19 de mayo 2015 - 18:52hs

La historiadora Marta Canessa, por dos veces exprimera dama del Uruguay, admira con pasión la intelectualidad francesa y la llamada Escuela de los Annales fundada por nombres como Marc Bloch, Lucien Febvre y luego Fernand Braudel. La importancia de esta escuela, reverenciada por Canessa en cada uno de los libros que ha publicado en casi 40 años de carrera, reside en que dividió de forma teórica en tres el tiempo: pequeños sucesos (“espuma”, los llamaban), sucesos de corta duración y, los más importantes, de larga duración.

Surgida en la primera mitad del siglo XX, la Escuela de los Annales fue importante por su carácter innovador y por cómo afectó a una línea de investigadores en todo el mundo, que comenzaron a poner énfasis en el estudio de las mentalidades en vez de los meros hechos cronológicos.

Como Marta Canessa respira historia, su propia vida puede dividirse en este esquema de tres cajas chinas. Según sus registros, la familia Canessa, oriunda de la ciudad ligur de Rapallo, al este de Génova, existe desde 1210. Son entonces 805 años de linaje de sangre, o sea, más de cuatro veces la edad del Uruguay independiente. Cada miembro de la longeva familia podrá ser un pequeño suceso, pero la cadena forma una larga duración.

Canessa proviene de “cane”, “perro” en italiano, y en la heráldica de la familia el escudo presenta un lebrel sobre dos campos: uno rojo y otro blanco. Cuando llegaron al Uruguay, los Canessa eligieron a nivel político, en la disyuntiva, por el campo colorado. Fueron batllistas desde siempre.

Los Sanguinetti, por su parte, llegaron a estas costas desde Chiavari, un pueblito a tres kilómetros de Rapallo. De allí era oriundo Giuseppe Garibaldi. Visto en perspectiva, todo cierra. ¿Es que acaso estaban predeterminados a estar unidos dos hijos de cada pueblo? ¿Tuvo algo que ver la colectividad italiana que ambos compartían?

“No, para nada”, dice Marta Canessa, “porque tuvimos que atravesar un océano y encontrarnos acá, de casualidad”. Sentada en un sillón de respaldos barrocos, con un cigarrillo que acaba de prender y cuya ceniza golpea en un cenicero que es una concha plateada, deja escapar de entre sus dedos el humo que se dispersa. Se conocieron en el cine, cuando ambos hicieron de “chaperones” de una pareja. Ella tenía 17, él 18.

Se queda un instante callada. Los 61 años de relación con el dos veces exmandatario se acumulan en esos segundos, entre pitada y pitada.

Porque a pesar de todos los sesudos estudios franceses de los grandes prohombres de historia de la Historia, la casualidad, la imprevisión, la mueca trágica o feliz del destino siempre se hace presente con una asiduidad acalambrante. ¿O acaso no es casi increíble la cantidad de elementos que deben conjugarse para que alguien llegue al mundo?

Carbonera atea

A Julio María Sanguinetti le gusta decir que Peñarol es su religión. Marta Canessa no es tan radical y prefiere el término “pasión”.

“Es difícil llamarle religión cuando una es atea”, dice, antes de tomar un sorbo de café. Son las 11:30 de la mañana y Marta Canessa, que se ha levantado a las 7, ya hizo una hora de gimnasia con su profesor, ya desayunó los jugos que le preparó su marido, ya leyó varios diarios (El País, El Observador, La Nación y el Corriere della Sera, y en todos los casos lleva sus ojos antes que nada a la sección deportiva), y ahora responde las preguntas de esta entrevista que tiene como anzuelo la reedición de su libro El bien nacer, publicado por Taurus (ver recuadro).

Canessa es manya incondicional desde muy niña. Pablo Vierci en el libro Ellas 5 cuenta una anécdota suya, junto a su hermana y su padre, peleándose a patadas en un partido de básquetbol de Peñarol y pasando la noche en la cárcel.

