Creo que no se me puede criticar por apoyar demasiado al gobierno; he dicho más de una vez que en situación de boom económico el gobierno debe cuidar sus gastos, lograr superávit fiscal, bajar deuda y realizar obras importantes de infraestructura que servirán para bajar costos durante décadas.
En este periodo de bonanza nuestro gobierno hizo lo contrario: gastó de más, mostró altos déficits, aumentó la deuda y dejó caer la infraestructura. Eso está mal resuelto sea a nivel de familia, empresa o país, y si no se convencen basta con preguntar cómo hacen países más o menos bien manejados, como Chile o Finlandia.
Pero fuera de mis críticas a estos resultados de gestión que son malos sin levante, he apoyado al gobierno en su voluntad de encarar grandes proyectos, justamente en esos en los que es fácil ponerse en la vereda de enfrente y criticar desde actitudes principistas, pero alejadas de lo que es gobernar con realismo.
Me pareció bien la idea de invertir en la gasificadora porque el gas es un combustible más abundante, barato y con menos polución que el petróleo.
También apoyé la idea de construir un puerto de aguas profundas porque su fundamento no es financiero sino estratégico: los barcos van a ser cada vez más grandes pasando del Panamax de 40 mil toneladas a los gigantes de 120 mil. Es muy difícil predecir la demanda futura de carga de un puerto, porque su propia existencia genera oferta de negocios que hoy ni se vislumbran. El día que atraque en un puerto uruguayo el primer barco de 120 mil toneladas habrá negocios que hoy sencillamente no existen y Uruguay no dependerá de nadie para dragar un canal o permitir un paso de embarcación y eso, para mi, no tiene precio.
Un puerto de aguas profundas en Rocha cuesta unos 2 o 3 mil millones de dólares; ¿cómo no lo va a poder hacer un país que gasta 14 mil millones anuales? Y esas inversiones vienen financiadas a tasas bajísimas a largas décadas por organismos multilaterales.
Otro mega proyecto muy discutido y en el que también apoyé al gobierno es Aratirí; nadie deja de explotar sus recursos minerales: Chile saca su cobre, Arabia su petróleo, Sudáfrica sus diamantes. La minería a cielo abierto transforma unos cerros poco productivos casi con forma cónica hacia arriba en unos lagos con forma cónica hacia abajo; es mucho mejor que la minería en túneles, donde los obreros mueren a los 40 años, como en Bolivia hoy. También es cierto que la minería de hierro no usa químicos peligrosos como el cianuro en el caso del oro, contra cuya explotación nadie dice nada en Uruguay.
Es claro que en cualquier actividad de gran porte se dan impactos ambientales iguales, menores o peores que plantando 2 millones de hectáreas de soja o 1 millón de hectáreas de árboles; pero hay que plantar la soja, hay que plantar los árboles y hay que extraer el hierro. Se deben realizar las evaluaciones de impacto ambiental bien hechas y, para eso, yo pienso que no se debe presionar a la Dinama. No hay agencia que pueda tener especialistas en puertos de aguas profundas, gasificadoras, papeleras, minas de hierro y sea capaz de producir informes certeros en plazos razonables.
Lo que se debe hacer en los grandes proyectos, como hace la IFC del Banco Mundial, es pedirle a los promotores del proyecto que paguen una suma importante y previa para su estudio y evaluación; con esos recursos se contratan las mejores consultoras mundiales independientes (que han evaluado decenas de proyectos similares en todo el planeta) para que entreguen en un plazo acotado su evaluación de impacto y de medidas compensatorias.
Así se trabaja a fondo, en plazos cortos por contrato y con capacidad técnica y experiencia probadas. Con esos reportes independientes, pero hechos rápido y bien, las autoridades luego toman las decisiones que correspondan.
Por último, he apoyado la idea de rearmar un sistema ferroviario de carga realmente útil para sacar a puertos la producción no perecedera del país; el gobierno se ha declarado decidido a avanzar en esta línea pero nada ha sucedido, parece que por causa de resistencias gremiales enquistadas en unos pocos cientos de funcionarios.
Va quedando muy claro que el gobierno perdió todas sus batallas con los sindicatos sea en educación, ferrocarril y tantos casos más; esperemos que las nuevas autoridades hagan uso exactamente de eso, de su autoridad, que para eso fueron votados. Y así los grandes emprendimientos y la mejora decisiva de la educación pasen a ser una realidad.