El Observador | Nicolás Tabárez

Por  Nicolás Tabárez

Periodista de cultura y espectáculos en El Observador desde 2014. Para este medio produjo, guionó y condujo los podcasts Jaime: historia de un pionero y La herida. Desde 2017 coconduce y coproduce el podcast de cine Santas Listas. 
11 de abril 2020 - 5:04hs

Cada mañana, María Noel Marrone es la encargada de conducir Desayunos informales, un programa periodístico en el que las noticias y las entrevistas de actualidad mandan. Y cada tarde es parte del equipo de Justicia Infinita, en el que la tónica es mucho más relajada y de entretenimiento. Pero las fronteras entre esos dos mundos se han ido borrando, tanto para ella como para el público y los formatos. En Desayunos se permiten las risas al aire, y este año, con la llegada de Justicia a Urbana FM, el programa agregó un espacio de tertulias en el que se comentan eventos noticiosos.

Marrone navega sin ningún problema entre esos dos espacios, y a esta altura ya lo hace como algo completamente natural. Lo que no es tan natural es la situación actual provocada por la pandemia de coronavirus, que obliga a que esta entrevista sea a distancia, y que en el caso de la periodista, también alteró su rutina y los métodos de trabajo, como los de tantas otras personas.

“Cada día duermo menos”, dice Marrone del otro lado del teléfono, pero lo matiza con una risa. Desde la madrugada a la tarde trabaja, y luego corre de vuelta a casa para que su esposo vaya a trabajar mientras ella se hace cargo de cuidar y acompañar a su hija de edad escolar. “Estoy preocupada, pero llevándole tranquilidad a ella. Con su edad es lógico que sea curiosa y tenga preguntas, entonces hay que explicarle, y también ayudar a la familia que lo precisa porque no puede salir”, explica. “Trato de salir lo menos posible, pero con el trabajo no me queda otra. Lo bueno es que por más que están las medidas de prevención tanto en el canal como en la radio, y estamos siempre manteniendo la distancia, mantengo el contacto con los demás, que ayuda mucho, pero teniendo claro que cuanto mejor nos portemos con lo que se pide, más rápido va a terminar esto”.

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¿Cuál es el rol que tienen que tener los periodistas en este momento, sobre todo en tu caso, siendo una cara visible de un programa periodístico, y una voz de un éxito radial?

Hay que trabajar con mucha responsabilidad y con mucha empatía. Hay que ser claros y precisos. Ya hay un gran entrevero a nivel mundial con toda la información que hay, y encima están las redes sociales y las cadenas de Whatsapp, entonces hay que aportar en ese sentido. Igual el lío fue más al principio, ahora la gente ya tiene más claro lo que tiene que hacer para cuidarse, hay campañas que lo explicaron, simplemente hay que reforzarlo. Y también hay mucha gente sola, con miedo y sin nadie a quien pedirle ayuda. Otros que viven de lo que ganan en el día, y otros que se quedaron sin trabajo. Incluso están aquellos que tenían previsto un tratamiento médico o una operación y con todo esto quedó postergada. Hay que acompañarlos y no quebrarse, ser un apoyo. Y tener la información correcta, e incentivar a que la gente cumpla.

¿Considerás que los medios uruguayos están haciendo un buen trabajo en su cobertura de la pandemia?

No puedo hablar en general porque paso muchas horas del día en los dos medios en los que trabajo (Teledoce y Urbana) y cuando salgo no tengo mucho tiempo para ver en detalle lo que hacen los demás. En general creo que a nivel mundial falta información y conocimiento para cubrir algunos temas, como aquellos vinculados a la salud y en este caso se notó que no todos sabían cómo reaccionar, porque además es una situación poco frecuente. Le pasó al gobierno, a la oposición, a los médicos y a los periodistas. Más allá de eso creo que se hace lo que se puede y lo mejor posible. En el canal y la radio se trabaja con responsabilidad, y entre nosotros también lo discutimos mucho, lo debatimos, eso está bueno también. Somos un grupo heterogéneo. Entonces discutimos qué decir, con quién hablar, tratando de ir todos para el mismo lado.

¿Ya está acostumbrada a los cruces con políticos y a las críticas de “sos de derecha o de izquierda”, no solo del público, sino a veces también de los mismos políticos, como el caso de José Mujica en octubre de 2019?

Cuando trabajé en Telemundo hacía sobre todo copetes, la presentación de las noticias, pero también trabajé en la calle y haciendo móviles, lo que te da una experiencia con ese tipo de situaciones y cruces. Te dicen “¿por qué lado viene tu pregunta?”. Y en Desayunos pasa mucho más, pero no por eso dejamos de preguntar nada. Me ha pasado que el mismo día me digan que soy de derecha y de izquierda, creo que eso lo único que demuestra es que hacemos las preguntas que tenemos que hacer.

