25 de septiembre de 2013 17:25 hs

El estreno hace cuatro años de Sector 9, de Neill Blomkamp, significó uno de los debuts cinematográficos más auspiciosos de los últimos tiempos, que se tradujo en cuatro nominaciones a los Oscar y en un éxito inesperado para una película de un sudafricano. Con 29 años, el director supo aunar unos efectos especiales excelentes y un diseño de producción original, con un estilo de falso documental y un protagonista fresco y versátil (su amigo de la infancia Sharlto Cooper, en su debut como actor) en el contexto de un filme de ciencia ficción atípico. El argumento partía de la premisa de que en 1982, año en el que en la vida real regía el apartheid en Sudáfrica, una nave espacial llegaba con alienígenas desnutridos a Johannesburgo, ante lo cual el gobierno los confinaba a un gueto. Para esa metáfora del otro que siempre han representado los extraterrestres, el filme de Blomkamp, producido por Peter Jackson, significó no solo una alegoría al sistema de segregación racial del país africano, sino la subversión de un género en el que los seres brutales suelen ser los alienígenas y no los humanos.

En su segundo filme, Elysium, con un presupuesto casi cuatro veces mayor (unos US$ 115 millones) y un reparto encabezado por Matt Damon y Jodie Foster, Blomkamp vuelve otra vez a la crítica social y repite su poderío visual pero no logra más que ráfagas de originalidad y eficacia. Lejos de subvertir el género, el filme se empantana en el panfletismo y en el devenir típico de los filmes de acción (héroe blanco que quiere salvar el mundo, mujeres a las cuales defender, malvado depravado, flashbacks melodramáticos, diálogos explicativos por si todavía no había quedado claro el mensaje).

La historia se sitúa en un futuro diatópico en el año 2159, en el que los seres humanos se dividen en dos grupos: los ricos, que habitan la estación espacial Elysium, y el resto que reside en una Tierra superpoblada y devastada. Max (Damon) vive en Los Ángeles, una urbe parecida a la Soweto que Blomkamp retratara en Sector 9, y es un exladrón de coches que abandonó el delito para trabajar en una fábrica que produce los robots que servirán para controlar a la población.

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En Elysium, en cambio –donde Jessica Delacourt, la secretaria de Estado que interpreta Foster, promueve una rígida ley antimigración–, los ciudadanos mantienen un estilo de vida lujoso y sin enfermedades, debido a que existen unas cápsulas médicas que curan todas las dolencias.

La película comienza bien, ya que Blomkamp es muy bueno en construir universos fatalistas creíbles y Damon siempre es efectivo en su representación de hombre común en problemas. La interacción entre Damon y los robots, que funcionan tanto como policías, médicos o funcionarios, es interesante, y es gracioso ver su intento vano de razonar con ellos.

Tanto la Tierra como Elysium despiertan curiosidad, pero en lugar de desarrollar ambos ambientes el director opta por agregar elementos que abarrotan la narración y que claramente no se desarrollarán en tan solo 109 minutos de película.

Poco termina por saberse de estos dos hábitats, más allá de que en Los Ángeles los trabajos son esclavizantes, la atención médica es deficiente y pululan los latinos (actúan dos actores brasileños, Alice Braga, de Ciudad de Dios, y Walter Moura, de Tropa de elite, además del mexicano Diego Luna).

Pero en lugar de profundizar en este universo, Blomkamp opta por el camino previsible. Lo mismo pasa con Elysium. Poco se desarrolla el hábitat artificial, más que mostrarse que lo puebla gente rica y elegante que alterna el inglés con el francés, y que posee piscinas y parques interminables.

A partir de la segunda parte de la película, lo que parecía un comienzo promisorio abre camino a un cine puramente comercial. Los mundos se desdibujan y los acontecimientos resultan poco creíbles en función de recrear el típico filme de acción, al punto que Kruger, el psicópata mercenario interpretado por Copley, tiene un papel sobredimensionado en la cinta solo con el propósito de llevarla por estos cauces.

No caben dudas de que Blomkamp es un cineasta talentoso ni de la vigencia e importancia de lo que quiere transmitir en la película (discriminación a los inmigrantes, necesidad de un sistema de salud igualitario). Pero las buenas intenciones sirven de poco cuando el mensaje se pierde bajo la maraña de un guión irregular que atenta contra todo intento de trascendencia.

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