Miró el clásico del domingo en su casa porque la semana pasada la operaron de un ojo y creyó que se iba a sentir incómoda en el estadio. Aunque defensora a rajatabla de Pablo Bengoechea (fue la impulsora de la estatua del jugador en Los Aromos), la enojó la actitud conservadora del equipo y los supuestos penales que el juez no cobró.

En la voz se le nota la pasión aurinegra y esta se corporiza en su casa, donde pululan los fantasmas de grandes nombres de ese club. Desde 1988, el matrimonio Sanguinetti-Canessa vive en un caserón sobre la calle Zorrilla de San Martín, donde antes vivió la familia Rienzi, de varias generaciones de médicos deportólogos que asistieron a Peñarol. Eso no puede ser casual.

En el actual comedor de la casa estaba el consultorio del doctor Walter Rienzi y luego de su hijo, Edgardo. Allí estuvieron tendidos Juan Joya, Alberto Spencer, Pedro Rocha y tantos otros ídolos. Al contar este dato se genera una extraña sensación entre el acto de comer, a lo largo de la semana con amigos y en los fines de semana con la familia, en un sitio que tuvo una mezcla de dolor y de esfuerzo físico, con lesiones y fracturas, músculos desgarrados y tirones, y un olor a linimento que solo puede estar en la imaginación. Mientras tanto, desde las paredes, una pinacoteca de selectas obras de la pintura nacional contemplan mudas la escena.

La historia como refugio

La misma pasión aflora cuando habla de historia, la de los libros que lee y estudia, la de los libros que escribe y también la de los detalles que terminan redondeando el todo.

Durante la primera presidencia de su marido, su hijo Julio Luis Sanguinetti tuvo un perro bretón en Anchorena que se llamaba Felipe. Un jeep del ejército lo mató sin querer. Lo sustituyeron por otro bretón, al que Marta Canessa no dudó en bautizar como “Felipe II”. Tan agradable resultó el perro monarca que otro Felipe, González, entonces presidente del gobierno español, lo fotografió en la casa de campo presidencial. ¿Era un simpático homenaje al historiador Braudel y a su obra más relevante, sobre el Mediterráneo, el mar de cuyas orillas salieron los Canessa y Sanguinetti, y a aquel gigante rey español? No, simplemente, de nuevo, la casualidad.

El ateísmo le llegó desde el propio hogar. Su padre “no creía en nada”, pero como buen tano era muy supersticioso. Su madre, la escritora y dramaturga María de Monserrat, cubana de origen catalán y amiga de la actriz Margarita Xirgu, que perteneció a la Generación del 45, le inculcó a sus hijos el libre albedrío.

“Desde ese punto de vista, ella era muy adelantada. Ella no creía. Por eso nosotros ni siquiera estamos bautizados”, remarca Canessa.

La autora tiene dos proyectos editoriales a futuro. Uno es un extenso trabajo sobre las historias regionales del Mercosur y sobre la necesidad de entender nuestras fronteras y las de los vecinos para captar el sentido profundo del surgimiento de las naciones del cono sur, incluido Brasil, el gran desconocido para los uruguayos.

El otro se llama El bien morir y pretende ser la contracara de El bien nacer. Se trata de un recorrido por las formas culturales y religiosas, las mentalidades, de encarar la muerte.

“Después de la muerte no me imagino mucho”, dice. A pesar de su ateísmo explícito, Canessa afirma que hoy su vida se parece más a la de un anacoreta, refugiado en su convento. Su mejor amiga falleció hace unos meses y dice que conversa con pocos colegas. Su actividad a veces se ve interrumpida por los viajes usuales al exterior de su marido, a quien acompaña cada vez que puede.

“No es fácil vivir sin religión. Porque más que a la historia, eso te lleva a la filosofía”, dice Canessa, refiriéndose a un territorio lleno de reglas, causas y consecuencias, pero donde la indeterminación y la duda también tienen su lugar.

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