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¿Te influyen las críticas sobre las entrevistas que hacés?

Hay veces que te atacan por el ataque en si mismo, hay mucha violencia y se va de las manos. Yo le erro como todos, sobre todo en este caso que es en vivo. A veces termina la entrevista y me doy cuenta de que me faltó preguntar por un tema, o que tendría que haber preguntado otra cosa y profundizar en otra cuestión en lugar de en la que nos metimos. Si es una crítica constructiva, con respeto, la escucho, la contesto, la acepto y me corrijo.

Los cambios en el equipo de Desayunos informales han sido frecuentes, el más reciente fue la despedida de Juanchi Hounie y el ingreso de Facundo Macchi. ¿Cómo es el trabajo de adaptación ante esos cambios periódicos?

El equipo que duró más fue el que teníamos cuando arrancamos. Nos juntábamos mucho en las oficinas de la productora Zur, que era la responsable del programa en aquel momento, ahora es una producción del canal. Hacíamos asados. La idea era conocerse, discutir, medir las reacciones del otro. Y después empieza a desarmarse una punta, pasa siempre, los cambios son habituales. Al principio perdés energía, porque te preocupa que los recién llegados se adapten, que nadie quede fuera. Hay que mirarse para conocerse, ver cuándo quieren entrar en la entrevista, y eso lleva un tiempo. Pero con Facu la integración fue enseguida, con Juanchi había pasado lo mismo. Ahora ya funciona y tenemos mucho diálogo entre nosotros, todo el día.

¿Te sentís cómoda en el rol de líder y conductora que tenés en Desayunos?

Estoy cómoda, sí. Pensé que no me iba a pasar, porque estaba más acostumbrada a trabajar en roles de equipo en la radio y en la tele. Jugaba en todas las canchas, pero siempre rodeada. Y cuando me llamó el productor Iván Ibarra me sorprendió, primero la propuesta de una apuesta a un programa así en la mañana. Y fui pensando que era para integrar un equipo, cundo me planteó que yo condujera me sorprendió el triple. Poner una mujer al frente, incluso, porque era otro momento. Tenía dudas, le dije “no sé qué se espera de ese lugar”, y él me dijo que lo sintiera de a poco. Y fue así. Igual vos de afuera lo ves y soy la conductora pero hay una dinámica de equipo, estoy muy acompañada.

¿Cuál fue la entrevista más difícil que tuvo que hacer?

No me paso nunca de vivir un destrato o de alguien que no quisiera contestar. Si tengo que decir una te digo la que tuvimos con la esposa de Eugenio Figueredo, que se metió de improviso en un móvil que estábamos haciendo con su hijo, y empezó a increparme, a decirme que era una mentirosa. Y yo había leído lo que estaba en la Justicia, tenía artículos. Fue violento, estaba sacada, pero era lo que su esposo y los demás implicados habían declarado en la Justicia por el caso de la corrupción en FIFA y Conmebol. Y después un episodio con alguien del fútbol, a quien no quiero nombrar, en mi primer año en el programa, que no me miró en toda la nota y cuando le preguntaba miraba a mis compañeros hombres, fue incómodo. No sé si se notó al aire. Pero nunca me cortaron ni se me fueron. Sí tuve cruces y diferencias, pero nunca algo así. Lo que sí tuve fue montones de entrevistas bizarras. En un festival de música en Argentina, los de una banda me pedían sustancias y amenazaban con no darme la nota. Al final me la dieron, las sustancias las consiguieron por otro lado, supongo. Y entrevisté a (Diego) Maradona la noche antes de que entrara en coma en Punta del Este, trabajando para Del Sol. Me metí en el supermercado mientras compraba. Estaba con Claudia y sus hijas, que en ese momento eran niñas, entonces esperé que se quedara solo. En una quedan Guillermo Cóppola y él, con carros llenos de botellas, estaba verborrágico, y dio la nota. Y cuando me iba le dije: "Esta noche hay fiesta”. Y al otro día estaba en el hospital, cubriendo los partes médicos.

De mañana un programa periodístico, de tarde uno más volcado al entretenimiento. ¿Es difícil hacer ese desdoble?

Ya sale natural lo del desdoble, cuando empecé en Justicia yo estaba en Bien Despiertos, que era un magazine en año electoral, entonces era más suave. Ya en Telemundo tenía que cuidarme más. Pero cambió, ahora un programa se puede quebrar más aunque hagas entrevistas políticas. El periodista político serio que no sonríe ya no existe más. Y también la radio es distinta, es más espontánea y natural, sos 100% vos, en la tele está la imagen, que no es que no seas vos mismo, pero tenés otro cuidado. En radio te soltás más, y está la cuestión del grupo también, son amigos. Igual este año estamos más serios en Justicia, con las tertulias. Cada vez se nota menos esa distinción.  

