El estreno hace cuatro años de Sector 9, de Neill Blomkamp, significó uno de los debuts cinematográficos más auspiciosos de los últimos tiempos, que se tradujo en cuatro nominaciones a los Oscar y en un éxito inesperado para una película de un sudafricano. Con 29 años, el director supo aunar unos efectos especiales excelentes y un diseño de producción original, con un estilo de falso documental y un protagonista fresco y versátil (su amigo de la infancia Sharlto Cooper, en su debut como actor) en el contexto de un filme de ciencia ficción atípico. El argumento partía de la premisa de que en 1982, año en el que en la vida real regía el apartheid en Sudáfrica, una nave espacial llegaba con alienígenas desnutridos a Johannesburgo, ante lo cual el gobierno los confinaba a un gueto. Para esa metáfora del otro que siempre han representado los extraterrestres, el filme de Blomkamp, producido por Peter Jackson, significó no solo una alegoría al sistema de segregación racial del país africano, sino la subversión de un género en el que los seres brutales suelen ser los alienígenas y no los humanos.
Mucho mensaje y poco contenido
En su segunda película, el director de Sector 9 vuelve a recrear un universo fatalista y discriminador. Pese a su comienzo promisorio, la cinta deviene en un filme de acción previsible