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16 de junio de 2011 1:30 hs

Neymar exagera todo. Exagera las faltas y exagera su habilidad. Es tan buen jugador, confía tanto en sus virtudes técnicas, que muchas veces intenta un toque de magia más y toda la jugada muere en la nada. Y especialmente cuando se encuentra con una defensa dispuesta a todo, pero no a que le pinten la cara, como la de Peñarol.

El miércoles en el Centenario no hubo necesidad de la patada amansadora, aunque Darío Rodríguez le marcó el terreno cuando lo tomó de los brazos y lo levantó de un tirón cuando el pelopincho se había dejado caer, una vez más, después de un soplido.

Es indudable que Neymar es el futbolista distinto de Santos, el más promocionado y el que seguirá los pasos de Robinho y Ronaldinho, teniendo en cuenta los últimos cracks surgidos en las favelas brasileñas. Muchos de los que fuimos anoche al partido, además de observar un espectáculo que hacía 23 años que no se brindaba en Montevideo, lo hicimos para ver a este pequeño monstruo del fútbol.

Nos quedamos con las ganas. Excepto por un par de jugadas diferentes, Neymar pasó por el castigado césped del Centenario dejando una sensación de poca cosa. Empezó perdido. En las primeras de cambio, soltó la pelota cuando Guillermo Rodríguez lo fue a buscar con los dientes afilados. Enseguida se le escapó el balón tras un pase de un compañero. Sensaciones de nerviosismo. Tampoco hay que olvidarse que apenas tiene 19 años.

El inicio de partido de la estrella santista, al que ya comparan con Pelé (hay que vender, se excusan), fue como el desarrollo del juego, desprolijo. La tribuna colaboró con sus silbidos cada vez que la pelota lo buscaba.

A los 17 minutos el árbitro le mostró tarjeta amarilla por simular. Salió del campo, se quitó la camiseta blanca que tenía debajo de la oficial. Todo le incomodaba al chiquilín. Cuando volvió, confeccionó una jugada fantástica, tirando muñecos y asistiendo a un compañero para el gol que no fue. Aguiar le mostró la suela de su zapato unos minutos más tarde.

En el segundo tiempo se estacionó sobre la izquierda. Cerquita suyo, Alejandro González. Le respiró en la nuca todo el encuentro. El 11 se le fue un par de veces y hasta lo esperó en una oportunidad para tirarle una moña. Resultado, abajo Neymar y amarilla para González. Luego, un remate de derecha que atajó Sosa, fue lo último que se le recuerda.

El niño del pelopincho se fue del Centenario dejando sabor a poco. Tal vez se guardó los bombones para el Pacaembú. Allá, protegido por su gente, arropado por el clima de su patria, tal vez demuestre por qué lo quiere Real Madrid. Porque acá, anoche, Neymar exageró hasta su propia fama.

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