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Muertos se disparan en Ecuador: militares y policías recogen cádáveres en casas y hospitales

El martes 31 se empezó a construir un camposanto con cupo para 2.000 fallecidos. “Esperamos no llegar a esa cantidad”, dice Jorge Wated, el responsable de la operación por mandato presidencial

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02 de abril de 2020 a las 05:03

El coronavirus entró con las vacaciones en esta ciudad costeña de Ecuador, de tres millones de habitantes, acostumbrada a los virus y gripes fuertes por las altas temperatura y humedad entre enero y mayo. Nada como lo que ahora padece.

Las cifras oficiales dicen que Guayaquil registra el 70% de los 2.700 contagios confirmados y un porcentaje similar sobre las más de 90 muertes contabilizadas hasta la tarde de este miércoles. Los testimonios que siguen apuntan a que esos datos se quedan cortos. Muy cortos.

Jorge Wated, gerente de BanEcuador –el banco del pueblo–, fue encargado por el presidente de la República Lenín Moreno para comandar una fuerza de tarea integrada por militares, policías y funcionarios de tránsito para “retirar a los fallecidos que se encuentran en sus casas y los hospitales y cuyos cuerpos no han sido retirados”.

En conversación con El Observador, Wated que comenzó esta ardua y penosa labor el lunes dijo que ya habían realizado los primeros 60 entierros. “Hoy debemos completar 100 o 120, y mañana unos cuantos más, todos los días vamos haciendo entierros”.

Las redes y algunos medios, movidos por la premura y los reclamos en las calles, hablaban de una fosa común. Wated afirma que son entierros “unipersonales, uno por uno”.

Y aclaró que si  se quiere rapidez se pierde dignidad. “Es un entierro como uno desearía que fuera el de uno”.

¿Se sabe de qué murieron y por qué son tantos? ¿Son todos por coronavirus?

“Hablamos de todo tipo de fallecido, no solo por la enfermedad (covid-19)”, advierte el responsable de la operación de recogida que involucra “a 200, 300 personas, es inmensa”, en esas tareas.

Wated explica que debido a la propagación del coronavirus el promedio de muertes histórico de la ciudad se incrementó y se creó “un cuello de botella” en ambulancias,  funerarias,  cementerios y morgues de los hospitales “que se han llenado y hemos tenido que habilitar morgues móviles hasta su entierro”.

Tampoco se realizan autopsias en todos los casos. “Si se hizo una prueba de covid-19 puedo saberlo, pero pudo haber fallecido en su casa por un problema congénito, porque se suicidó, no hay cómo saberlo más que por las explicaciones de los familiares que lo tuvieron a su cuidado en el caso de que no se haya llevado un tratamiento médico”.

La primera tarea encomendada al equipo de Wated es retirar los cadáveres, que pueden haber pasado 24 horas o más en una casa. En una entrevista para un canal de televisión, el gerente bancario devenido en estas funciones confió que espera reducir el lapso a 12 horas.

En paralelo se comenzó a construir un camposanto en el Parque de La Paz con una capacidad para 2.000 fallecidos pero, dijo Wated, "obviamente esperamos no llegar a esa cantidad”.

Wated asegura que en los hospitales existe capacidad para atender a los pacientes y admite que hay cosas limitadas, como los respiradores. “No existe sistema de salud que aguante este volumen…hasta Nueva York está colapsado”

Un beso en el aeropuerto

Bruno Faidutti aún tose cuando habla. Una buena señal: está vivo. No como algunos de sus amigos y conocidos. “Cada día recibo una mala noticia”, comenta.

Economista, de 61 años, que trabajó para el Acuerdo de Cartagena – el pacto de integración de los países andinos creado a fines de los años sesenta–, siempre ha sido un deportista, corredor de maratones y jugador de fútbol.

Por eso, después de unos días sintiéndose mal, y ante la dificultad para conseguir hacerse la prueba para detectar el contagio, se realizó una tomografía de torax en la clínica del doctor Victorino Abad de Guayaquil. “Tenía 12% de neumonía y la única explicación plausible era que tenía el coronavirus”, dice.

Él, como tantos otros guayaquileños, fue al aeropuerto José Joaquín de Olmedo de Guayaquil, al que arribó su esposa, Lourdes Álvarez, el pasado domingo 8 de marzo. Venía de Alemania y pasó por Madrid en su regreso. “Ella siempre andaba con su tapabocas, y nos reíamos de su exageración”, cuenta.

La salida de pasajeros se demoró y el compartió con las amistades que se encontró en el área de espera y con los que venían saliendo. “Nos saludamos, un abrazo, un beso”, y ahí, lo asegura, se contagió.

Guayaquil, como en el hemisferio sur, hay vacaciones escolares en los primeros meses del año. La gente va y viene de Europa, de los Estados Unidos. Así arribó el primer contagio al país el 14 de febrero: una señora que venía de España, que daría positivo 15 días después.

Faidutti vive en  Samborondón, del otro lado del río Guayas, ciudad dormitorio de Guayaquil, de alto estándar de vida. Por tanto, de más viajeros. “Aquí está el epicentro del epicentro”, afirma

El 14 de marzo Faidutti empezó a sentir los síntomas. Dolor en la garganta, migrañas, fiebres de 39,5 grados.  Se trató, con asesoría médica, con paracetamol, azitromicina y colufase, un remedio contra las amebas ,y ahora, en el día 19, empieza a respirar casi como antes, con una tos intermitente.

