El comportamiento en la vida cotidiana > El comportamiento

Miscelánea

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28 de agosto de 2020 a las 05:03

Tiempo atrás crucé a la otra orilla de nuestro Plata. No era un viaje de turismo. No obstante, deseaba continuar redactando estas notas y aprovechar las horas de una corta estadía. Comprobé, una vez más, que nuestros hogares son los lugares donde nos encontramos con nosotros mismos.

Me alojé en un hotel modesto. Bien sé que el alejamiento de lo cotidiano no se debe resentir. No soy de las personas que añoran algunas comidas o los desayunos con cosas dulces. Hace un momento escuché una brevísima conversación que llegó por el portero eléctrico del hotelito: “Traigo una docena y media de medias lunas porque sabíamos que hay huéspedes.”. Para mis adentros me pareció una rareza. En Montevideo se pesan  esas exquisitices en la balanza y lo de la “docena” es un porteñismo auténtico.

Cuando llegué a Buenos Aires, al descender del buque, me puse en la fila para tomar un taxi. Fue todo muy rápido y en pocos minutos nos conocimos  taxista y pasajero. “Sabe, amigo que esta mañana llevé a mi hija a su trabajo. Es bioquímica y me dio pena que se mojara un poco la túnica....” “Usted es uruguayo como yo “ añadí de inmediato y el viaje continuó cordialmente.

El taxi siguió su marcha y como pasamos varios pasos a nivel, el compatriota me recordó que la bandera verde indica precaución. Aunque mi destino no era lejano nos encontrábamos en la provincia de Buenos Aires. ”Blanca, bien visible, indica que la vía se encuentra libre. Verde es como termino de decirle”....

La amabilidad del taxista me llevó a otros temas. “¿Tenés botijas? ¿No extrañás mucho aquí?”

“¿Cuándo fuiste por última vez a Montevideo?” El había ido con su señora y los hijos para las elecciones. Fueron por el puente y se emocionó al decirme que todos aprovecharon el viaje para conocer la tierra de sus padres. Yo me emocioné más al llegar al destino. Tuve que esforzarme para que aceptara el pago del viaje y para que le comprara alguna cosa a los botijas.

Yo iba a conocer una pequeña fábrica y el taxista, ya amigo, se empeñó en aguardarme. Regresamos a la ciudad por otro camino más corto y continuamos conversando. No hablamos de fútbol y agradecí las sugerencias que me trasmitió. Lo alenté a regresar a la patria y como hombre dedicado a los negocios, con total desinterés, me entregó su tarjeta. “Anímate a volver con toda la familia...Pero, avísame con tiempo. Mi madre tiene algún apartamento y te daremos una mano porque todo recomienzo es duro...”

Hoy, no he vuelto a los cuentos de hadas. Me encontré con un compatriota en tierra extranjera y bien sé que eso que llamamos “suerte” lo dejo para Maroñas. 

 

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