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Nicolás Ibarburu se presenta en la Sala Zitarrosa junto a Francis Andreu y "Pitufo" Lombardo

Espectáculos y Cultura > ENTREVISTA

Ibarburu: "Montevideo te pone en tu lugar, hacés música por una cosa auténtica"

El músico se presenta este 21 de noviembre en la Sala Zitarrosa, y prepara un nuevo disco solista 

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17 de noviembre de 2021 a las 05:02

Nicolás Ibarburu tenía dos objetivos en mente. Uno, volver a tocar en vivo y reencontrarse con el público y con sus amigos músicos después de dos años de pandemia. Dos, volver a grabar, lanzar un nuevo disco y más allá de eso, establecer un flujo creativo más continuo, con discos propios con una frecuencia más habitual que la de hasta ahora. Porque quiere probarse y ver hasta donde puede llegar si se enfoca realmente en esa actividad, y porque le hace bien. Porque la música, dice, le da ganas de vivir.

El primer objetivo empezó a cumplirlo el pasado 7 de noviembre, y lo retomará este domingo 21, en la Sala Zitarrosa, con el ciclo Re-encuentros, en el que sube al escenario acompañado por algunos de sus amigos de la música. La primera jornada fue un encuentro de guitarristas, con Christian Cary y Guzmán Mendaro. Esta segunda fecha tiene como invitados a Francis Andreu y “Pitufo” Lombardo, con los que repasarán canciones compartidas y el recorrido hecho en conjunto a lo largo de sus respectivas carreras: con Lombardo fueron parte de la banda de Jaime Roos, e Ibarburu fue uno de los primeros acompañantes musicales de Andreu.

En cuanto al segundo objetivo, Ibarburu ya grabó cinco canciones de su próximo disco, y se muestra entusiasmado con la posibilidad de profundizar su rumbo como autor solista, una faceta menos conocida para un artista que ocupa un lugar algo extraño en el panorama local: es uno de los músicos más reconocidos del país y de Argentina –toco con Rubén Rada, Fito Páez, Luis Alberto Spinetta, Hugo Fattoruso, Fernando Cabrera–, pero sobre todo por su labor como instrumentista y acompañante de otras figuras por su trabajo propio, algo que, reconoce, también ayuda a ponerlo en su lugar.

¿Estos shows con amigos muestran que en la música uruguaya hay camaradería, una sensación de “estamos todos en la misma”?

Hay una fraternidad, sin dudas. Es una de las cosas más lindas del Uruguay, y es cada vez más saludable el ambiente. Porque al ser chico puede pasar lo otro, el celo, y acá no pasa, la música lo ha logrado. En un momento las jams (encuentros de improvisación) eran muy estrictas, te miraban raro si tocabas algo distinto, y ahora son muy abiertas, es un sentimiento muy saludable para el entorno, esa cosa de comunidad. Y está toda la movida musical, y la artística en general, más integrada que antes.

¿Montevideo te pone en tu lugar como artista, pensando en que capaz un día tocás en un estadio con un consagrado y al otro día vas con tu música a un boliche?

Totalmente. Es un filtro de autenticidad. Te tiene que gustar muchísimo la música. Eso también está cada vez mejor, hay más oportunidades, más infraestructura. Pero sigue poniéndote en tu lugar. Por eso creo también que hay tanta singularidad entre los compositores, todos son muy personales. Jaime, Cabrera, Buscaglia, Drexler, son tipos muy personales y creo que eso nace de esa austeridad, de estar todos más en la misma. Hay menos espejismos que en las ciudades gigantes, donde aparecen las compañías y los magnates de toscano que te ponen la guita y te desvían de tu camino. Acá se da otra cosa, por suerte. 

El músico prepara su tercer disco solista, tras Anfibio y Casa rodante

¿Y vos preferís el estadio o la sala chica?

Empecé mi camino muy chico, con artistas muy zarpados, con consagrados, como Jaime, Fito y Rada, tocábamos en estadios, en lugares grandes. Y cuando me tocó proponer a mí, ves que vas a tocar en un boliche con tres mesas, y tenés que preguntarte de nuevo "¿por qué hago música?". En ese sentido Montevideo también te pone en tu lugar, hacés música por una cosa auténtica. Porque hay que meterle mucha garra. Personalmente, me gusta la cosa más íntima, pero salir a un estadio y quemar todo también está buenísimo, todo tiene su encanto. 

¿Y cuando te hiciste la pregunta “por qué hago música”, cual fue la respuesta que encontraste?

