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Lula y Alckmin decidieron reducir sus diferencias e intentar una coalición capaz de vencer a Bolsonaro 

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Lula y una fiesta de casamiento con traje presidencial

El expresidente sella su alianza con el centrista Alckmin para conformar una alianza que le permita disputar las elecciones de octubre en Brasil

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27 de mayo de 2022 a las 14:51

Si bien tiene la mirada puesta en las elecciones presidenciales del próximo 2 de octubre, donde su contrincante será sin duda el presidente Jair Bolsonaro, el pasado 18 de mayo Lula clavó los ojos en los de Rosangela Da Silva —Janja— y los dos dieron el sí ante el obispo emérito Angélico Sandalo Bernardino, amigo desde los años setenta del entonces líder metalúrgico de San Pablo en tiempos de dictadura.

Había tenido dos matrimonios anteriores y en ambos había enviudado. Atrás quedaron esos duelos, atrás quedaban los 18 meses de prisión sufrida entre abril de 2018 y noviembre de 2019. Un encarcelamiento que pudo demostrar como fraudulento y cuya condena fue declarada nula por el Tribunal Supremo de Justicia hace un año.

El casamiento de Lula se llevó a cabo en San Pablo y en la fiesta casi íntima —con apenas 150 invitados a quienes se les pedía que dejaran sus celulares a la entrada— tuvo a Geraldo Alckmin y a su esposa María Lúcia Ribeiro como figuras centrales. Sencillamente porque este médico y exgobernador del Estado de San Pablo será su compañero de fórmula y porque fue, en las elecciones de 2006, su filoso contrincante.

En efecto, Alckmin —que se abrazó reiteradas veces con Lula y con Janja en la velada matrimonial— fue el contrincante al que Lula vencía en segunda vuelta en 2006. Por entonces, Lula era el izquierdista líder del Partido de los Trabajadores y Alckmin el referente de la centro derecha del Partido de la Social Democracia Brasileña.

Lula presidió los destinos del gigante latinoamericano por siete años y luego sucedido por Dilma Rousseff, de su mismo partido. Discrepancias al interior de la coalición encabezada por Dilma culminaron con su destitución y a un descalabro que tuvo su punto de inflexión en la llegada de Bolsonaro al Palacio del Planalto en Brasilia el 1° de enero de 2019.

El racismo explícito contra los afrodescendientes, la desforestación escalofriante de la Amazonía brasileña, la pésima gestión de la pandemia con arrebatos contra las campañas de vacunación mostraron en estos años el autoritarismo de Bolsonaro.

Sin ir más lejos, el miércoles 25 de mayo, el exparacaidista militar, usó sus redes sociales para felicitar “a los guerreros” del Batallón de Operaciones Especiales y a la Policía Militar de Río de Janeiro “que abatieron por lo menos a veinte marginales vinculados al narcotráfico”.

Se trató de una acción espectacular en la favela de Vila Cruceiro de Río de Janeiro en la que no se reportaron bajas de los uniformados ni quedó claro si se trató de un enfrentamiento o de muertes extrajudiciales con las que Bolsonaro, sin duda, mantiene una base de popularidad entre sectores significativos de la sociedad.

Es en este escenario en el cual los exadversarios Lula y Alckmin decidieron reducir sus diferencias e intentar una amplia coalición capaz de vencer a Bolsonaro el próximo 2 de octubre. El reducido festejo del casamiento de Lula y Janja también significa una tensión y un acercamiento entre los dos integrantes de la fórmula presidencial.

En efecto, desde la religiosidad, Lula proviene de una familia pobre del nordeste de origen católico y llegó siendo un adolescente a San Pablo donde pudo ingresar como aprendiz en una empresa metalúrgica. No dejó de cursar sus estudios secundarios a la par que trabajaba jornadas extenuantes. Percibió, como toda la muy politizada clase obrera paulista, que los tiempos de la dictadura militar instaurada en 1965 abrían una puerta para la creación de una fuerza política nueva, distinta del Partido Comunista de fuerte arraigo en los años ‘30 y ‘40.

Su catolicismo fue de la mano de los obispos y sacerdotes alimentados por la Conferencia Episcopal de Medellín de 1968 y los lineamientos que llevaban a una iglesia comprometida con los más humildes. De allí su amistad con el entonces sacerdote Angélico Sandalo Bernardino. Ya convertido en obispo, cuando Lula estaba en prisión y en abierto desafío a Bolsonaro, Bernardino ofició una misa en memoria de María Letícia Lula Da Silva, fallecida en 2017 y quien fuera la primera dama durante los años de Lula presidente.

Geraldo Alckmin nacido en el Estado de San Pablo, en cambio, proviene de un sector social acomodado, se recibió de médico y su vida religiosa siempre fue cercana a los sectores conservadores. A menudo, cuando le preguntaban por su pertenencia al Opus Dei, Alckmin se iba por la tangente. Era algo que no quería asociar a su carácter de dirigente político y menos aún a las distintas funciones públicas que ocupó.

En la fiesta de casamiento también estuvo Dilma Rousseff, sucesora de Lula en el Planalto pero con quien el líder del Partido de los Trabajadores tuvo innumerables desencuentros.

“Es una nueva etapa en mi vida”, dijo aquel día Lula. Si bien lo hizo en la emoción que le causaba casarse a los 76 años después de haber enviudado dos veces, la referencia tiene una lectura política muy clara.

En la elección que consagró a Bolsonaro en octubre de 2018, Alckmin se presentó y obtuvo apenas el 4,76% de los votos. El propio Lula no pudo presentarse y estaba preso, procesado por presuntos delitos de corrupción en una causa iniciada por el juez Sergio Moro, cuyo prestigio crecía con el Lava Jato, que destapaba pagos ilegales por parte de poderosos empresarios brasileños a funcionarios y congresistas.

Moro dejó el Poder Judicial para incursionar en la política al aceptar ser el ministro de Justicia de Bolsonaro. Pretendió jugar un papel descollante pero el presidente, además de autoritario, tenía claro que no iba a ser el trampolín del exjuez Moro, quien había sustanciado los expedientes que llevaron a Lula a prisión.

En abril de 2020, ya con Lula libre y a la espera de que la máxima autoridad judicial de Brasil decidiera si las acusaciones hechas por Moro eran ciertas o no, el exjuez renunció a la cartera de Justicia. Tiempo después, el Tribunal Supremo dictaminó que Lula era inocente. Moro quedó entonces lejos de Bolsonaro y lejos del Poder Judicial donde había realizado su carrera.

Cuando se pierde poder, las paradojas de la vida adquieren tintes muy fuertes. En efecto, el pasado 23 de mayo, un juez federal de Brasilia procesó a Moro a pedido de una acción colectiva de los congresistas del Partido de los Trabajadores.

El exjuez fue procesado por una causa muy particular: “por los daños económicos causados a la poderosa Petrobras y a otras empresas que quebraron por acusaciones realizadas en la operación anticorrupción Lava Jato”. Quienes promovieron la causa pidieron al magistrado Charles Frazado de Morais que Moro “pueda contar con el derecho a defensa y presunción de inocencia que Lula no tuvo”.

La referencia no es inocente: Moro dictó prisión preventiva a Lula mucho antes de contar con elementos probatorios de las acusaciones contra el ex presidente. El tiempo —y los tribunales superiores— le dio la mano a Lula.

“Una nueva etapa en la vida”, dijo Lula y su mirada está puesta en las elecciones presidenciales del 2 de octubre donde enfrentará de la mano de Alckmin a un Bolsonaro dispuesto a dar pelea.

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