Lincoln Maiztegui llamó al doctor en leyes y jurista Tristán Narvaja “el codificador adusto”. Era un cordobés recto y extremadamente formal que, entre otras obras, redactó el Código Civil del Uruguay, aprobado en 1868 bajo el gobierno de Lorenzo Batlle.
En la década de 1910 se bautizó un tramo de la excalle Yaro en el barrio montevideano del Cordón como Tristán Narvaja. Particulares superposiciones las que realiza el nomenclátor de la ciudad. Los yaros eran una de las varias tribus que habitaban los territorios de las riberas del río Uruguay antes (y hasta unos pocos después) de que los europeos arribaran a estas costas.
En la calle que recordaba a un indio nómade y cazador, un salvaje a los ojos del hombre blanco, se colocó el nombre de un doctor experto en leyes, que ayudó a civilizar las relaciones entre los habitantes de este país que no terminaba de acomodarse luego de un complejo parto de nalgas. Los indios siguieron armando sus tolderías desde 18 de Julio hacia la costa del río ancho como mar. Pero de 18 de Julio hacia el norte también se armaron tolderías.
La feria de esa calle existía desde que se llamaba Yaro. Había empezado en 1909 y, cuando la calle varió su nombre continuó con la misma naturaleza de alegre conventillo de tesoros arrumbados, como se mantiene hasta hoy.
El domingo pasado concurrí a Tristán Narvaja con mi hija de 12 años, que no conocía la feria. Y de alguna forma mi mirada se tiñó de esa experiencia primeriza, de ese ángulo a medio camino entre lo concreto y lo fantástico que, por suerte, mantiene la vida de la feria a lo largo del tiempo.
Paso a explicarme. La feria cambió en mis ojos desde mi última visita, donde recordaba que había sectores más “organizados” según las cuadras de la feria: verduras por un lado, libros, por otro, animales por otro. Ahora ya no es tan así, sino que un alegre descontrol rige la estructura interna de la feria.
Por ejemplo, conseguí de casualidad (como la mayor parte de los encuentros fortuitos de la feria) un primer ejemplar de Cuadernos de Marcha, de marzo de 1967, dedicado a José Enrique Rodó, que llegó a mis manos por la módica suma de $ 50, a centímetros de una mesa donde limones y morrones formaban una vegetal e improvisada camiseta de Progreso.
En el país que tenía al presidente “más pobre del mundo” pero que es el más caro del mundo, donde hasta un alemán o un japonés queda con los ojos como platos ante los precios de la nafta o de la pasta de dientes, asombra que una joya literaria de este calibre se remate con tanta ingravidez entre los gritos de los verduleros.
Unos metros más abajo, una mujer mimo estaba completamente paralizada, parada encima de un pequeño taburete. Ante la súbita y breve música aguda del rechinar de las monedas en la gorra a sus pies, la mimo despertó de su sueño fingido e improvisó unas alocadas y desafinadas notas en la trompeta, para sonrisa del que pasaba.
En otra esquina, un dúo de bajo y guitarra eléctrica interpretaba unos blueses, frente a una mesa que exhibía orejas de cerdo, recomendadas según un pizarrón de tiza como fortificadores de calcio para perros. La escena era extraña y sugestiva: cuesta un poco reconocer las formas anaranjadas y con relieve de las orejas de cerdo. Pero cuando se entiende que con cientos y cientos de orejas que hace poco habían pertenecido a porcinos rebuznantes, la imagen cambia y se hace vuelve un poco pesadillesca, mezcla entre Alicia en el País de las Maravillas y la Inquisición española.
El cambalache es perfecto y solo indica una cosa: Tristán Narvaja está viva y late cada domingo en su propio ritmo. Es de los pocos sitios de este país donde Real de Azúa dialoga con un pepino y donde un perro faldero, en pleno éxtasis, arremete contra una jaula de faisanes, generando gran alboroto de plumas.