Cuentan que los primeros colonos que desembarcaron a finales del siglo XVIII en la ribera del río Cumberland celebraron que habían llegado sanos y salvos tocando acordes en el violín y con bailes de zapateo. Así, con ese ritmo, dieron las primeras notas de la historia de la que desde ese momento sería la Ciudad de la Música: Nashville
En el cielo estrellas y, otra vez, una manada de unos seis o siete caballos que parecen volar justo por encima del que mira. Una imagen que a los lugareños seguramente les recuerde a la inauguración del saloon en julio de 1994, cuando los dueños no tuvieron mejor idea que soltar ganado vivo por las calles y arrearlo hasta el nuevo pub. Brillante. Además de ir a tomar un buen trago, ver artistas en vivo o apenas curiosear, la gente puede acercarse al Wildhorse para aprender a bailar country gratis o, por lo menos, a divertirse mirando a los más de 20 alumnos que zapatean a todo ritmo.
En la misma manzana pero del otro lado, sobre la costa del río Cumberland, un edificio de media cuadra alberga al Hard Rock Cafe. Es raro, porque si bien es un bar que no falta en las ciudades más importantes del mundo y que siempre tiene un estilo muy característico, su local de Nashville no deja de tener algo especialmente encantador que ni siquiera se encuentra en el interior –otra vez, de ladrillo visto y pocas luces– sino en el exterior tan típico de la ciudad: como si fuera de otra época, su nombre está pintado sobre la pared de ladrillo que da al río, y en la del otro costado hay una enorme representación de una guitarra y un barco, en un lienzo que casi no se interrumpe por ventanas.
En otra zona hay una imagen ya del todo pueblerina: la del pintor con su balde y brocha. Entre los cerca de 130 escenarios que hay en la ciudad, desde los bares que se apilan hasta el Bridgestone Arena, se destaca por su antigüedad el Ryman Auditorium. También llamado Madre Iglesia de la Ciudad de la Música, tiene su origen como el templo que construyó el magnate Thomas Ryman para la predicación del reverendo Samuel Jones a fines del siglo XIX.
Con ladrillos oscuros y vigas blancas que le dan apariencia de casa sagrada, el lugar comenzó a ser invadido por la música en el 1900, cuando se presentaron allí las primeras óperas. El escenario fue de lo más versátil y recibió a personajes como Helen Keller y su institutriz, el presidente Theodore Roosevelt, Charles Chaplin o Harry Houdini, todo antes de 1924. Pero después, ahí sí, fue dominado por los acordes de Elvis Presley o Johnny Cash –quien fue velado aquí mismo en 2003–, así como por la inolvidable trompeta de Louis Armstrong.
Como si todo lo anterior no alcanzara, desde 1943 y durante casi 30 años, el Ryman Auditorium fue sede del Grand Ole Opry, un show musical y programa de radio en vivo que a la vuelta de los años se convertiría en la emisión más antigua de las frecuencias estadounidenses. Porque si bien se mudó hacia un nuevo local construido de cero en la década de 1970 –un lugar escalonado que ya se convirtió en meca de los músicos del país–, la transmisión no se interrumpió y se puede seguir escuchando todos los jueves por la noche, ahora también a través de internet. Es así, Nashville vive de la música y por eso el siguiente lugar para reseñar es el mismo Grand Ole Opry House, que prácticamente todas las noches reúne a estrellas del ambiente local. Es ya un mito por la altura de la gente que cantó, por los cientos de miles de personas que lo visitan cada año y por la calidad acústica, que es favorecida por la sencillez de una infraestructura donde ni siquiera hay butacas individuales sino bancos largos de bordeaux y madera. Por si esto fuera poco, con la gran inundación de 2010 sus tablas quedaron bajo agua y fueron recuperadas con excelencia, con lo que el mito del escenario sureño creció aun más, hasta convertirse en un lugar exigido para todos los músicos que se precien de ser tales. Ni que hablar para los del sur.