En el encierro al que se sometió se volvió más activo en el whatsaap por dónde ha difundido imágenes tétricas de las calles y hospitales de Guayaquil: cadáveres en aceras, otros dentro de bolsas negras amontonadas en un depósito. Las imágenes, sin autores identificados, llegaron al productor audiovisual Enrique Gallego en Nueva York, que colabora con la cadena Univisión, y de allí al whatsaap del autor de esta nota, y generó los contactos para esta historia.

“No hay cómo atender a la gente, se robaron todo”, apunta Faidutti en tono político y en referencia al período de Rafael Correa.

Un partido de fútbol

Desde hace dos semanas hubo una avalancha de personas que empezaron a llegar a los hospitales, la gente se comenzó a enfermar y los hospitales públicos y privados colapsaron”, dice Carlos Jijón, director del diario online La República, que se edita desde Guayaquil, y decano de la facultad de periodismo de la Universidad de Las Américas (UDLA), en Quito.

No habla por referencias. Lo vivió en directo el domingo 22 de marzo.

“Mi esposa (María Rosa Jurado) enfermó de coronavirus y ese día se agravó, se ahogaba y tuve que salir en el toque de queda a un hospital”.

En los días previos, precavido, había advertido en la clínica San Francisco de la situación de su esposa y le dijeron que llamara en caso de que la enfermedad avanzara. Lo hizo pero no contestaron, decidió ir en el auto con su esposa pero cuando llegó le informaron que no había espacio para recibirla.

“Fui a tres más y en ninguno había espacio para atenderla”, cuenta. Una amiga de su mujer que lo estaba ayudando contactó con otro hospital pero tampoco podían recibirla. Con su mujer desesperada a su lado, un amigo finalmente le consiguió un cupo en la Clínica Alcivar. “Me dijeron ‘apúrate porque hay un solo espacio’”.

Llegó a tiempo, la estabilizaron y en unas horas la mandaron para la casa. “Me dijeron que si volvía la crisis respiratoria, regresara a la clínica”, recuerda Jijón. Su mujer se hizo el test el 11 de marzo. A la fecha aún no tiene resultado.

“El tema es que el domingo 22 de marzo no había hospitales en Guayaquil, todos estaban colapsados, los públicos que era esperable, pero también los privados”. Y siguen llenos desde entonces, remarca.

Como periodista que es trata de dar una explicación a la alta propagación del coronavirus en Guayaquil y da con una fecha y un evento. El miércoles 4 de marzo en el estadio Monumental Isidro Romero Carbo,  el equipo local Barcelona enfrentó al Independiente del Valle, otro equipo ecuatoriano, en una jornada de la copa Libertadores de América

“Se nos había dicho que tras conocerse el primer contagio se había hecho un cerco epidemiológico y que mientras esas personas no salieran no iba a pasar absolutamente nada”, refiere Jijon

Aún así, el gobierno prohibió la realización de espectáculos públicos masivos. Pero la presión de los seguidores de los dos equipos ecuatorianos hizo que el gobierno cediera y permitiera el acceso de público al juego del 4 de marzo.  “Con diez que hubieran ido contagiados ya podemos suponer lo que pasaría”, lamenta.

El hermano “en un cofre”

En la casa de la familia Marín, el coronavirus se llevó una vida, causa aún preocupación por los que siguen contagiados y deja, entre tanto pesar y angustia, también lecciones.

Hugo Fernando Marín, de 51 años, con una afección cardíaca, se enfermó el 11 de marzo y falleció el día 23.

Su hermano Pablo, resguardado en su casa con su esposa y dos hijos, solo pudo seguir la tragedia familiar por whatsaap.

“Mi hermano visitó a nuestros padres el día 10, al día siguiente se comenzó  a sentir mal, pero nunca sospechamos que era el coronavirus, aquí siempre padecemos por esta época uno que otro contagio, una gripe de varios días”, relata Pablo Marín.

Lo que no se percibió, entonces, era que la casa familiar quedó contagiada. “Mi mamá tiene 75 años y se realizó tiempo atrás una operación de corazón abierto, mi papá va para 80 y es diabético”, dice.  Ambos se enfermaron, y a pesar del cuadro particular, se están recuperando. También se contagió una hermana de 49 años, sin ninguna dolencia previa.

Sin embargo,  el corazón de Hugo Fernando no resistió. Al quinto día de la enfermedad, se agravó, se asustó y intuyó entonces que no era una gripe de las de siempre.

“Le dio una tos terrible, hablamos por teléfono y a los cinco minutos me dijo que no podía seguir, que estaba cansado y que me escribía por  mensaje”, contó.

Pocos días después consiguió internarse en un hospital de la sanidad pública, aún no había las filas de ahora y también respiradores disponibles aunque faltaban medicinas. Sedado y entubado, a las 11 de la noche del lunes 23 “su corazón no aguantó”.

Pablo Marín no ha visto el cuerpo de su hermano: “No hemos salido de casa en un mes, hay demasiados fallecidos, mucho peligro”. Un amigo con contactos le dijo que lo cremaron. “Nos lo entregarán en un cofre”.

Aunque Marín piensa que las cifras de contagio y muertes hay que multiplicarlas por cuatro para acercarse a la realidad, cree que el gobierno hace lo que puede. “Esto no es Estados Unidos que te puede llegar un cheque de  US$ 1.000 dólares a casa. Aquí mucha gente tiene que salir a ganarse la vida en la calle”.

La lección que saca Pablo, y su familia, es que hay que reaccionar con el primer síntoma. “No hay que esperar la prueba. Si has estado con alguien contagiado, ni lo dudes. Ese es el tiempo importante para actuar”.

 

 

 

 

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