La imagen se repite en distintas calles de Montevideo: fragmentos de vidrios muy cerca del cordón de la vereda. A veces son astillas o esquirlas que quedan por días. Otras veces son una pantalla con silicona en que los trocitos quedan pegados. Cada tanto un auto al que le falta una ventana y su dueño en el apuro la selló con una bolsa. Otro que no se dio cuenta y dejó el lateral al descubierto. ¿Qué está pasando?
Los números del Ministerio del Interior no muestran un incremento en las denuncias del robo de vehículos. Al contrario. Hubo una baja cercana al 8%. Cinco de las principales empresas de cambios de vidrios de autos —que juntas atienden a más del 90% del mercado de Montevideo— coinciden: “no hay un incremento explosivo de robos”. La frase es textual, pero bien podría atribuirse cualquiera de los consultados
Ha habido un poco más de demanda de cambios de parabrisas por roturas u otros vidrios por accidentes, ya que ahora buena parte de las aseguradoras incluyen esa prestación sin quitar del deducible. Pero, ¿qué explica esos vidrios rotos de autos estacionados en el Parque Rodó, en el Centro, en Ciudad Vieja, en Parque Batlle o Pocitos? ¿Por qué esos vecinos que dejaron el auto fuera de un garaje amanecen con la ventanilla rota y cuando se van a fijar no se le han llevado nada?
Uno de los encargados del Mundo del Parabrisas bromea que ya está acostumbrado a distinguir cuándo el culpable de un vidrio roto es un “chorro” o un “pastoso”. Lo dice en un tono coloquial para explicar la diferencia: “Una silla de bebé sale mucho más que una moneda que puedan encontrar tirada, pero el pastoso (consumidor problemático a la pasa base) no se la va a llevar. Tampoco el gato del auto. A lo sumo es un perfume, una moneda a la vista, unos lentes o ni eso. Aquello del romper para robar una radio o una cartera a la vista es bien distinto”.
Su colega de Parabrisas Ejido también lo escucha en el relato de algunos clientes en zonas cercanas a refugios o donde acampa gente en situación de calle. En Parabrisas CristalAuto lo describen “rompen por si las dudas, para revolver”. Y en Parabrisas Citilond (Miguelete) reconocen que el fenómeno le está pasando a muchos extranjeros que alquilan autos y lo dejan en la calle toda la noche. A Compañía de Cristales le pasa lo mismo.
Es entonces que esa rotura del vidrio deja ver —valga el doble sentido— un problema más complejo detrás de este “cambio de patrón”.
La salud de una sociedad
El consumidor problemático de pasta base no siempre tiene la desesperación de consumir si está en abstinencia. “Aunque lo barato sale caro”, dice el psiquiatra Gabriel Rossi, secretario de la Junta de Drogas, para explicar que cuando el “pegue” baja muy rápido, “puede ocurrir que combinado con otros trastornos de salud mental pueden llevar a esos actos más impulsivos”.
Pero la pasta base por sí sola no genera, según el experto, una desesperación de abstinencia como causan las adicciones a los opiáceos (fentanilo o morfina), el alcohol, o muchos antidepresivos.
Lo dice para quitar el mito de que la pasta base es la que lleva a cometer actos sin pensar. Y en eso es enfático: “Hablar de salud mental está de moda. Pero siempre que hablamos de drogas, es hablar de salud mental. No solo en los casos de consumo problemático. También en aquel que llega estresado a la casa y se toma un whisky para aflojar. O el que se automedica con un ansiolítico para calmar padecimientos que son psíquicos”.
La combinación de muchas personas en situación de calle que pasan a la intemperie, sobre todo ahora que no empezó el invierno, entre los cuales hay muchos con adicciones, experiencias carcelarias (por lo general por delitos menores), que no quieren ir al refugio va ensanchando el problema de fondo.
Y es entonces que el antropólogo Marcelo Rossal, complejiza todavía más el punto: “Hay que sumarles malos tratamientos, bolsas de pastillas que se les dan a muchos adictos, un sistema de salud que no está preparado y en que por lo que hacen unos pocos, pagan muchos”.
¿A qué refiere? Lo ha visto en el Parque Batlle y en otras zonas de estudio. Los que rompen los autos tal vez no son tantos, pero como se dice en la jerga, “queman” al resto. Pagan justos por pecadores. Y suelen verse afectados otras personas en situación de calle que nada tienen que ver ni son violentas.
Eso, admite el antropólogo, genera problemas de convivencia. Pero “hasta en eso hay una hipocresía”. ¿Por qué? “Porque como vecinos nos quejamos de un contenedor de residuos desbordado, pero bien que luego dejamos una chatarra al lado porque 'alguien se la va a llevar' o sacamos la basura a cualquiera hora sin medir las horas de recolección”.
En definitiva los vidrios rotos no son otra cosa que un espejo en que la sociedad se ve reflejada a sí misma, solo que, como los vidrios, hay que juntar los fragmentos para entender la complejidad detrás del fenómeno.