Nashville, Tennessee, no queda en el oeste. Pero si está en el sur, y de ahí que se vivan tantas costumbres que generalmente se asocian más a los estados de California o Texas, del otro lado del mapa
Otros acordes
Otro lugar obligado para los melómanos, o al menos para los que se dicen fanáticos de Elvis Presley, es el famoso RCA Estudio B, donde más de 35 mil canciones se convirtieron en discos. Lo de Elvis es porque allí el rey del rock grabó una mayor cantidad de piezas que en ningún otro sitio, dicen que más de 200. Además, allí se puede ver –aunque no tocar– un piano que siempre se dice que era su favorito, y en el gift shop hay discos autografiados y otros productos irresistibles para los que rinden culto.
El estudio no queda en el centro, y de hecho en la periferia de la ciudad también hay lugares que no pueden faltar en el recorrido de un fanático.
Un ejemplo de esto último es el Bluebird Café, uno de esos lugares que no se entiende muy bien cómo llegaron a ser lo que al final son: por afuera tiene poca gracia, con un toldo azul como de peluquería de barrio y una entrada poco amplia. Pero adentro todo cambia, pues no hay más de 20 mesas y el ambiente se vuelve íntimo. Cuentan que es uno de los lugares que los artistas eligen para presentar por primera vez sus canciones. Además, esa intimidad que se escucha en el interior es parada obligatoria para los cerca de 300 músicos que todos los años llegan a la ciudad en busca de inspiración para componer. Porque sí, Nashville es también “la capital de la escritura de canciones”, según esa cultura que le pone nombre a casi todas las cosas (y que tan presente está en Estados Unidos).
También lejos del centro se puede aprovechar para visitar la United Record Pressing, otro sitio que se precia de tener un récord relacionado con la música. En este caso, el de cantidad de discos emitidos, porque es la fábrica más grande del país y porque funciona desde 1949. Aquí eligieron los colores de sus vinilos personajes como Bob Dylan o Miles Davis, pero también los Beatles o figuras más recientes como Justin Timberlake, Beyoncé o Ludacris, un rapero que se puede ver por MTV.
Puesta en escena
Pero como la música no es solo sonido –y eso también se aprende en Nashville– en la ciudad que le rinde tributo hay otras tantas más cosas para hacer. Una de ellas, seguro la más divertida, es entrar en alguna de las tiendas de botas que se encuentran en el centro, y entonces viajar sin costo hacia el far west.
En las tiendas de botas, en todo caso, cualquiera se siente de repente en una película de John Wayne. Las paredes son de madera, las decoraciones son con cueros de vaca y las dependientas atienden con gorro de ala ancha. Las botas tipo texanas se alinean en góndolas que, a no ser porque son de madera y cuero, nada tendrían de diferencia con las de un supermercado: tienen unos cinco estantes y los pares se aprietan uno al lado del otro, rozándose entre sí.
Ningún modelo es igual al anterior y muy pocos son lo que en Uruguay se conoce como sobrio o apenas normal: hay bordadas, con firuletes, con dos colores, con tres colores, cuatro colores y carnavales. Cuero de vaca, apliques tipo serpiente, guardas de lagarto; más altas, altura media, taco alto, taco bajo, punta redonda, punta cuadrada, punta en punta… Todas las combinaciones posibles, para hombres y para mujeres; para niños y para adultos.
Algunas parecen una broma, como esas de base negra con apliques de firuletes turquesas y fucsias que están en la sección de los hombres. Pero entre tanta mezcla hay algunas más discretas y usables, y entonces el que se las quiera probar tiene que agarrar un par de medias limpio que hay en un cajón –no sea cosa que contamine el producto o que se contagie de hongos de vaqueros anteriores– y empujar el pie hacia adentro. No hay cierre y hay que cinchar, tal vez por eso los costados de las botas son más altos.
Pero la suela es dura y la caña bastante ancha, por lo que seguramente ningún uruguayo querrá andar por el centro con semejante pinta. Así que, como si de otra atracción turística se tratara (y en parte lo es), foto ante el espejo y hasta luego. Ah, las medias usadas se dejan en un cajón aparte. La vuelta a la calle y el apercibimiento de nuevos acordes recuerda entonces, y una vez más, que se está en la ciudad de la música. En la ciudad que no conoce el silencio.