La vida a veces te lleva por camino que ni te imaginás, y después de mucho andar, te das cuenta que lo único que importa es la libertad, por eso no voy a dejar nunca la calle ni esta plaza", dice emocionado y se despide para ir a lavar un auto de la cuadra.

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