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Más difícil de lo esperado

La economía se desacelera y el gobierno puede hacer poco

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08 de julio de 2018 a las 05:00

Cuando a fines del año pasado los analistas pensaban en 2018 lo hacían con un optimismo que ha tendido a desvanecerse en los pronósticos más actualizados. Ya quedó descartado aquel escenario en el cual la inversión privada despegaba con fuerza. También quedaron por el camino las expectativas de recuperación de puestos de trabajo perdidos.

La economía crece poco. Ya no se espera una expansión superior a 3%, sino más bien cercana al 2% –la mediana de los analistas que contestaron la Encuesta de Expectativas Económicas de El Observador en su edición de junio, anticiparon un 2,3%– y eso marca la pauta de un ritmo más moderado que el del año pasado, cuando la actividad creció 2,7%.

Más allá de los grandes números, lo que hay detrás es una economía que parece no tener margen para sorpresas auspiciosas. Que refleja una cautela –para algunos desmesurada– de empresarios y consumidores.

El comercio se ve afectado por un dólar que se fortaleció de golpe. Porque más allá de la suba del tipo de cambio, la manera en la que fue procesado potencia el impacto sobre las decisiones de los consumidores. Los uruguayos se asustan ante una suba brusca del dólar y eso se siente en particular en la venta de bienes de mayor porte, como inmuebles y vehículos, pero también en el resto de los rubros comerciales.

Las encuestas de confianza económica reflejan mayor cautela por parte de los uruguayos a la hora de gastar. Y a eso se suma el efecto cambiario sobre el sector turístico. Porque el dólar subió en Uruguay, pero más lo hizo en Brasil y Argentina, y eso implica que ya no es posible contar con el empuje que tuvo el año pasado el atraso cambiario de los vecinos. El pobre desempeño de las economías regionales agrava aún más el panorama. La demanda no ayuda, y ahora no hay precios favorables para compensarla.

La suba del dólar no va a redundar en un empuje a las exportaciones o a la inversión asociada a esos productos. A lo sumo logrará compensar parcialmente el atraso cambiario que mantenían los exportadores locales respecto a los países de fuera de la región. Mejora la rentabilidad principalmente en el agro, pero desde un piso en algunos casos insostenible.

Más allá de la coyuntura de precios, hay un clima de pesimismo entre el sector empresarial que potencia el efecto sobre la inversión y el empleo. El relacionamiento con las autoridades y la confianza en el gobierno se ha visto resentida. Hay un elemento objetivo, asociado a la acumulación de políticas que en los últimos años afectaron directamente la rentabilidad empresarial: aumento de impuestos, suba de tarifas, mayor peso de la regulación en algunos sectores.

Otros elementos son más subjetivos, como el quiebre en el diálogo entre las autoridades y las gremiales empresariales, el discurso hostil hacia el capital que mantienen algunos sectores de la fuerza de gobierno, o los problemas comunicacionales que ha tenido esta administración para transmitir confianza en materia económica.

Este escenario se da en un momento en el cual poco tienen para hacer las autoridades. El deterioro de la situación fiscal no permite al gobierno tener una actitud activa en la recuperación de la inversión y el empleo. Y la proximidad de las elecciones no ayuda. Las bases del Frente Amplio exigen un giro a la izquierda que a los sectores más moderados cada vez les cuesta más contener.

Va a ser un largo camino hasta los comicios de 2019. La economía va a ser rehén de una batalla que seguramente, llevará a posponer un ajuste que cuanto más se aleje en el tiempo, más caro resultará. Y los empresarios van a estar pendiente de eso, procesando su propio ajuste, con un impacto directo sobre las oportunidades y el bienestar de los uruguayos en general.

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