Que es un camino de crecimiento, de trasmutación de energía. De que la vida se va volviendo cada vez más intensa y cada uno tiene que tener una manera de catalizar todo eso, de exorcizar penas. La música te permite, desde la composición, hablar con personas que ya no están, permite estar bien con uno mismo. Y vivir de la música desde un lugar más artesanal, no es solo pegarla con el sueño capitalista, que todo el mundo cree que si no lo hacés sos un fracaso, y eso es una gran mentira. Lo vivo como un oficio y buscando estar bien conmigo mismo, con la música que uno quiere sacar para hacerse bien. Porque también te pasa que de repente haces música que no te gusta para pegarla, la pegás, y es lo peor. Quedas esclavo de algo falso.

¿Cómo fue el proceso para salir a mostrar tu propia música?

Fue un desdoblamiento, un desafío. Siempre me sentí escudado ahí con la guitarra, con una vara muy alta por haber tocado con todos los que toqué, pero siempre tuve la inquietud de hacer canciones, y se me fue dando cada vez más la necesidad de mostrarlas, tocarlas. Se acumulaban las canciones, y amigos muy queridos que admiro empezaron a versionar esas canciones, como Jaime, que imaginate lo que fue para mí, o Fattoruso y Mio Matsuda, que hicieron que las dudas flaquearan. Y ahora me está haciendo mucho bien, cada vez que lo hago siento que salí de un lugar confortable para buscar algo más, exigirme y no quedarme en un lugar que ya sabes que funciona pero en el que no vas a crecer. 

¿Cómo es tocar con tus hermanos, Martín y Andrés?

Es muy maravilloso, es una bendición. Tiene eso de haber conectado de muy niños, hay una cosa lúdica que no se pierde ni en las situaciones más tensas y serias. Siempre está esa mirada cómplice que te saca cualquier nerviosismo, y también esa cosa intuitiva de mirarse y ya saber que piensa el otro. Creo que se genera algo bastante parecido a la telepatía, por lo menos es lo más parecido que he experimentado, sobre todo con Martín. Pero también se logra con amigos con los que tocás durante muchos años. 

¿Y qué pasa cuando se pelean?

Me acuerdo de un ensayo de Sarabanda en 1992. Faltaba poco para el Teatro de Verano, y me acuerdo de una discusión zarpada, terminamos a las piñas, una vergüenza. Pero tiene esa flexibilidad de que puede explotar todo y a los cinco minutos ya está todo bien. La familia te da eso, sin dudas que nos cagamos a puteadas, con Andrés también. Me acuerdo de una gira del Trío Ibarburu por Argentina, con 18 toques en 20 días, y éramos los Benvenuto, pero al rato todo vuelve a ser como siempre. 

¿Nunca te planteaste hacer otra cosa, la música siempre fue el camino?

Siempre estuvo ahí. Se dio como en una forma muy inconsciente, porque fue desde muy chicos, y haciendo cosas respetables, entonces eso hace que tus padres te tomen en serio. Mi vieja nos bancó tener el sótano con la batería y todo. Realmente decidimos que hacer desde muy chicos, incluso no sé si decidimos; creo que la vida misma nos fue llevando, y al momento de decidir ya teníamos la impronta. Ya habíamos tocado, hecho nuestras propias bandas, Pepe González la arrancamos con 16 años. Después tenés que volver a elegirlo, y hay momentos difíciles, pero lo recuerdo como algo que se dio naturalmente. 

O sea que tus padres nunca les dijeron “todo bien con la música, pero ¿de qué vas a vivir?”

Un poco sí, pero siempre respetaron la profesión. En ese sentido nuestros padres fueron unos cracks, tuvimos esa suerte. Nuestro padre nos transmitió el cariño por la música, tengo el recuerdo de verlo tocar la guitarra en el living de casa, tocando clásico y también tango y folklore, y quedar hipnotizado. 

¿Cómo es tu vínculo con la guitarra hoy por hoy?

Es mi manera de meditar. De volver a reconfigurarme para donde quiero cada día. A veces pasa que tenés mucho laburo y no es que te levantás y la agarrás. Como cualquier cosa, está bueno dejarla descansar cada tanto para volver a disfrutarla, pero creo que es eso. La guitarra también es como un portal a otras dimensiones, la uso también como eso. Hay muchos tipos de guitarra y es un camino de ponerse coleccionista y perfeccionista, y salir a buscar diferentes sonidos. Tengo muchas guitarras, por suerte. Tengo un tres cubano, un guitarrón, y cada una te lleva a lugares diferentes. La guitarra es muchas cosas. 

¿Cuánto tiempo le dedicas por día a la guitarra?

Tuve momentos, de adolescente y joven, tipo a los 20, de tocar ocho horas por día. Como un sacado, haciendo escalas y ejercicios. Y ahora estoy en otro plan, pero menos de tres o cuatro horas por día no toco la guitarra. A veces más, pueden ser ocho o diez, dependiendo de si estoy grabando o lo que tenga. Pero no con la obsesión de tocar rápido y hacer ejercicios, de buscar el virtuosismo, que es lo que primero que te seduce. Ahora toco buscando calmarme, busco paz, catarsis, redención. Es un refugio. 

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