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Metódico, sereno y fiel a sus leales: así ejerció Vázquez su liderazgo

Ordenado y riguroso para trabajar, el expresidente solía definir en soledad tras haber oído a todas las partes

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07 de diciembre de 2020 a las 05:03

Defender la alegría como una trinchera

defenderla del caos y de las pesadillas

de la ajada miseria y de los miserables

de las ausencias breves y las definitivas. 

Los versos de Mario Benedetti con los que el Frente Amplio decidió despedir al líder que lo llevó al gobierno municipal primero y al gobierno nacional después, acompañaron a Tabaré Vázquez durante toda su carrera política y fueron un refugio al que recurrió cuando enfrentó la soledad del poder y las decisiones más trascendentes.

Durante este período, que se inició cuando la democracia intentaba ver la luz y se extendió hasta las primeras horas del domingo 6 de diciembre -una fecha que por los azares del destino coincide con el aniversario de su recibimiento de médico en 1969-, Vázquez tuvo en un puñado de hombres y mujeres a sus más leales que, como los versos de Benedetti, lo acompañaron en su gestión en la Intendencia de Montevideo y sus dos presidencias.

“Es un tipo muy ordenado para trabajar, es una mente científica que aplica a la política el método científico que aplica a la carrera de medicina”, dijo María Julia Muñoz alguna vez, para referirse a la particular manera de ejercer el poder de Vázquez. 

Muñoz fue directora de varias áreas en la Intendencia de Montevideo, luego ministra de Salud Pública en la primera presidencia del referente frenteamplista y ministra de Educación y Cultura en la segunda. Desde este último puesto, la jerarca exhibió su lealtad con el presidente y fue entre otras cosas quien le puso voz al anuncio de una de las decisiones más criticadas de todo el período: la declaración de esencialidad en la enseñanza, impensada en un gobierno de izquierda. 

El oncólogo era formal con la investidura, no solía salirse de los protocolos -salvo cuando se trenzó con Un Solo Uruguay- y llevaba una agenda sin cambios bruscos. Por esta razón, varios de los ministros que integraban el gabinete quedaron perplejos el 20 de agosto de 2019 cuando recibieron una comunicación de su secretaría que los convocaba de urgencia para reunirse con él.

Ese día, con la serenidad del médico que se acostumbró a comunicar malas noticias, Vázquez le anunció primero a ellos y luego a todos los uruguayos que había contraído la enfermedad contra la que había luchado toda su vida.

El círculo de quienes lo acompañaron desde los primeros calores de 1990 también lo integran su hermano Jorge, Víctor Rossi, Jorge Basso, Gonzalo Fernández, Ariel Bergamino y José Luis Veiga. A ellos se sumarían Rodolfo Nin Novoa y Marina Arismendi, más adelante Miguel Ángel Toma, y Carolina Cosse, ya en el último tiempo. 

Rodolfo Nin Novoa tiene bien presente en su memoria cuándo fue que conoció al oncólogo que no se sentía político del todo pero ya había demostrado su conexión con los habitantes de Montevideo. Fue en un congreso de intendentes en el que uno representaba a la capital y el otro a Cerro Largo. Estaban en partidos distintos, pero tuvieron puntos en común y comenzaron a construir una relación que desembocó en que Nin Novoa dejara al Partido Nacional para sumarse al Encuentro Progresista, un espacio político ideado por Vázquez con el que buscó ensanchar la base electoral del Frente Amplio. Ambos tuvieron su cénit diez años después, el 31 de octubre de 2004 cuando la fórmula presidencial que encabezaron ganó las elecciones en primera vuelta. 

Además de metódico, quienes más lo conocieron en el ejercicio del poder, lo describen como alguien con absoluta confianza en sus cercanos, a quienes los dejaba hacer mientras no se apartaran del camino trazado, y que prefería delegar las tareas hasta que estuvieran concluidas y no estar encima siguiendo el avance. 

A modo de anécdota, Nin Novoa recuerda que cuando le ofreció ser canciller, en 2014, una de las pocas cosas que le pidió fue que orientara la gestión hacia el comercio y recorriera aeropuertos golpeando puertas para aumentar las exportaciones uruguayas. El pedido se materializó en el acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea para un tratado de libre comercio, una iniciativa que se venía negociando desde hacía más de veinte años y tuvo a Uruguay como uno de los socios activos en una concreción que todavía enfrenta algunos escollos.

“Fue el mejor presidente de la historia contemporánea del Uruguay”, dijo su exvicepresidente, mientras que Lucía Topolansky agregó que “estiró la biología hasta las últimas consecuencias”.

Más allá de delegar las tareas, el método de Vázquez incluía escuchar a todas las partes antes de tomar una decisión, la cual hacía en solitario, y en la enorme mayoría de los casos era definitiva. 

Sus íntimos señalan como una virtud que trajo desde el ejercicio de la medicina, la capacidad de escuchar aunque no pareciera que lo estuviese haciendo, algo que sorprendió en más de una ocasión a su círculo de colaboradores más estrechos. 

Pero así como dejaba hacer, también era capaz de tomar decisiones fulminantes sin medir costos políticos, como cuando echó de un plumazo a cuatro directores en la intendencia por estar implicados en irregularidades o cuando descabezó al Ministerio de Defensa y la cúpula militar del Ejército al conocerse las revelaciones de José Nino Gavazzo en un Tribunal de Honor. 

Esas características que los vazquistas ubican dentro del paraguas de la “ejecutividad” lo diferenciaron del otro presidente que tuvo la izquierda, el tupamaro José Mujica, cuya gestión desordenada le causó varios dolores de cabeza en el inicio del último gobierno.

Atada a la confianza, Vázquez hizo un sello de su ejercicio del gobierno la participación horizontal de sus directores y ministros. En la Intendencia de Montevideo instauró los acuerdos semanales con todos y los hizo públicos para los ciudadanos, algo que antes no ocurría: eran privados y los directores se reunían mano a mano con el intendente pero no se enteraban de las iniciativas en que estaban trabajando sus compañeros de gabinete. 

La idea fue repetida cuando llegó al Poder Ejecutivo, con Consejos de Ministros semanales de dos horas de duración como máximo. En el último período, sumó la realización de algunas de estas reuniones de gabinete en el interior del país, con el objetivo de una mayor descentralización y participación de los vecinos, que podían hacer preguntas específicas a los jerarcas.

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