En estos días miles de liceales ya comenzaron sus vacaciones. Otros miles y miles de escolares empezarán en la próxima quincena. Fue un año duro y todos nos merecemos vacaciones, sobre todo los niños y adolescentes que pasaron medio año académico frente a las pantallas, en buena parte aislados de sus compañeros y del centro social que es su escuela o liceo. Nadie cuestiona el valor de las vacaciones, pero tal vez es hora de pensar con criterio y lucidez si reducir algunos de los más de 75 días de vacaciones de verano que tienen los estudiantes podría colaborar con una educación que en muchos aspectos se quedó en el pasado.
La propuesta partió de Juan Pedro Mir, licenciado en Educación, ex director de Educación durante parte del último gobierno del Frente Amplio y actual director del colegio José Pedro Varela, además de presidente de la Comisión Directiva de Eduy21. Pronto levantó revuelo en redes sociales. “Unas preguntas para quienes sientan ganas de opinar: 1. ¿Les parece adecuado un calendario escolar de 180 días? 2) ¿Cómo conciliar educación y cuidados a todos los estudiantes y especialmente para el 40% más desfavorecido?”, disparó Mir en Twitter, luego de haber escrito que en el centro que él dirige las clases comenzarán el 14 de febrero para “desarrollar aprendizajes secuenciados en las diferentes áreas, generar hábitos de estudio y promover la recreación y el cuidado de los alumnos. Hay evidencia internacional sobre la importancia de un calendario escolar presencial que acompañe las necesidades de estos tiempos”.
Su propuesta dispara muchas interrogantes pero considerarla es genuinamente productiva, porque dirige el debate hacia un hecho concreto, en un mar de discusiones sobre la educación que pocas veces terminan en decisiones y cambios. Parecería que aquí nadie duda que este país necesita una reforma de educación integral que nos proyecte hacia el mundo ya no del futuro, sino del presente. El problemita es que nadie, o casi nadie, se pone de acuerdo y se anima a firmar algo así como un acuerdo entre partidos, sociedad, sindicatos y todos los actores que pueden y deben incidir en la educación anquilosada que tenemos en Uruguay, para que la reforma sea más que la que hace un partido o un gobierno. “Ningún gobierno quiere reformar la educación porque los resultados se verán en 20 años”, dijo Juan Gropone en la Tertulia de En Perspectiva del viernes 19. La última gran reforma fue la de Germán Rama, que quedó entre mil fuegos y hasta el día de hoy se idealiza y sataniza al mismo tiempo.
Entre tanto, tal vez los “parches” sean un camino para al menos avanzar. “El calendario escolar es prácticamente el mismo que desarrolló José Pedro Varela en 1864”, dijo en En Perspectiva.
No es fácil ni justo pedirle a los docentes que se “dupliquen” virtualmente o en actividades “de verano” para poder cubrir propuestas como las que hace Mir, pero es posible pensar en menos vacaciones con otras alternativas, que van desde asociaciones con clubes deportivos y sociales hasta con ONGs y otro tipo de instituciones de formación. Para ello es necesario asignar presupuesto, pero sobre todo coordinación de lo que ya tenemos y anda desorganizado.
Unos cuantos miles de escolares del sistema público de educación asisten al programa Verano Educativo, pero quedan muchos más que necesitan acceder. El programa data de hace 30 años y en 2021 se orientó a atender el rezago que generó el covid-19. El verano pasado asistieron a las llamadas Escuelas de Verano unos 8.600 niños en 135 escuelas de todo el país. En Uruguay hay más de 200.000 escolares. El el verano 2021 además se extendió la alimentación escolar a
En 2020 el plan cumplió 30 años (al inicio se llamó Verano Solidario y apuntaba a abrir los comedores escolares en vacaciones); poco antes, los trabajadores del Consejo de Educación Inicial y Primaria (CEIP) hicieron un relevamiento de cómo funcionaba y llegaron a la conclusión de que dependía de la escuela. En algunas funcionaba muy bien “y en otras muy mal, era un comedor con pelota”, dijo el representante de los trabajadores Pablo Caggiani a La Diaria, en 2020.
Por eso le pidieron a los colectivos docentes que hicieran propuestas para sus escuelas, en coordinación con intendencias, la Secretaría Nacional del Deporte privados. “Esto funciona como un laboratorio pedagógico interesante; tenemos un efecto no dicho, que es que los colectivos docentes que participan en Verano Educativo después incorporan estas prácticas de marzo a diciembre”, explicó entonces Caggiani. Además la conclusión fue que quienes van a esta instancia “quedan enganchados y faltan menos”, como explicó la directora del CEIP , Irupé Buzzetti,
Desde 2022, los centros educativos de apoyo que gestiona la Federación Obrera de la Bebida (FOEB) adelantarán el inicio de clase al 15 de febrero; unos 460 niños tendrán desayuno y merienda y recibirán cursos de robótica, inglés y apoyo para hacer los deberes. La experiencia bien podría resultar un buen piloto a analizar para futuras políticas educativas.
Los niños necesitan tiempo libre, correr al aire libre, hacer ejercicio e incluso no hacer nada, una idea que cuesta en estos tiempos de sobre agendamiento de grandes y chicos, porque los expertos señalan que no hacer nada y “mamá estoy aburrida” son excelentes impulsores de la creatividad y el pensamiento no estructurado. Pero la realidad indica otra cosa. Papás y mamás trabajan en su gran mayoría y un gran porcentaje ni siquiera tiene acceso a licencia durante el verano, la mayoría no puede pagar campamentos o colonias de vacaciones y la muchos de los padres no se sienten seguros de dejar todo el día a sus hijos en la calle. La consecuencia es que demasiado frecuentemente los niños quedan solos en su casa frente a una pantalla que se transforma en otra y no se apaga en todo el día; muchos de ellos son demasiado pequeños para estar solos, pero los adultos deben salir a trabajar y las alternativas no siempre aparecen.
Si a todo lo anterior le sumamos el impacto covid-19, se agrega una razón más para pensar en serio en acortar vacaciones en unos pocos días, que se conviertan en puestas a punto o preparaciones para iniciar el año siguiente escolar. Según datos de Unicef se perdieron 1,8 billones de horas de clases presenciales por la pandemia, debido a que en 2021 las escuelas estuvieron cerradas 3,5 y 5,5 meses. Esta realidad pegó más fuerte a los países más pobres, como es la norma, o con sistemas educativos con mayores riesgos de exclusión. Según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, tres de cada cinco escolares que perdieron un curso completo viven en América Latina. La educación virtual ayudó, pero no es suficiente.
Las vacaciones son, también, un generador más de inequidad, una variable que afecta demasiado a nuestra educación, en la que los que más aprenden están en contextos favorables. “Tenemos situaciones en la enseñanza superior de muchachos y muchachas que manejan la lengua escrita, la competencia matemática y el uso de una segunda lengua en forma muy precaria”, dijo Mir, que instó a pensar en “un Uruguay que comience a mediados de febrero”.