4 de marzo de 2014 17:28 hs

Se acabó la fiesta. Quedan las anécdotas de la decena de miles de jóvenes que vivieron esa atmósfera irrepetible de alcohol y música a orillas del Atlántico, la promesa de volver, las fotos, los disfraces en la valija. Queda el suspiro de alivio de los residentes y autoridades, para retomar la rutina después de la hecatombe. La calle Principal ya está libre de basura. Se fueron los baños químicos y la carpa de prevención. Es marzo y La Pedrera se empieza a parecer al pueblo bucólico con aire que huele a mar. Cae una lluvia mansa a manera de epílogo.

Lo que sucede cada año en carnaval es una gran confusión. No hay una manera de entenderlo, no se puede objetivar. Hay que elegir una mirada, un lugar donde pararse. En el propio pueblo se ve de manera contradictoria. Hay unos pocos comerciantes que medran con la fiesta, otros que la lamentan. Los residentes veteranos la ven como una maldición, desvelados, esperando que sus hijos lleguen sanos y salvos a casa. Fuera del pueblo, La Pedrera es sinónimo de desborde, de decadencia. Y eso se ve de manera distinta según la edad. La prensa debe estar atenta a que no se les escape la tragedia, si es que llega: la violencia, el accidente fatal.

La de ayer fue una edición típica de la fiesta. El inicio con las comparsas improvisadas que posan para las fotos de los medios de Uruguay y la región, la guerra de agua salvaje, que no atiende a ruegos ni iras, los fotógrafos y camarógrafos bañados de espuma. Entonces el clima se empieza a espesar, el alcohol calienta la sangre, se baila, cada tanto el pogo sacude la muchedumbre. Cambia la música según el boliche, aunque siempre en una línea de fiesta bailable, cuarteto, reguetón pop y algo de rock and roll.

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Todo sucede en la calle Principal, desde la ruta hasta el acantilado que precede al mar. A las 2 de la mañana ya no hay periodistas y desde la esquina del Club La Pedrera es muy lento avanzar. Los cuerpos se mezclan y todo tiene una intensidad inusual. Hubo bastante menos gente que el año pasado, eso se notó en el ritmo del tránsito humano. Las tres cuadras que costaba tres cuartos de hora atravesar, ahora se cubrían en 25 minutos.

No hay violencia, no hay peleas, no se produce una estampida. La presencia policial existe pero es invisible. La mayoría tiene algún distintivo de carnaval: una peluca, maquillaje, una pistola de agua, un aerosol. Casi todos tienen un vaso o una botella de plástico en la mano. Hay una vibra muy particular, una especie de “está todo bien” que entra por los poros.

Un tipo de peluca azul pecha a una payasa, que hace un gesto de protesta. El tipo se disculpa y sigue pero la mujer le dice: “Vení, vení, que te pinto el bigote”. El tipo hace una pausa y replica: “Dale”. Un minuto después sigue su camino con el bigote a tono con la peluca. Un vendedor ambulante, de los que había pocos, vocea: “Hay trufas de marihuana, tengo trufas de marihuana”, pero en realidad lo que tenía era caipiroska ya preparada, no con mucha dedicación.

Las comparsas son disfraces colectivos: Los Picapiedras, un grupo de monjas, las clásicas enfermeras, la cofradía de los superhéroes; hubo algunas que decidieron libremente usar burkas talibanas. Hubo varios otros que costaba identificar. También hubo una comparsa de protesta, en contra del proyecto de megaminería de Aratirí.

Aunque tal vez el canto más representativo fue el de una barra de una veintena que cantaba un himno de los cuadros chicos en España: “Alcohol, alcohol/Alcohol alcohol alcohol/Hemos venido/a emborracharnos/el resultado nos da igual”.

Entre los más originales, se destacó el dúo que jugaba al básquetbol, haciendo picar la pelota en el barro, entre la muchedumbre, y uno que relataba un partido de fútbol con amplificación y un coro que hacía de las dos hinchadas.

Pero ¿qué es lo que hace a esa fiesta algo único en el calendario de celebraciones de Uruguay? ¿Por qué los medios envían corresponsales a cubrir el evento, cada año, a pesar de que no hay música en vivo y todo lo que pasó, desde el punto de vista de la crónica roja, fue un muerto por un accidente en la ruta, en 2012? ¿A qué se parece?

Hay una referencia clara, que es el turismo de borrachera en España. La “cultura del botellón”, que le llaman. También tiene algo del desfile de Halloween en South Beach, Miami, con su explosión de sensualidad improvisada. Hay mucho, también del carnaval insolente de antaño, esa bacanal previa a la cuaresma, que habilitaba al desborde, a transgredir las normas de respeto usuales. Se juntan los “planchas” con los “chetos”, se produce ese milagro que cantaba Serrat, en Fiesta: “Hoy el noble y el villano/el prohombre y el gusano/bailan y se dan la mano/sin importarles la facha”. Se siente como algo único, para lo que habrá que esperar un año a que se repita.

Da la impresión de que esa mezcla llegó para quedarse y de que se logró el marco de contención como para que no evolucione a desgracia.

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