Si llegara el caso y te vieras obligada, ¿eligirías entre uno de esos dos perfiles?

Hoy se puede llevar una cosa a la otra salvo casos que son tragedias. Tengo la suerte de no tener que elegir, así que no es una discusión que por ahora me plantee.

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En 2019 les tocó con Justicia Infinita enfrentar la muerte de la pareja de Gonzalo Cammarota. ¿Cómo fue volver a salir después de esa situación?

Fue horrible lo que pasó. Estábamos al aire, Gonza no había ido y no contestaba nada, nos había dicho del accidente pero nada más. Cuando supimos lo que había pasado cortamos el programa y por unos días no salimos. No tenía sentido volver sin él, la prioridad era acompañarlo. Pero tuvo la valentía de volver, Gonzalo es muy caprichoso, y se le metió en la cabeza que iba a volver. Y lo hizo, y encima habló como lo hizo el día que volvió. Podría haber tenido una reacción de “por qué a mí”, de negarse a ayudar a los demás por lo que le había pasado, pero Justicia no solo es parte de su vida, sino que también se puso en el lugar del otro, de gente que la pasa mal y para los que nosotros somos compañía, y quiso volver por ellos. La llevamos como pudimos. Él nos decía: “Tengo el resto del día para llorar y estar mal, acá vengo a pasarla bien”. Y era lo mínimo que podíamos hacer por él.

Este año tuvieron un cambio grande con la llegada a Urbana, procedentes de Océano.

Fue otro sacudón, en lo personal fue raro, yo empecé en radio en 1999 en la vieja Del Sol y de ahí me fui a Océano, donde me fui y volví. Con el embarazo y también Telemundo, necesitaba ordenarme. Ya más ordenada, y viendo de volver me llamo Iñaki Abadie, que estaba armando la nueva Del Sol, para proponerme hacer Quién te dice. Lo hablé con Gonza y Salvador Banchero, y lo acepté. Al año siguiente Salva se fue a España sin un plan concreto de cuándo volver o qué hacer, y Gonza quedó solo, charlamos, lo expliqué en Del Sol, y volví. El año pasado Océano tenía dudas, quería hacer algunos cambios y nos llegó la propuesta de Urbana, hicimos la jugada y estamos super contentos. Pero tengo amigos en los dos lugares y mucho respeto por ambos lugares.

Como parte del equipo, ¿qué considera que tiene Justicia Infinita para perdurar tanto, mantener su éxito y haberse convertido en un programa con un seguimiento casi que de culto?

Cuando ellos arrancaron, antes incluso de Océano, eran tres mocosos irreverentes, eran como esos estudiantes de cine que acaban de terminar sus estudios y les dan el presupuesto para su primera película y quieren hacer todo junto. Patearon el tablero, fue un programa para una generación que no se sentía identificada con lo que había en ese momento en la radio, porque uno a veces escucha lo que hay, sobre todo en ese momento que no tenías la opción como ahora de escuchar programas de afuera. Eran como (la película) 25 watts, lo escuchabas y decías, “se parecen a mí”. Se armó un manada de gente perdida, y después con Océano se hizo más prolijo, con más estructura y profesionalismo. Agarraron más generaciones, se fueron sumando escuchas de otros grupos, ahora tenemos gente que escucha con los hijos. Ha ido cambiando, de nombres y espacios, incluso de los temas que se tocan, pero siempre con eso de lo cotidiano. Por eso hay un espacio para los mensajes, para testear lo que busca la gente.

En 2018 anunciaste que te retirabas de la organización de los premios Graffiti, de los que fuiste una de sus creadoras. ¿Por qué tomaste esa decisión?

Con Miguel Olivencia éramos compañeros en Océano y veíamos el trabajo que hacía la gente de la música, sobre todo del rock, que no se conocía. Eran también los años del pop latino y el rock no tenía espacios, como sí los tuvo unos años después. Y encima vino la crisis de 2002. Entonces los pensamos como un reconocimiento, y después se agrandó a toda la música nacional, que era una demanda que nos hacían, y también era el momento. Eso está buenísimo, en las ceremonias veías el respeto entre artistas de distintos géneros y la mezcla. Pero todo eso lleva tiempo, plata y dedicación, no hay ganancias. Lo hice durante 15 años, y ya no podía más, no me daba el tiempo, no podía ir a las reuniones de organización. Fue eso. En la edición 14 lo hablamos con Miguel, bailé el vals de la edición 15, y lo dejé que lo siguiera él, que puede.

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