1 de agosto de 2014 20:16 hs

Si todas las alumnas del colegio donde concurre Wadjda van con unas balerinas negras, medias cancán y polleras largas por debajo de una larga túnica del mismo color, Wadjda va con una túnica idéntica, pero debajo tiene un vaquero y en los pies usa unos All Star rayados con drypen.

¿Significa esto que Wadjda es una rupturista empedernida de las normas sociales y culturales de su Arabia Saudita natal? En la visión del régimen, representado por su maestra y por la directora del colegio, técnicamente lo es, pero concientemente no, porque tiene solo 11 años, y su adultez apenas está aflorando, su preadolescencia se encuentra sobre su piel.

Wadjda es la protagonista de La bicicleta verde, una película saudita que se estrenó el jueves pasado en Uruguay y que debería seguir en cartel por unas cuantas semanas más, porque es la sorpresa cinematográfica en lo que va del año.

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El nombre original del filme es el de la protagonista, esta niña que camina hacia la juventud con pasos sinuosos, en Riad, capital de Arabia Saudita, un reino musulmán de los más conservadores en cuanto al papel de la mujer en sociedad.

Y el nombre se justifica porque esta niña se roba totalmente la película, de principio a fin. Desde ese plano inicial a nivel de piso de los zapatos de las alumnas hasta su caminata hasta su casa, hasta su cuarto, donde escucha música pop en un casette dentro de un viejo radiograbador, que tiene una antena improvisada fabricada con perchas de alambre.

Wadjda es distraída, posee ese ensimismamiento de las chicas que empiezan a entender sus deseos internos de querer pintarse las uñas, de tomar decisiones propias, que quieren cosas y no cejan hasta conseguirlas.

La niña tiene un amigo varón, Abdullah, que aunque tiene su misma edad es claramente más bajo, como suele suceder en esa etapa de la vida. Abdullah tiene una bicicleta, pero Wadjda no, porque el islam no lo permite. Existe la creencia de que si una mujer anda en bicicleta quedará infértil.

Un día volviendo de la escuela, pateando piedritas en un baldío, Wadjda tiene su revelación: ve una biclieta verde sobre una camioneta que la cautiva de tal manera que no puede evitar correr tras ella. ¿Es un signo de sumisión al materialismo, en un ser al que no lo atre para nada el Corán? No, es solo una niña enamorada.

La bicileta es cara y Wadjda no posee esa cantidad. Entonces decide anotarse en un concurso escolar para leer versos coránicos. El premio en dinero supera el precio de la bicicleta.

La película narra esta preparación, este entrenamiento, en medio de una crisis familiar donde el padre de Wadjda está eligiendo a una segunda esposa, con el duelo que significa para la madre. Mientras tanto, Wadjda recibe las reprimendas de su comportamiento en clase y luego transita una esepcie de redención infantil (que en realidad tiene un sentido utilitario y directo) en su estudio de la religión de Alá.

El gran mérito de la directora saudita Haifaa al-Mansour es contar una historia que parece sencilla pero tiene la sutileza, la gracia y el drama asordinado de la mujer en una sociedad musulmana retrógrada para la mirada occidental, y logra emocionar sin estridencias ni explícitos discursos políticamente correctos (también para ojos de Occidente).

Con guiños que por momentos se asemejan a Los 400 golpes de Truffaut o a Papá salió en viaje de negocios de Kusturica, al-Mansour consigue llevar a buen puerto una película que pedalea libertad con fuerza de feliz juventud.

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